Hacia una Doctrina Nacional del Ciberespacio

Informe completo en este artículo

Piedra sobre piedra, el Muro de Berlín se reconstruye en silencio. Byte sobre byte, la Gran Muralla China se prolonga. Muros, murallas y cadenas vuelven a levantarse. Ahora, reflejan un nuevo orden multipolar del mundo. 

Pero éstas no son solo fronteras físicas. No son sólo concreto, metal y pólvora. Están hechas sobre eso pero son más que eso. Esta vez se erigen sobre cables ópticos, antenas y satélites, redes, datacenters, software y servidores. 

Son digitales, sí, pero de ninguna manera menos reales. Son fronteras nacionales ante el ciberespacio global occidental.  Límites que trazan los estados soberanos para frenar al “tecnofeudalismo” en una suerte de proteccionismo político, económico, cultural y militar. 

Son técnicas informáticas como el filtrado de direcciones IP, de DNS, VPNs, firewalls las que hacen de cercos estructurales. De la misma manera que lo hacen aduanas, puertos, checkpoints, zonas militarizadas, sensores y radares, pero en otros espacios del Estado-nación como son la tierra, los mares y los cielos.

Los Estados de vanguardia se protegen de la injerencia foránea; de la libre extracción de los cientos de recursos a explotar que hay en este nuevo espacio estratégico. Protegen a su población de la arbitraria administración remota desde una LLC en Silicon Valley, en Tel Aviv o en Shangai.

Así cómo reflejando el nuevo orden multipolar, los Estados levantan murallas que “cercan” al ciberespacio. Dando lugar a “intranets” nacionales o regionales pero ésta vez “propias”. 

Pero ahora están en función de sus intereses políticos y este es el primer paso fundamental para ejercer cabal Soberanía y Defensa Nacional en él y entonces en todo lo que se monte sobre él; aplicaciones, sistemas operativos, redes sociales, inteligencia artificial, redes, hardware etc.

Ellos ponen la tecnología a los pies del hombre como S.S. León XIV manda a hacer y hacen tecnología conveniente como El Estadista mandó a hacer.

No hacen guerra contra el “progreso tecnológico”, no pretenden dejar de usar internet o los celulares. Tampoco regulan con “parches” como la socialdemocracia pretende hacer. No imploran desde sus congresos a Meta o a Palantir para que “por favor no guarden datos” o respeten la “soberanía cognitiva”  de sus ciudadanos. 

No pierden el tiempo escribiendo ciencia ficción sobre el “fin de la historia”, “tecnofeudalismo”, “tecnofascismo”, sobre el anticristo y demás mitologías. No permiten que OpenAI, Anthropic o Estados Unidos dicten la moral en los productos de IA.  Sí que tienen IA propias y con sus propias reglas.

Tampoco avanzan en la dirección del ciberespacio “primitivo”, “el anónimo y descentralizado de la Web 1.0”, es decir, el de la barbarie misma.

No pierden el tiempo con instituciones de baja escala como oenegés, think-tanks, o empresas privadas que puedan “ir haciendo algo”. 

Ellos actúan, con recetas reales y políticas duras, desde unidades políticas de la escala que se requiere, toman el toro por las astas y le dan a la tecnología la forma que sus sociedades necesitan. 

Sólo desde estas unidades políticas es que estos países logran defenderse del avasallamiento de las corporaciones trasnacionales (que siempre tienen por detrás a sus respectivos estados nacionales).

Este es el escenario de guerra total en este nuevo campo. Estados y compañías transnacionales en guerra total entre sí “en él" y “a por el" control del ciberespacio, en cuánto nuevo espacio estratégico repleto de recursos a explotar. 

Una guerra por el dominio que, desde las primeras etapas de la internet, es ejercido por mafias, tribus o grupos de poder (como sucede en todo estadío de barbarie); a saber, las grandes tecnológicas trasnacionales norteamericanas, chinas, israelíes, rusas, etc, pero que progresivamente son reguladas por sus respectivos estados.

Este es el fenómeno llamado “La Balcanización del Ciberespacio” (o splinternet), es decir, el proceso en el cual La Internet global norteamericana está rompiéndose en pedazos. Y precisamente, cómo gran bloque geopolítico se está balcanizado.

