Este año fue el cumpleaños número 83 de la Revolución de 1943. Tres años después, comenzaba la primera presidencia de uno de sus miembros: Juan Domingo Perón. El país atravesaba poco más de una década de devoción, entreguismo y sumisión a potencias extranjeras. Pronto los vientos cambiarían y, de un modo totalmente inesperado, el pueblo pasaría a formar parte fundamental de la construcción de la Argentina grande con que San Martín soñó.

Hoy, nos encontramos nuevamente transitando más de una década entre gente que, parafraseando a Capusotto, gobierna un país que odia, e intentos infructuosos de sacar el país adelante con más nombres que ideas. Por eso creemos fundamental traer a colación la gesta de 1943 y, a través de ella, trazar posibles coordenadas para este presente, tan infame como aquella década.


El preludio

Cuando rajes los tamangos

Buscando ese mango 

Que te haga morfar

La indiferencia del mundo

Que es sordo y es mudo

Recién sentirás

Luego de dos años de conspiraciones y de la crisis de 1929, el 6 de septiembre de 1930 se produjo el golpe de Estado que llevaría a José Félix Uriburu a la presidencia, dando inicio al período histórico conocido como La Década Infame. De 8 ministros nombrados por el gobierno, 4 se encontraban vinculados a empresas petroleras yanquis, y 1 a capitales alemanes. Por su parte, el vicepresidente Enrique Santamarina mantenía vínculos con la mencionada Standard Oil y poseía enormes estancias en la zona de Tandil. 

Uriburu, Justo, Ortiz y Castillo. Los 4 presidentes de la Década Infame.

Entre 1931 y 1933 se logró sofocar con éxito distintas insurrecciones militares, que, a su vez, denunciaban los negociados espurios del gobierno con diferentes empresas extranjeras como Standard Oil, Bunge y Born, Dreyfus, entre otras. 

Perón, que fue partícipe del golpe siendo ayudante del coronel Francisco Fasola Castaño, fue designado el 7 de septiembre de 1930 en el Ministerio de Guerra, y sería luego cesado y enviado a la frontera norte el 28 de octubre. Durante 1931, fue ascendido a mayor y designado profesor de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, puesto en el que aprendería, a través de la práctica, las nociones fundamentales para transmitir ideas; la síntesis necesaria, el lenguaje adecuado, el manejo de los tiempos, el control sobre la atención de los oyentes, el conocimiento profundo del tema como única manera de darle claridad a la exposición y poder persuasivo. Sobre su participación en el derrocamiento del gobierno democrático de Yrigoyen, Perón reflexionaría de esta forma:

“¿Y quién no se ha equivocado alguna vez en política? Yo mismo, siendo un joven oficial, participé del golpe que derrocó al gobierno popular de Hipólito Yrigoyen. Yo también fui utilizado esa vez por la oligarquía. Lo importante es darse cuenta de esos errores y enmendarlos.”

Pa’ nosotros mishiadura, y ellos morfan con Chandon

Algunos testimonios de la época dejan ver las condiciones inhumanas en las que el trabajador vivió durante el gobierno militar. Cipriano Reyes habla de cuenteniks (término rioplatense derivado del idish, utilizado para referirse a los vendedores ambulantes) que vendían ropa en cuotas a los obreros en sus casas. Si estos no pagaban, los vendedores iban a ver al jefe de personal del frigorífico en qué trabajaban, y este los suspendía.

Otra gente, como Ángel Perelman, da testimonio de que las jornadas laborales no tenían horario, ya que este era solo controlado por el patrón. Así y todo, la felicidad, en una época tan oscura como esta, consistía meramente en conservar el trabajo. Por el miedo al desempleo, también, se recurría constantemente al silencio, para no ponerse en una situación de peligro al denunciar alguna injusticia o atropello.

En el mismo lodo, todos manoseados.

Durante el transcurso de los años más oscuros hasta entonces, al General le sería asignada una misión en Chile —en una maniobra que dejaría entrever una intención de alejarlo adrede de las altas cúpulas del poder—. Allí, conoce a Enrique Santos Discépolo, figura artística muy importante en aquella época. El mismo es autor de tangos como “Yira Yira” y “Cambalache”. La huella colosal que obras como estas han dejado en el acervo cultural argentino se explica por la vigencia y la relevancia que tenían en un contexto como el que analizamos en el apartado anterior, dado su contenido de denuncia de las condiciones magras en que vivían nuestros trabajadores durante la Década Infame. 

