Para poder comprender cabalmente los alcances de la inteligencia artificial, es imprescindible saber quiénes somos nosotros, los seres humanos. Para ello es necesaria una sola antropología, sabiendo que existen varias.
Una de ellas pretende, con esta tecnología, el reemplazo de las actividades humanas en su totalidad. Se la conoce como “Transhumanismo”. ¿Es posible llegar a esta meta? ¿Cuál será la diferencia entre la inteligencia de una persona cualquiera y la de un robot? ¿Será una diferencia de naturaleza o de grado?
Se está produciendo una especie de confrontación entre una máquina que parece humanizarse cada vez más y un hombre que se parece cada vez más a una máquina defectuosa. Pareciera que existe un esfuerzo por demostrar que no hay nada único o maravilloso; que todo puede ser rebajado a la rutina mecánica, deshumanizar el pensamiento, desencantar el mundo y anular el juicio moral.
La base de esta quimera parte de la hipótesis de que la mente humana puede llegar a ser conocida, reproducida y operada, aunque hasta hoy se desconoce la relación mente-cerebro. Sin embargo, a partir de esa hipótesis, suponen una unidad cerebro-pensamiento. El proceso sería como trasladar todo lo mental a lo neuronal y, desde aquí, a lo algorítmico. Esto nos llevaría a concluir que también somos virtuales, que somos máquinas.
Subyace a estas opiniones la presunción de que la palabra “inteligencia” debe usarse indistintamente tanto para lo humano como para lo artificial. Los apologistas del silicio —y ahora también del litio— apuntan a lograr una “objetividad ilimitada”, que tiene un rumbo de colisión con nuestra naturaleza verdadera. Sostienen que está cerca el fin de la química orgánica y la química del carbono. Pero esto no es real.
Para el ser humano, la inteligencia es una facultad relativa a la persona en su conjunto, mientras que la inteligencia artificial se entiende en un sentido funcional. Actúa como si las actividades mentales se pudieran descomponer en pasos digitalizables que se pueden replicar. Se cree que el cerebro es el órgano privilegiado, el representante humano del pensamiento.
En realidad, el cerebro no piensa, pero el cuerpo sí. Es decir, el cerebro es un vector indispensable para el pensamiento simbólico, y la máquina introduce otro vector muy potente en el sustrato del pensar. El cerebro no secreta el pensamiento como la vesícula y la bilis. Es el cerebro y el cuerpo entero los que participan de la interfaz (biología, cultura, técnica, etcétera).
Tenemos una experiencia integral al actuar: el hombre incorpora al pensar su capacidad de abstracción y las emociones, la creatividad, el sentido estético, moral y religioso.
Pero, ¿cómo es posible esto? ¿Cuál es su fundamento? Es aquí donde recurrimos a la antropología.
Si tomamos la antropología evolucionista, el hombre es solo un producto final y muy tardío de la evolución del planeta; es decir, se trata de una cosmovisión materialista. Pero si asumimos la antropología clásica griega, la filosofía moderna de la fenomenología o la antropología cristiana, podemos decir que somos una inteligencia encarnada y que nuestro cuerpo no es un simple soporte (hardware).
Presentar al ser humano como ser racional no significa reducirlo a un modo específico de pensamiento, porque engloba todas las capacidades del ser humano, tanto la cognitiva como la volitiva: amar, elegir, desear. “Racional” incluye también todas las capacidades corporales íntimamente relacionadas con las anteriores.
El hombre es un microcosmos, una síntesis de los tres grandes reinos: la vida vegetativa, sensitiva y racional. Se puede aprender tanto de una enfermedad como de un abrazo de reconciliación e incluso de una simple puesta del sol, que son los “input” más importantes del ser humano y que no “siente” la máquina.
La persona es un individuo —no divisible— que tiene un cuerpo (soma), un alma (psiquis) y un espíritu (nous). No son cosas separadas, sino una sola naturaleza, cuyo modo normal de actuar es en conjunto. Sin embargo, es el espíritu el que coordina y establece la jerarquía de lo humano.
El hombre, haciendo uso de la libertad, es un ser condicionado, pero no determinado. No admite reduccionismos: biologicismos, psicologismos, ni sociologismos.
Por lo dicho, no puede haber inteligencia que no sea humana. La IA puede hacer cosas que hacen los humanos, pero no pueden pensar.
Existen expresiones como “silencio atronador” o “tensa calma”, que se denominan oxímoron y se usan en la literatura. “Realidad Virtual” o “Inteligencia Artificial” son de este tipo: nombres, pero nada más.
La expresión correcta no es “inteligencia artificial”, sino “inteligencias artificiales”, en plural, ya que son fragmentos que se asemejan a algunas capacidades humanas. Por lo tanto, las inteligencias artificiales deben entenderse como una galaxia de artefactos muy diferentes entre sí que transforman profundamente nuestra vida social.
Inteligencia, “inter legere”, significa leer adentro, para conocer la verdad de las cosas. La verdad es esencial para el espíritu humano, tan necesaria como el alimento material al cuerpo. La información falsa que llega por las redes no podrá por siempre ocultarla o deformarla.
El sentido común sostiene que hay una diferencia de naturaleza entre la inteligencia orgánica y la inteligencia artificial. Sin embargo, como dijimos, algunos doctos plantean la posibilidad de homologar ambas inteligencias, sosteniendo que no hay más que una diferencia de grado, con el matiz de que, en lo relativo al procesamiento de información, la máquina puede superar al hombre.
Algunos creen, desde la mirada “prometeica”, que “todavía” no se han alcanzado todas las posibilidades de la máquina por una cuestión de desarrollo tecnológico. Sin embargo, no se va a lograr nunca, porque es imposible.
Finalmente, compartimos lo que dice el Papa Francisco: “el uso mismo de la palabra “inteligencia” en referencia a las inteligencias artificiales es engañoso. No debe verse como una forma artificial de inteligencia, sino como uno de sus productos”.
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