Los casos más significativos

Esta vez el Muro de Berlín es la “RuNet” y la Gran Muralla China es la “The Great Firewall”. China y Rusia han logrado construir auténticas intranets o redes internas soberanas que los protegen de lo que entra y lo que sale de su radio de influencia.

Pero no solo ellos. Países nórdicos, europeos, árabes y asiáticos. Australia, Francia, Brasil, la Unión Europea, Irán y Corea avanzan en esta dirección en sus congresos (democráticos o no) estableciendo fuertes controles sobre lo que pasa dentro las fibras ópticas submarinas, los sitios web, las aplicaciones y las redes sociales que sus ciudadanos-usuarios consumen. 

Mientras tanto Estados Unidos hace lo imposible para evitar esta ruptura o, como la bibliografía ya ha adoptado peyorativamente, la “splinternet”. Proceso inadmisible para su poderío global porque así como el espacio marítimo, el aéreo, el espacial y otros recursos componen a su territorio total, así también lo hace su espacio cibernético extendido por todo Occidente. 

Es por esto que, la balcanización de la Internet es la balcanización del Imperio Norteaméricano mismo. Del mismo modo que la nacionalización de los ferrocarriles y de las redes telefónicas por parte de las colonias británicas contribuyó a fragmentar el Imperio Británico.  Y no, no es una metáfora poética, es una analogía real. Tan real que se invierten sumas monstruosas de dinero, quizás tanto como en ninguna otra industria de la historia. 

Tan real que Irán ataca los centros de datos de empresas norteamericanas y pone en riesgo de desconexión a todos los países de la región en una suerte de ofensiva contra Israel y Estados Unidos. Tan real, que la OTAN declara al ciberespacio como un “dominio más de operaciones” y reconoce la aplicación legítima del Derecho Internacional a este espacio. Pero la OTAN por sí misma es un formalismo de abogados y burócratas. 

Ya desde hace décadas las Fuerzas Militares, de prácticamente todas las naciones, vienen tratando (más o menos en soledad) al ciberespacio de esta manera. De ahí que se invierta en oficinas, infraestructura, estudios, ciber-soldados y jerarquías enteras dedicadas al ciberespacio, a la “ciberdefensa” y a la “soberanía digital”.

Son muy recientes las noticias que llegan por ejemplo del Departamento de Estado de EUNA como el lanzamiento del sitio web que vendría a funcionar como “VPN estatal”, que permitiría a los usuarios europeos saltarse las barreras de navegación que los países suscritos al Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) de la Unión Europea han establecido. 

Mientras, Estados Unidos internamente regula cada vez más a sus Big Techs. Acaban de declarar a Meta y Google responsables en un juicio histórico sobre la adicción a las redes sociales. 

Nuestra región:

Es reciente el escándalo “Cablegate” generado por el cable submarino que uniría directamente Hong Kong con Valparaíso sin ningún tipo de control en la terminal chilena.  Elon Musk, Starlink y X en Brasil. Brasil y sus instrumentos lo regularon en la Ley de Protección de Datos Personales (LGPD). Este último,  es el caso más significativo en nuestra región con su flamante sistema de pagos Pix y su ley contra las apuestas digitales de menores. La integración de monedas y mercados digitales en el continente Hispanoamericano es inminente: Iniciativas del Banco Central de Brasil con PIX contra USDT en toda la región, el QR con interoperabilidad en el Merco Sur:

No suena descabellado. La expansión cross border de PIX por casi toda Latinoamérica –y con intentos de llegar a EEUU– se logró a partir de USDT. La segunda fase del plan consistiría en quitar al principal rival para crear una moneda de alcance regional controlada por el BCB. 

y otras iniciativas público-privadas como la cross-border de Mercado Libre y el “temu inverso” que se presenta ya como el “Amazon Hispanoamericano”: 

“El tercer punto tiene que ver con la logística. Además de sus aviones en Brasil, México y recientemente en Argentina, Meli Log recibió en febrero la habilitación de ENACOM para operar como servicio postal courier, por lo que puede realizar envíos puerta a puerta a nivel nacional e internacional. 

Todo esto permitirá unificar sus prestaciones en una plataforma, incluso la conexión a ARCA y Aduana, para ofrecer un servicio de punta a punta en el comercio cross border de la región. Una suerte de Amazon –que opera en EEUU, México y Europa– pero latinoamericano.”