Enrique Santos Discépolo, autor de tangos icónicos de la Década Infame.

El viaje

Antes de llegar la década del ‘40, Perón también viajaría a Italia, para asistir a cursos sobre sindicalismo y economía. 

Esta experiencia marcaría un segundo hito en el camino por el cual se convirtió en el referente histórico y político que todos conocemos. Contaría el General en su autobiografía:

El fascismo italiano llevó a las organizaciones populares a una participación efectiva en la vida nacional, de la cual había estado siempre apartado el pueblo. Hasta la ascensión de Mussolini al poder, la nación iba por un lado y el trabajador por otro, y este último no tenía ninguna participación en aquella. (...) Era el primer socialismo nacional que aparecía en el mundo. No entro a juzgar los medios de ejecución, que podrían ser defectuosos. Pero lo importante era esto: un mundo ya dividido en imperialismos, ya flotantes y un tercero en discordia que dice: -No, ni con unos, ni con otros, nosotros somos socialistas, pero socialistas nacionales-. Era una tercera posición entre el socialismo soviético y el capitalismo yanqui. Para mí, ese experimento tenía un gran valor histórico. De alguna manera, uno ya estaba intuitivamente metido en el futuro, estaba viendo qué consecuencias tendría ese proceso. De modo que, una vez instalado allí, empecé a preocuparme por estudiar qué era ese problema del socialismo nacional. 

Benito Mussolini. 

Es decir, no solo el nacionalismo como respuesta al liberalismo conservador que ostentaba el poder en Argentina, sino también la participación real del pueblo en contraposición a la democracia cooptada en nuestro país, fueron los pilares de las ideas que Perón traería a su regreso en 1941. Así y todo, no solo el General se mostraría más adelante crítico de las fisuras económicas que provocaba dicho régimen, sino que también las acusaciones de fascismo que le serían adjudicadas por demostrar esta simpatía serían refutadas por gente como un tal Arturo Jauretche, que decía esto al respecto:

Perón no era fascista, ni antifascista: era realista (...) Es muy posible que, en algún momento de su formación, haya simpatizado no creo con el nazismo, pero sí con alguna forma del fascismo italiano. Él había vivido en Italia mucho tiempo, pero cuando tomó contacto con las masas argentinas, con la política argentina, se percató enseguida de las particularidades del fenómeno político social argentino y adaptó su pensamiento a esa realidad nueva, que se iba creando y que él, en cierta medida, iba creando, pero la creaba porque se puso en esa realidad y caminó para ese lado.

El retorno y el giro nacionalista

Al regresar a nuestro país en 1941, Perón se encontró con un país de élites simpatizantes con los Aliados de la Segunda Guerra Mundial, y una minoría defendiendo la neutralidad. En una reunión secreta, expuso su punto de vista tras los acontecimientos que observó en carne propia, solo para ser ridículamente acusado por sus pares de “comunista”, y enviado a Mendoza como director del Centro de Instrucción de Montaña.

Al regresar a Buenos Aires, un grupo de jefes y oficiales le declaró a Perón su apoyo total en cuanto a sus ideas de lo atestiguado en Europa, aduciendo que el proceso de nacionalismo de masas que mencionaba Perón era indetenible y que el país estaba abocado a un nuevo fraude electoral. Ante la oferta de hacer un golpe de Estado, Perón pidió cautela y tiempo para pensar. Esta gente que lo recibió y le ofreció su apoyo constituiría la base de lo que más tarde se conocería como el GOU (Grupo de Oficiales Unidos, o Grupo Obra de Unificación). Las versiones difieren. Los objetivos del GOU serían:

Unir a los oficiales (...) jerarquizar los cuadros (...) y formular nuevas metas (entre las que estarían seguramente la neutralidad en peligro, el crecimiento industrial, la soberanía y la cuestión social).

Logo del GOU.

El golpe

Llegaría el 3 de junio de 1943, día en el que sería inminente el desplazamiento de Pedro Pablo Ramírez del Ministerio de Guerra, en medio de rumores de reuniones con el radicalismo para aceptar la oferta de ser su candidato a presidente. Esto motivó al GOU, que planeaba hacer un golpe en septiembre, a poner ya mismo manos a la obra.

