Walter Olmos, la voz de los «Chicos de la calle». A 20 años de su partida

Por Germán Duarte

«Salimos a las 12 de la noche a buscar el diario hasta el otro día y si no los vendemos todos, tenemos que volver para devolverlos. Me gustaría trabajar y no me gustaría trabajar: Porque el trabajo es para los grandes y los chicos tendrían que empezar a trabajar cuando tienen más de 18 años». Walter Olmos, entrevistado en su adolescencia.

Comenzó con una promesa a la Virgen María, como todas las grandes hazañas nacionales, desde la Reconquista de Buenos Aires, en 1807, hasta la conquista del Mundial de fútbol, en 1986.

Sin embargo, el protagonista de esta historia no le prometió grandes cosas, como las banderas de Gran Bretaña, ofrendadas por el Virrey Liniers a María, o la Copa del mundo, por la Selección Nacional: «Si me haces cantar te doy 10 pesos», le dijo Walter Olmos a la Virgencita del Valle de Catamarca.

Puede parecer risueña la comparación, pero es atinada porque ese «chico de la calle», como se autodefinía, comenzó su carrera artística trabajando por un pedazo de carne o algo de verdura, con que le pagaba el productor que, además de música, vendía alimentos. Cuando Walter hizo la promesa, incluso le debían esos pagos en especie y ni siquiera esperaba cobrar unos pesos.

Para Walter, esa situación era mucho mejor que la de su infancia, cuando revolvía la basura, pedía monedas en los semáforos y hasta robaba para poder comer.

Sus primeros pasos en la música lo alejaban de la violencia de la calle y del Instituto de Menores, en el que había ingresado varias veces en su adolescencia.

Pero una noche llegaría su oportunidad: Rodrigo Bueno, de gira por Catamarca, escuchó en un boliche, por casualidad, «Para sentirme vivo», uno de los pocos temas que Walter había grabado. El ídolo cordobés quedó tan admirado por esa canción que pidió ir a la casa de Walter Olmos esa misma noche, en un barrio humilde de la ciudad, donde le pidió autorización a la madre para llevar al joven a que lo acompañara en sus presentaciones.

Hasta aquí, otra triste historia, que parece encaminarse hacia un final feliz. Sin embargo, las sombras de la depresión comenzaban a oscurecer la vida de Walter Olmos.

En pocos años, había pasado de ser un chico marginal en una provincia periférica, de ser olvidado entre los olvidados, a ser la estrella del momento, a llenar los boliches de Buenos Aires y a aparecer en todos los programas de TV.

De ser un «Chico de la calle» del cual «nadie pregunta si te falta el pan» (como cantaba en uno de sus hits), pasó a ser el protagonista de todos los programas de chimentos, a ser escuchado en todos los boliches del país.

«No sólo de pan vivirá el hombre».

El momento del éxito, de la fama y del dinero no fue, como muchos podrían pensar, el momento más feliz de la vida de Walter, sino el momento más triste. Su madre contaba que, cuando lo iba a visitar al reformatorio, Walter se veía contento, "parecía de vacaciones". 

Sin embargo, en los hoteles 5 estrellas de Buenos Aires, Walter se veía deprimido. Cuando lo entrevistaban, contaba todo lo que extrañaba a su familia, a sus amigos, a su barrio, a su Virgencita del Valle, siempre decía que trabajaba como cantante por ellos, para hacer conocida a su provincia, para sacar a los suyos de la pobreza.

Todas estas temáticas se encuentran desarrolladas en sus canciones, que reflejan como pocas el sentimiento popular, la lucha de los desheredados, la indiferencia de los soberbios, el amor por el terruño, la Fe de los humildes. No es que destacamos a Walter Olmos por la infancia terrible que vivió, sino que buscamos en su historia las fuentes de su inspiración artística, que recomendamos a quienes quieran comprender el sentimiento popular y escuchar la voz de los chicos de la calle.

Quienes piensan que la única fuente de felicidad es el dinero verán con incredulidad el párrafo anterior. Pensarán que era una falsa modestia, que era parte de la imagen que quería «vender». No sólo eso, sino que pensarán que es un delirio lo que voy a afirmar: por más dinero que ganen, los ídolos construidos por la industria del entretenimiento son trabajadores explotados y padecen la alienación como cualquier otro trabajador.

Desde que su voz, su imagen, su cuerpo, se convierten en mercancía y se venden, por más que se vendan a un precio más elevado que la fuerza de trabajo de un obrero, el cantante, el actor o el jugador de fútbol, se convierten en un objeto, pierden su condición humana, para convertirse en un producto. Y, como tal, el producto se fabrica, se vende y se compra según las reglas del mercado, ante las cuales debe postrarse el sujeto y resignar su voluntad, sus deseos, su cuerpo.

Walter manifestaba siempre su deseo de volver a ser el chico de la calle, siempre hablaba, en las entrevistas, de lo solo y triste que se sentía en la cima de su carrera.

Ahí, en la cima, nadie pregunta si te falta cariño o si te falta esperanza. Por eso, todos se sorprendieron del final anunciado: el chico de la calle mató a la estrella y volvió a su tierra, para siempre.

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