La región avanza en una dirección muy clara:

Integración continental (muy fuerte entre Argentina-Brasil) de mercado y de moneda digital, el ciberespacio o internet hispanoamericano al que llamamos no puede cazar mejor con estas iniciativas.

Muchas noticias así llegan todos los días pero desde medios alternativos y especializados en este sector. Sorprendentemente en los grandes medios masivos estas noticias son raras de ver o se les resta valor, cómo si las implicaciones geopolíticas que tienen no fuesen importantes.

Por eso, sorprende lo inadvertida que ha pasado la noticia, que debería haber resonado en todos los círculos de las élites políticas, militares y empresariales a lo largo de Hispanoamérica por su criticidad. 

Hace algunos años, Dilma Rouseff en una asamblea general en las Naciones Unidas denunció una operación criminal de espionaje masivo sin escrúpulos sufrido por su gobierno a manos de Estados Unidos. Al mismo tiempo, heróicamente, llamó a todos los países a desconectarse del internet occidental y construir los suyos propios y soberanos. Claro, hace diez años su racionalidad política ya anticipaba el rumbo de los acontecimientos y observaba, en tiempo real, lo que estaban haciendo China, Rusia y la Unión Europea. 

La Internet de la globalicación

A la par de la colosal invención tecnológica, de guerra, militar y estatal que supuso la Internet (a la que muchos países han contribuido), Estados Unidos (y la angloesfera) tomaron rápida conciencia del poderío que traería el estratagema de extender estas nuevas tecnologías por todo el planeta en un intento de “conquista universal” o “globalización”.

Estrategias que todo Imperio ha utilizado extendiendo sus “calzadas romanas”, sus “ferrocarriles británicos”, sus rutas comerciales, sus “canales marítimos portugueses” o “sus puentes españoles”.

Pero ahora, se trata de fibras ópticas submarinas, centros de datos inmensos, computadoras, cables, hardware, antenas, obreros, burócratas, leyes, postes, satélites. Mucha de esta infraestructura ya había sido montada para ingenios anteriores como el teléfono, la radio y la televisión. Y así, a través de ellas, trasladar sus intereses, mover, importar sus materias primas. Datos, información, espionaje y exportar sus commodities; sus valores agregados; sus navegadores, sus Google, sus aplicaciones, sus redes sociales, sus OnlyFans, sus YouTube, sus Instagram, su pornografia, sus películas, sus religiones, llevar sus ideologías, sus instituciones, su democracia liberal y entonces su gobierno.

The Great Firewall

“Imaginen cuánto [la Internet] podría cambiar a China...”; mientras eleva las cejas y con una sonrisita sobradora se despacha: “Buena suerte…” “...es cómo clavar gelatina en una pared...”. Este es Guillermo Clinton en referencia al intento de China por desconectarse de internet en un reportaje frente a las cámaras en el marco de la discusión por el United States-China Relations Act of 2000. Es este el momento en que se rompe La internet por primera vez, cuando los estadounidenses no pudieron extender sus “vías”, sus “venas”, meter sus “carreteras” en su contrapeso, China.

El vídeo no puede ser más explícito de lo que estamos contando. China, en su racionalidad política de primerísimo nivel -como no puede ser de otra manera en los imperios- nos muestra cómo ha desplegado al máximo su fuerza política de defensa nacional para construir su ciberespacio soberano e independizarse de otras potencias occidentales. ¿Y qué implicaciones tuvo todo esto?

China no solo ha puesto aduanas para controlar la entrada y salida de “información” (que no es poco desde la dialéctica de imperios). China ha protegido a toda su incipiente industria técnica, científica y tecnológica y también a toda la cosmovisión y la producción cultural e ideológica que se forma a su alrededor. 

Ha seguido el mismo camino de sustitución de importaciones, proteccionismo e industria nacional que otras potencias, y que ella misma ha aplicado en otros sectores de la economía, pero ahora, en una industria y en un espacio distinto a los “naturales”. 

De esta manera pudo crear su propio “Silicon Valley”, sus complejos industriales, sus fábricas y productos tecnológicos que compiten contra los occidentales. Sus propios Google, Instagram, Facebook, navegadores, computadoras, smartphones, sus grandes tecnológicas Alibaba, Huawei y Tencent. 

Nadie puede negar hoy las tasas de crecimiento económico sostenidas de China.

¿Quién y cómo debería controlarse la internet?