Esa misma madrugada, Ramírez fue enviado a detener el golpe en curso y, tras sus afirmaciones de que el proceso era indetenible, fue arrestado por el presidente Castillo, quien lo acusó de traición y confió en el general Márquez la defensa ante un derrocamiento ya irreversible. 

Alrededor de 10.000 hombres formaban parte del levantamiento que reconocía como único líder al general Arturo Rawson. En la ESMA se dio un enfrentamiento armado, hasta que se logró la rendición del general Anadón, quien recibió a los insurrectos con disparos de ametralladora, dejando un saldo estimado de entre 30 y 70 fallecidos.

Al mediodía, el general Márquez rindió sus tropas ante Rawson, mientras el presidente Castillo escapaba hacia La Plata, donde redactaría su renuncia. Finalmente, a las 14:30, los jefes del golpe ingresaron a la Casa Rosada, dando por finalizada así la Década Infame, una vez consumado el golpe.

La interpretación del pueblo

A partir del 4 de junio de 1943, el país entró en un período en el que se observarían fisuras importantes entre los participantes del golpe. Rawson perdió rápidamente apoyo luego de proponer alinear a nuestro país junto a los Aliados en el contexto de la II Guerra Mundial. Pocas horas después de su asunción, en la madrugada del 7 de junio, un grupo de altos oficiales, comandado por Enrique González y el mismo Perón, lo entrevistó con el fin de exigirle su renuncia. Ese mismo día, Pedro Pablo Ramírez se convertiría en el nuevo presidente.

Otras contradicciones se dejarían entrever dentro del grupo de oficiales. Mientras que, por un lado, el gobierno imponía precios máximos, rebaja de alquileres, eliminación de aranceles en los hospitales y castigo a la usura, por el otro se intervendrían los sindicatos, se detendrían dirigentes gremiales (especialmente de izquierda) y se designarían figuras provenientes del nacionalismo de derecha en cargos importantes. Es en este marco que Juan Domingo Perón, a cargo de la Secretaría de Guerra y con la colaboración de Domingo Mercante, oficial mayor de dicha Secretaría, empezaría a mantener reuniones permanentes con sindicalistas e intervenir en diferentes conflictos obreros.

El primer trabajador

A comienzos de octubre, representantes de 36 gremios se reunieron en el cuarto piso del Ministerio de Guerra con el coronel Perón, quien les prometió la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Esto empezó a levantar sospechas, por ejemplo, en el Coronel Emilio Ramírez, jefe de Policía, quién alertó: “A esos dos hay que verlos siempre bien de cerca -refiriéndose a él y a Domingo Mercante- porque están llevando dirigentes comunistas al ministerio". 

Este acercamiento a la clase trabajadora por parte de un coronel del Ejército argentino resulta inédito. Pero si contemplamos que dicho coronel fue Juan Domingo Perón, quien, como mencionamos en el apartado anterior, cuenta en su historial un viaje a Italia, en el que pudo observar en primera persona el movimiento de masas impulsado por el régimen de Mussolini, la cosa se explica de forma mucho más clara. Esta vivencia, junto a los escritos de FORJA, terminarían de convencer a Perón que el país debía marchar rumbo a un nacionalismo popular, con las masas como principales e imprescindibles actores de dicho proceso. Así lo explica el historiador Norberto Galasso:

“Tanto en esas reuniones como en las charlas con los gremialistas, el coronel se va transformando en político, se va haciendo día a día, creciendo en la misma práctica cotidiana. Alguna vez dirá que la circunstancia de desconocer muchas cosas que conocían los viejos políticos le resultó conveniente para asimilar las nuevas, pues tenía que echar menos lastre por la borda.”

Mientras tanto, las contradicciones en el seno del gobierno seguían agudizándose. El canciller Storni fue desplazado de su puesto tras formular frente a Estados Unidos un infructuoso pedido de diversas maquinarias que los Aliados le habían negado al país en los últimos dos años. La respuesta negativa por parte del secretario del Departamento de Estado, Cordell Hull, se basaba en un reproche de que Argentina era el único país que aún no había roto relaciones con el Eje. A la par de este infortunio, un grupo de militares liberales intentaron desplazar a Perón, encontrándose con una resistencia que lograría no solo disuadirlos, sino también echar figuras oligárquicas y aliadófilas del gobierno como el hacendado Jorge Santamarina. El general Farrell pasaría a ser vicepresidente, y el puesto vacante que deja en el Ministerio de Guerra sería ocupado por Perón.

Todos estos movimientos provocaron una indignación en los sectores medios y estudiantiles, ampliamente permeados por ideas nacionalistas de derecha, aliadófilas (“junto a los que luchan por la democracia”) y anti-Eje. Entre los días 14 y 19 de octubre se desató una represión feroz sobre la prensa, varios dirigentes políticos, y otros actores sociales entre los que se encontraban estudiantes y profesores. En medio de toda esta batahola, el General empezaba a preparar un nuevo movimiento hacia su inevitable destino. Así lo narra:

“Yo me di cuenta que la manija -recuerda Perón- la gran palanca, estaba en ese momento del mundo y del país en un departamento olvidado que se llamaba Departamento Nacional de Trabajo. Cuando se lo dije, comentaron: ‘¡Este está loco! ¿Para qué querrá eso?’ Y allí empecé (...)”

El 27 de octubre, Perón asumió como presidente del Departamento Nacional del Trabajo. Una de sus primeras medidas fue encargarle a José Figuerola la redacción del proyecto encargado de revitalizar dicho departamento, lo cual incluía, entre otras cosas, crear la Secretaría de Trabajo y Previsión, de la que Perón se haría cargo el 2 de diciembre. Algunos testimonios nos permiten dar cuenta de primera mano del diálogo que mantenía el General con los trabajadores:

“-Hablen tranquilos. ¿Qué es lo que les pasa?- le dice Juan a una delegación de obreros textiles. -Muy sencillo, coronel: mucho laburo y poca guita -contesta Mariano Tedesco-. Trabajamos de noche y nos pagan tres pesos con treinta cada noche. -¡Qué barbaridad! Enseguida, lo arreglaremos. Haré llamar a los dueños de la fábrica para que se haga un convenio de parte con ustedes.”

“En esa época —recuerda Tedesco— existía la Unión Obrera Textil, presidida por Cándido Gregorio, un socialista (...) Era un gremio de tres mil afiliados (...) Ese día enteramos a Perón de que teníamos un convenio viejo que no se cumplía. Su consejo: que se unan todos los compañeros. Después nosotros reuniremos a todos los patrones y discutiremos. Yo asumí en ese momento la responsabilidad de la unión del gremio textil, que en poco tiempo llegaría a cobijar a treinta mil trabajadores (...) Uno iba a ver a Perón y Perón escuchaba, a lo sumo sugería”

El entusiasmo que generaba la creación de la Secretaría y la actitud del General llegaría a provocar que, entre otras cosas, se manifestara en una asamblea de la Unión Ferroviaria, que “un militar, el coronel Perón, tiene el honor de ser el Primer Trabajador Argentino.”  

La antesala del gran día

Del año 1944 podemos mencionar rápidamente dos hitos fundamentales para todo peronista: el día que se conocieron Juan Domingo y Eva en el Luna Park, y el discurso del General en la inauguración de la cátedra de Defensa Nacional de la UNLP, el cual abordaremos en la parte final de este artículo.

El 22 de enero de 1944 sería la fecha en que se conozcan Juan Domingo Perón y María Eva Duarte en el Luna Park, en medio de un evento para juntar fondos para los damnificados por el terremoto de San Juan ocurrido el 15 de enero.

Llegando a 1945, y durante los primeros días de dicho año, se crearon los Tribunales de Trabajo el 8 de enero, y el 24 se otorgó a todos los obreros el derecho a las vacaciones pagas. Pero la credibilidad del gobierno militar se vería pronto puesta en jaque. En los últimos estertores de la II Guerra Mundial, ya con una victoria inminente de los aliados, empieza a sonar como una posible amenaza una intervención militar aliada en Argentina, que sigue siendo uno de los pocos países que se mantiene totalmente neutral al conflicto. Dicha neutralidad a ultranza cae tan gruesa en las potencias aliadas como la resistencia del gobierno argentino a declararle la guerra al Eje. Es por esto que Perón juzga prudente unirse, finalmente, al bando de los aliados y adherir al acta de Chapultepec, en la que se establece la defensa común de los países firmantes. La adopción de esta medida, en conjunto con la de cerrar periódicos pro-nazis, aplaca la ira de los yanquis. 