A partir de la conciencia que nos ofrecen estas experiencias queremos mostrar lo real y crítico que es el ciberespacio para que podamos ejercer sobre él la misma moral, la misma ética, y las mismas normas y derechos que ejercemos sobre otras partes de nuestro Estado Nacional.

Y no como es ahora, una plutocracia en la que legisla un fondo buitre israelí o chino, o de un friki como Marcos Zuckengber, al que tenemos que suplicarle “para ver si puede evitar almacenar videos privados de los usuarios de Whatsapp” en sus servidores (sin poder saber de ninguna manera si se lleva a cabo o no). 

O pedirle a Elonio Musk que pague los “impuestos brasileños” por infringir las reglas de no tener un legislador de X asentado en territorio nacional. O que Google Maps no mapee nuestro territorio. O de una LLC anónima en Manhattan, a la que hay que suplicarle que “haga tal o cual cosa” en sus aplicaciones o plataformas.

Proponemos al lector pausar la lectura y tratar de dar una respuesta concreta a la siguiente pregunta:

¿Por qué razón todos los canales de televisión en Territorio Nacional Argentino tienen un horario de protección para el menor, pero no lo tienen los “canales de streaming" que corren en Youtube (o en internet en general)?  

¿Cuántos malabares oscurantistas hay que hacer para “justificar” esto? ¿Por qué deberíamos aceptar que cualquier menor pueda consumir pornografía con dos clicks? o ¿apostar y desarrollar adicciones y otras enfermedades cognitivas? 

Las redes sociales están siendo prohibidas a los menores en los países nórdicos. ¿Y nosotros? ¿Qué estamos haciendo?

Todo esto nos muestra el estadio de salvajismo en el que se encuentra el ciberespacio ahora mismo.

Pero, a caso, ¿estamos defendiendo en este artículo una suerte de esclavitud digital? Vendrán a acusarnos de que esto que mostramos solo aumenta el control y la censura de esos Estados por sobre sus ciudadanos.

Lo primero que responderemos, es que ese tal control y censura ya existe, de hecho, y siempre existió, pero a manos de países extranjeros, lo que pone nuestra soberanía en jaque. 

Control que tampoco va a desaparecer, a contramano de lo que sostienen quienes adhieren a la visión mitificada de una “internet primitiva, idílica y sin controles”: “pacífica”, “inofensiva” y “anónima”, como se suele describir a la Web 1.0, pero también a la que prometen recuperar iniciativas como Bitcoin, la Web 3.0 o Tor. Entre otras razones, porque estas tecnologías -ya suficientemente probadas- no han cumplido sus promesas entre otra cosa porque no pueden hacerlo. (puede leerse más aquí)

Por todo lo mencionado la cuestión sobre si el ciberespacio (la internet) debería estar controlado o no, es tan ridícula y pueril. La cuestión no es si el ciberespacio debería estar controlado o no; la cuestión es si lo controlamos nosotros o si lo controlan otros. 

Y el camino no es ni luchar contra la tecnología misma,  así como ciertas corrientes tradicionalistas sostienen en que el avance industrial-tecnológico es “satánico”.

Ni tampoco es el camino la “creación espontánea” de la “mano invisible del Mercado” de dejar inerte el curso de las cosas simplemente mirándolo y describiendolo como hacen todos los embajadores del Partido Demócrata en nuestro país ante la llegada de Peter Thiel como son Marcelo Longobardi, Santiago Siri, Santiago Bilinkis, Joan Cwaik, y larga caterva de habladores y por supuesto todos los canales de información.

Parece que son ellos los que le están dando la bienvenida escribiendo notas tan barrocas acerca de su presunto gobierno tecnocrático de oscuridad mundial a través de la empresa Palantir.

Esta gente pro “tecno-democracia” de Sillicon Valley genera grandes titulares, crean paranoia, nunca ofrecen intervenir, gritan en frente  del fuego en vez de apagarlo. A lo sumo ofrecen una suerte de regulaciones, como parches, como dando por presupuesto que tenemos que estar dentro del Internet y así siempre bajo la órbita de Estados Unidos.