Esta marcha atrás en la postura ideológica del gobierno alienta a la oposición a intensificar sus reclamos por restablecer una normalidad institucional. Quien vendrá a canalizar este descontento no será otro que el embajador estadounidense Spruille Braden. Crítico del secretario de Estado norteamericano Edward Stettinius por “haber abandonado la línea dura de Cordell Hull” a raíz de los acontecimientos que hemos mencionado recién, Braden llegaría a ser protagonista de una nota del New York Times que data del 21 de junio, y comenta:

“Los demócratas de la Argentina saben ahora que tienen un amigo poderoso en las oficinas de la embajada estadounidense (...) Los discursos recientes de Braden deben dar aliento a los elementos democráticos de la Argentina que no están contentos con su gobierno (...) Alentadores síntomas en la Argentina: es muy estimulante la declaración de protesta de los latifundistas contra el gobierno de los coroneles.”

Spruille Braden.

Luego de meses de tensión creciente, el 19 de septiembre se produce la autodenominada Marcha de la Constitución y la Libertad, con un itinerario que comenzaba en la Plaza de los Dos Congresos y terminaba en Plaza Francia. En ella se cantaban consignas como:

“Perón y Farrell / Perón y Farrell / ya no pueden gobernar / porque no tienen / porque les falta / el apoyo popular”

(Léase con la música de “La Cucaracha”)

La concurrencia fue de entre 200.000 y 250.000 personas. Braden admitiría días más tarde no solo haber sido partícipe de la marcha, sino también que el personal de la embajada de Estados Unidos había sido dispuesto estratégicamente para informar sobre la cantidad y calidad del público de la marcha.

Octubre

En este clima de tensión inevitablemente creciente, los estudiantes universitarios levantan con más vehemencia que nunca las banderas opositoras, iniciando octubre con ocupación de facultades. Este hecho deriva en un desalojo violento por parte de las fuerzas policiales, durante el cual muere el estudiante reformista Aarón Salmún Feijoó. El presidente Farrell envía sus condolencias y asegura que concurrirá a las exequias, lo cual es rechazado por la familia del difunto, que lo considera responsable de su muerte.

En medio de este caos, se designa a Oscar Nicolini como Director de Correos y Telecomunicaciones. Los rumores dicen que esto sucedió como pedido expreso de Evita. Perón lo relata de esta manera (bajo el seudónimo Bill de Caledonia):

“El día 7 de octubre, a las 18 horas, el general Ávalos llegó a mi domicilio previo aviso de que quería conversar. Cuando le pregunté: -¿Cómo te va?; -Mal -me dijo- porque el nombramiento de Nicolini ha caído mal en Campo de Mayo. -Yo me limité a contestarle que no deseaba aceptar más imposiciones y que me iría a mi casa y renunciaría. -Bueno -me dijo- mañana le diré a los jefes que te vas. -Muy bien -le contesté. -La Revolución se viene abajo -agregó el general y se preparó a salir para hablar con el presidente, según me dijo. Yo permanecí en mi casa”

El 8 de octubre, día de su natalicio, el General cita a todos los jefes en su despacho, en el Ministerio de Guerra, y les comenta lo siguiente:

“De un tiempo a esta parte vengo observando que Campo de Mayo llega hasta el ministerio con verdaderas imposiciones que, en nombre de ustedes, hace llegar el señor general. Cuando a un hombre se le carga la enorme responsabilidad que ustedes me han impuesto, lo menos que ha de permitírsele es la elección de los medios para el cumplimiento de su misión. Yo no puedo continuar así. Primero, impusieron el alejamiento del interventor de la provincia de Buenos Aires (Bramuglia), luego impusieron, al ministro del Interior, la eliminación de la Subsecretaría de Informaciones y Prensa, y también se realizó. Ahora exigen la renuncia del señor Nicolini, nombrado por el Presidente a propuesta del ministro del Interior. Yo no estoy dispuesto a intervenir para que renuncie, prefiero irme a mi casa”

El 9 de octubre, a eso de las 17:30, los generales Von der Becke y Pistarini se presentan en el Ministerio de Guerra y le comentan a Perón que Farrell cree conveniente su renuncia. El General escribe entonces su renuncia, y se la entrega a Pistarini con un breve comentario:

“Se la entregó manuscrita para que vean que no me ha temblado el pulso al escribirla…”

Esta renuncia empieza a generar, como habría de preverse, preocupaciones y movimientos por parte de diferentes dirigentes y militantes sindicales que habrían de apersonarse en la casa del General para expresarle su solidaridad.