Son burócratas de la socialdemocracia, son liberales, actúan como si Argentina fuese un estado más de los Estados Unidos (como también hacen las fuerzas militares de nuestro país)

El camino tampoco son las rémoras de internet primitivo, de la web 1.0, anónima, descentralizada y no se que más mitologías que también se plantan como “alternativa” al tecnofeudalismo como si acaso no fuese exactamente esa la plataforma sobre la que se montaron las Big Techs del “tecnofeudalismo” mismo, perfil muy marcado en nuestro país con revistas como 421. 

“Tecno feudalismo”, “tecno fascismo”, “tecno cristianismo”

¿Qué van a decir nuestros periodistas y gurúes tecnólogos que denuncian la avanzada de las Big Techs con las redes sociales, con la IA, con la privacidad de los datos sobre nosotros cuando le expliquemos que la manera de cortar con esto es desconectarse del internet global y sustituir a Facebook, Instagram, etc, por plataformas internas?

Van a enloquecer, quizás porque su paranoia es más actuada que otra cosa, o quizás porque están polarizados para ciertos intereses más que otros.

El camino es moldear a la tecnología según nuestras necesidades, y no la de otros. China y Rusia son ejemplos vivos y acá la distinciones de izquierda y derecha no vienen al caso, lo que sí viene al caso es la eutaxia del Estado y su racionalidad política para el bien común de su sociedades.

Esta es la idea de tecnología conveniente de Perón, concepto influenciado como no puede ser de otra manera por la cosmovisión católica de la cual nuestra ecúmene todo el tiempo bebe. Puesta en relieve hoy mismo por S.S León XIV con su encíclica: La tecnología al servicio del hombre.

Pero claro, habría que preguntarle a S.S. por el apellido de ese hombre. ¿Estará incluyendo a los chinos? Porque no es lo mismo un hombre israelí que uno argentino que uno ruso. Un hombre inglés no identificará las mismas “estructuras de pecado” que uno argentino o uno indio, seguramente, pero sí lo harán un chileno, un argentino, un mexicano y un paraguayo.

En esta extensa encíclica parece que se entremezclan los intereses del Papa León XIV como cabeza de la Iglesia Católica con los de Robert Prevost como jefe del Estado Vaticano.

El Papa parece querer difundir ciertos valores católicos pero sobre la plataforma política del Estado Vaticano cuando habla de “casa común”, de la “humanidad”, sí, la de los Derechos Humanos, la de aldea global, claro, con Norteamérica a la cabeza de Occidente.

Es la posición de la socialdemocracia vaticana, la que alguna vez denunció Perón como parte de la “sinarquía”. Sin perjuicio de que nosotros como argentinos, o mejor como hispanoamericanos podamos estar en concordancia con los valores de la Iglesia Católica (que son los nuestros) pero de ninguna manera con la posición geopolítica que pretende mantener el Estado Vaticano. Debemos distinguir bien estos planos.

No tenemos por qué subordinarnos a este “occidente” que abnega todas las diferencias específicas de nuestros países en la cultura anglosajona, más protestante que católica.

Nosotros no tenemos por qué subordinarnos a esta postura y no solo eso, sino que precisamente en esa postura encontramos la piedra angular de la “estructura de pecado” (en palabras suyas y de la Doctrina Social) de los males de “Occidente” sobre la que se montan otras estructuras, políticas y tecnológicas, como el internet, la informática, y en este caso la Inteligencia Artificial. Esta es la primera “estructura de pecado” que pretendemos destruir para reconstruir desde las coordenadas del continente hispano.

Ahora bien, sabiendo que el control del ciberespacio está ahí y es real y siempre a manos de naciones extranjeras a través de sus Big Techs, la racionalidad política de las potencias mundiales señalan el camino.

En primer lugar, arrebatar el control de nuestras vidas a estas compañías transnacionales; en segundo lugar, ponerlo en manos de los órganos políticos de nuestras sociedades. 

No podríamos a priori avizorar cómo exactamente sería este nuevo ciberespacio nacional, ni cómo serían sus características. Ni tampoco sería nuestra tarea. Pero al menos, éstas características ahora estarían en función de nuestras sociedades políticas y no de otras.

De pronto, sería más viable presentar un proyecto de ley para modificar al ciberespacio según nuestras conveniencias que una petición a Meta New York LLC para pedirle amablemente que NO guarde accidentalmente los mensajes en sus discos rígidos o que no genere adicciones en nuestros niños. 