El 10 de octubre, más de setenta mil trabajadores se autoconvocaron a la puerta de la Secretaría de Trabajo y Previsión para demostrar apoyo y agradecimiento a Perón por su labor. El General da un discurso en el que llama a mantener la paz social, afirmando que “No se vence con violencia; se vence con inteligencia y organización.”, y sostiene que los trabajadores han de convertirse en custodios de la obra social realizada.

En la oposición consideran una imprudencia haberle dado micrófono a “semejante agitador de masas”, y entre la dirigencia de la Unión Democrática y los altos mandos de la Marina se considera que el presidente Farrell actuó en complicidad con Perón, por lo cual es imprescindible poner fin al gobierno militar y que la Corte Suprema asuma el poder. 

Tras diversas agitaciones que instaban a apresar o directamente asesinar a Perón, fue finalmente la detención del General lo que decidió el presidente Farrell, bajo la excusa de que la vida del ahora ex secretario de Trabajo y Previsión “se encontraba en peligro”. En la madrugada del 13 de octubre, Perón es entonces trasladado a la Isla Martín García. 

En la noche de ese mismo día, el nuevo secretario de Trabajo y Previsión, profesor Fentanes, se dirige a los obreros por radiofonía, intentando disipar inquietudes, aunque manifestando su convicción de que el Estado no debe cumplir un papel relevante en los conflictos laborales, “pues obreros y patrones deben resolver directamente sus problemas.”

Durante la semana siguiente, la Comisión Administrativa de la CGT toma conocimiento sobre diferentes insurrecciones que se están produciendo en el país a causa de la destitución y detención del General y este nuevo discurso proveniente de la Secretaría, y convoca al Comité Central Confederal para el martes 16 de octubre, a las 18 horas, en Buenos Aires, decidiéndose, además, aconsejar a dicho organismo la declaración de huelga general en todo el país. El gobierno intenta por todos los medios instalar el discurso de que Perón no está detenido, sino resguardado por su propia seguridad, pero la movilización ya estaba en marcha.

El 17 de octubre, a eso de las 6 de la mañana, Perón era trasladado de regreso a Buenos Aires, bajo la excusa de que la humedad de la Isla Martín García atentaba contra una vieja afección pulmonar. Al llegar a la capital, se acomodó en una suite de un piso alto, habitualmente destinada al capellán, del Hospital Militar Central. La jornada anticipaba desde temprano lo vertiginosa y decisiva que sería. Así lo relataba el diario La Época:

“A las 7 -informa la policía-, en Brasil y Paseo Colón fueron obligadas a dispersarse alrededor de mil personas que venían desde la provincia de Buenos Aires y se dirigían hacia Casa de Gobierno”1. Poco después, se conoce la información de que el ferrocarril del sur ha dejado de funcionar, y que se encuentran los trenes detenidos por los trabajadores en Gerli y Lanús. A las 8 y 30, es disuelta una manifestación en el cruce de Independencia y Paseo Colón. A las 8 y 40, alrededor de mil quinientas personas se concentran en Plaza de Mayo. A las 9, por Alsina hacia el oeste, va una columna estimada en cuatro mil trabajadores. A las 9 y 30, es dispersada una numerosa concentración reunida frente al Puente Pueyrredón, del lado de la provincia. Se estima que alcanzaría aproximadamente a diez mil personas. A esa hora, las fuerzas de seguridad levantan los brazos del puente 1 para impedir el acceso de los manifestantes a la Capital, pero rato después se bajan, facilitando el paso. A las 10 se disuelve una manifestación de cuatrocientas personas en México y Azopardo, mientras se informa que algunos manifestantes han logrado cruzar el puente sobre el Riachuelo y que una columna de diez cuadras avanza por la calle Montes de Oca hacia el centro.”

Al mediodía, una marea humana se dirige al Hospital Militar al grito de “¡Perón! ¡Perón!” y desde las 15 hs., y luego de varios intentos infructuosos por parte de las fuerzas policiales de dispersar a la gente, la Plaza de Mayo empieza a llenarse definitivamente de bote a bote. Los trabajadores se niegan a desconcentrar hasta escuchar la voz de Perón, reaccionando negativamente ante el intento de tranquilizarlos de Mercante y del director del Diario La Época, Eduardo Colom. Ávalos se dirige entonces al Hospital Militar, a expresarle al General su intención de que éste dé un discurso para calmar a la multitud proveniente de varios puntos del país que se amotinó en la plaza. Más tarde, Perón y Farrell se reúnen en la residencia presidencial. Perón le reclama que se llame a elecciones, y Farrell le asegura que así será. Posteriormente, ambos se trasladan a Casa Rosada, donde finalmente el General se dirige al pueblo trabajador que se había convocado para pedir por su libertad y su palabra. 

Camino hacia la victoria

Luego de estos sucesos, el 22 de octubre, Juan Domingo Perón y Eva Duarte se casan por ceremonia civil, y el 10 de diciembre celebran una ceremonia católica en la iglesia de San Francisco, en la ciudad de La Plata.

Los días siguientes empezarían las campañas presidenciales hacia las elecciones que habrían de celebrarse el 24 de febrero de 1946. El escenario electoral presentaba una fuerte polarización. De un lado, la Unión Democrática, con José Tamborini de candidato a presidente y Enrique Mosca a vicepresidente. Contaban con el apoyo de la UIA, la SRA, la Embajada de los EE.UU, la Bolsa de Comercio, la UCR, el PS, el PC y algunos sectores del conservadurismo. Del otro, el Partido Laborista, fundado exclusivamente para la ocasión, con Juan Domingo Perón como candidato a presidente y Hortensio Quijano como candidato a vicepresidente. Recibirían el apoyo del Partido Independiente, de la Junta Renovadora de la Unión Cívica Radical, y de 1.485.468 de compatriotas que les otorgarían la victoria mediante su voto.

Sur, Juan Perón y después

La revisión de los hechos relatados hasta ahora no tiene el fin único de contar una historia, sino también de, como fuera señalado en los primeros renglones, trazar un paralelismo con la década que venimos transitando, la cual está más cerca del calificativo “infame” que del adjetivo “ganada”, y pensar posibles vías de acción en el presente.

Las coincidencias entre aquella época y esta están a la vista. Los trabajadores precarizados, con jornadas laborales extralimitadas. La subordinación a intereses extranjeros mediante tratados usureros. En cuanto a lo cultural, sí podemos observar que, mientras algunas canciones hablan efectivamente de la mishiadura reinante, la industria impulsa hoy una música de contenido uniforme y fácil de digerir desde lo sonoro, con letras que intentan interpelarnos no por hablar de nosotros, sino desde nuestro costado aspiracional, haciendo gala de situaciones patrimoniales a las que uno se puede acercar, con toda la furia, apoyando la ñata contra la vidriera.

Ante un nuevo mandato plagado de saqueos y represión, uno se pregunta entonces, cómo en una famosa comedia mexicana, ¿ahora quién podrá ayudarnos? Y ahí se acuerda de la institución militar de la que alguna vez surgió un Perón. Institución que, claro, con el historial de golpes de Estado alineados a los intereses de cierto país del norte, ha llegado a constituirse en el principal blanco de la crítica de cierto cántico famoso que señala a quien no salte al momento de cantarlo. 

Pero como sucede con toda generalización, al reproducirla en un contexto en el que se necesitan abordajes desde lo político, no hacemos más que degradar la discusión y desviar la búsqueda de una posible solución. Por eso, es cada vez más frecuente en estos días encontrarse con perspectivas como la de Pablo Garello, quien dice lo siguiente en El Arte del Buen Decir:

La pregunta que nos tenemos que hacer es cómo generar el proceso político que rompa con esta profunda decadencia. Y allí aparece la necesidad de recrear la alianza susodicha. Insisto: no para que los militares participen en política, sino para volver a dimensionar objetivos estratégicos, para educar a las clases dirigentes en una doctrina geopolítica nacional y liberadora, para planificar a largo plazo sobre un territorio que está invadido y de este modo ejecutar un plan de desarrollo y de defensa.