Por ejemplo, sustituyendo importaciones. Bloqueando Facebook e Instagram dándole primacía a una empresa argentina que sustituya a éstas aplicaciones. ¿Cuánto más soberanía nos daría esto? ¿Cuánto más valor agregado? ¿Cuántos puestos de trabajo se podrían generar a partir de aquí? ¿Cuánto más se podría adaptar a nuestra cultura nacional?

Decimos esto salvando todas las distancias que existen, sabiendo lo lejano que podría quedarle un proyecto de esta magnitud al Estado argentino, o en general a cualquier país de Hispanoamérica. Sabemos la precisión quirúrgica política y tecnológica que supone semejante proyecto, pero no por eso debemos descartarlo. Es posible, y se está haciendo, ahora mismo y los resultados son notorios.

En definitiva, proponemos adueñarnos de estas tecnologías para ponerlas en función de nuestra cultura, nuestra cosmovisión y nuestros intereses, convirtiéndolas en auténticas tecnologías convenientes como nos enseña El Estadista.

Metafóricamente podemos mostrar el espíritu de esta nota trayendo a colación (y re-interpretando) las dos bonitas imágenes bíblicas de estilo arquitectónico que León XIV nos muestra en su encíclica sobre la Torre de Babel y los Muros de Jerusalén.

Podríamos identificar a la construcción de la Torre de Babel con el complejo de la tecnofinanza global:

“Síndrome de Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos”

“Babel revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios. “

La necesidad política de tecnologías conveniente y de internets regionales podemos relacionarla con el levantamiento de unos Muros como los de Jerusalén que nos permitan en primer lugar protegernos de la caída de Babel y luego para incubar nuestra identidad:

“...Tras el exilio babilónico, una parte del pueblo ha regresado a Jerusalén, pero la ciudad sigue en ruinas, las murallas se han derrumbado y las puertas han sido quemadas (cf. Ne 1-2). “

“...Antes de actuar, ayuna, reza e intercede por el pueblo; luego pide permiso al rey para regresar a Jerusalén y, una vez allí, examina en silencio los lugares destruidos. No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones. 

El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor. “

En síntesis

¿Cómo le vamos a pedir a OpenAI que aplique tal o cual “regla moral” a sus productos si ni siquiera tenemos fuerza suficiente como para negarle su entrada a nuestro país?

Las potencias mundiales nos enseñan que la única manera real de frenar al “tecnofeudalismo” (que no es otra cosa que imperialismo yankee), junto a otros muchos problemas, es “bautizar” al ciberespacio en la civilización.

Traerlo a la civilización, sacarlo del estadio de barbarie en el que se encuentra —y en el que muchos prefieren que permanezca, porque de ello obtienen su tajada—, y ponerlo entonces bajo la órbita de todas las instituciones del Estado nacional, al igual que el espacio territorial, las ciudades, los mares y los cielos. No como simple metáfora sino como analogía real porque así de real es. (puede leerse más aquí)

Un ciberespacio institucionalizado que, en el futuro, podría reemplazar la noción de usuarios por la de ciudadanos, quienes requerirían el mismo documento de identidad que utilizan para desplazarse por la ciudad o tomar un avión, pero ahora también para navegar por internet. Un ámbito que contaría con “aduanas” para regular la importación y exportación de sitios web o aplicaciones, y que podría exigir permisos, avisos o incluso “pasaportes” para transitar de un país a otro. 

Navegar sería ahora mucho más parecido a caminar por las calles de una ciudad, donde las personas pueden reconocerse entre sí por su silueta y su rostro. El anonimato quedaría como un lejano estadio de barbarie, en el que todos se desplazaban con el rostro cubierto. 

En esta nueva calle normada lo que los ciudadanos digan o hagan tendrían sus implicaciones morales entre otros ciudadanos y obligaciones y responsabilidades frente a las normas, la ética y el derecho.

Normas iguales o similares -o tal vez completamente distintas, o incluso inexistentes-, porque nadie puede prever qué valores adoptarán esas variables. Lo que sí puede afirmarse -o debería afirmarse- es que, al menos, esas variables estarían determinadas por la prudencia de cada sociedad, a través de sus propios órganos políticos, y no por los intereses de compañías transnacionales u otros Estados. 

La cuestión imperativa ya no es si el ciberespacio será institucionalizado, sino qué forma adoptará esa institucionalización y quién la determinará.

Puede leerse sobre las ideas filosóficas que soportan esta nota en este artículo

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