Hasta ahora nos hemos enfocado exclusivamente en el caso de Juan Domingo Perón para justificar la importancia que la institución militar ha tenido en nuestra historia. Pero por supuesto que existen otros ejemplos. Sin ir más lejos, durante el mismo siglo XX se pueden encontrar otras historias de militares que ya tenían desarrollada una perspectiva nacionalista para el manejo de nuestros recursos naturales. Tal es el caso del general Enrique Mosconi. Elías Merdek, en una nota recientemente publicada en el medio Desde la Raíz, lo relata de esta forma:

Cuenta el general Mosconi que en 1922, por ese entonces todavía coronel y director del Servicio de Aeronáutica del Ejército, no pudo realizar un ensayo de aviación por falta del combustible que suministraba la Standard Oil. Ante el reclamo por esta situación, la respuesta del gerente de la multinacional fue que el Estado debía realizar el pago por adelantado para el abastecimiento. Ese fue el momento en el cual Mosconi, el impulsor de YPF, se juramentó “cooperar con todos los medios legales para romper con los monopolios internacionales”. Este juramento de insubordinación a los deseos e intereses de las multinacionales, que precede a la creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, se enmarca dentro de lo que podríamos llamar una misión de nación, cuya esencia es un sentido de trascendencia histórica. Bajo este ímpetu soberano también surgió, por ejemplo, la Dirección de Fabricaciones Militares, se creó una marina mercante nacional y se nacionalizaron los ferrocarriles, entre otras empresas y rubros. La pregunta clave que atravesó el pensamiento de Mosconi es: ¿qué pasaría si esa situación se da en el marco de una guerra y no en un ensayo militar?.

Enrique Mosconi, fundador junto a Hipólito Yrigoyen de YPF.

Este aporte de Elías toca un par de puntos centrales. El primero, el tema de la asignación de los recursos. Garello denuncia al final de su artículo que hoy se destina solo un 0,5% del PBI a la defensa nacional, la cifra más baja de nuestra historia. La publicación “Defensa nacional y Fuerzas Armadas en la Argentina del siglo XXI: por qué y para qué” del Instituto Gino Germani, bajo la coordinación de Germán Soprano y Gerardo Tripolone, plantea que:

Luego de más de cuarenta años de democracia, el peso relativo y las capacidades de las Fuerzas Armadas han sufrido un pronunciado declive al punto de haber perdido no solamente una parte importante de su presupuesto medido en términos relativos (Eissa y Montenegro, 2025), sino también facultades operativas claves como la capacidad submarina luego del accidente del ARA San Juan en 2017; también se verifica una degradación del sistema de guerra electrónica aéreo en 2006 luego de la desprogramación de Boeing 707-387C VR-21 reemplazado parcialmente con el Learjet 35A (VR-24) con el sistema Thales Vigile 200A y el abandono de proyectos estratégicos como el Condor II (Blinder, 2018), además de sufrir un desplazamiento en el rol de dominio central para la guerra informatizada del siglo XXI como lo es el espacio ultraterrestre.

El otro punto central refiere a la cuestión de contar con una nación preparada para su defensa no en plena situación de conflicto y urgencia, sino en calma. A esto se refiere el protagonista de este artículo, en su famoso discurso de inauguración de la cátedra de Defensa Nacional de la UNLP. Perón se sirve del aforismo “Si vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”) para demostrar la importancia de una ciudadanía bien alimentada, elevada moralmente, y con un fuerte sentido patriótico; pues esta no solo puede potencialmente engrosar las filas de un ejército listo para defender a su pueblo, sino también alejar a la ciudadanía de las inservibles luchas intestinas y desarrollar en ella un severo sentido de disciplina y responsabilidad individual, para contribuir en cualquier forma a ganar una posible guerra. Guerra que, cabe mencionar, el militar no está deseando, sino todo lo contrario, como lo marcan las palabras del General:

Los militares estudiamos tan a fondo el arte de la guerra no sólo en lo que a la táctica, estrategia y empleo de sus materiales se refiere, sino también como fenómeno social, y comprendiendo el terrible flagelo que representa para una nación, sabemos que debe ser en lo posible evitada y sólo recurrir a ella en casos extremos.

Si se quiere mencionar, entonces, casos actuales en los que las Fuerzas Armadas puedan sernos de gran ayuda, debemos remitirnos a lugares en los que nuestro país hoy sufre el saqueo por parte de empresas ajenas a los intereses de nuestra nación. Y tal es el caso, por un lado, del Mar Argentino, históricamente saqueado por Gran Bretaña, con Malvinas como el caso más resonante y cohesionante de nuestro sentir nacional. Nos hemos enterado recientemente de que la Armada Argentina firmó un acuerdo con la Cuarta Flota del Comando Sur de los Estados Unidos que considera al Mar Argentino como un “bien común global”. Esta denominación, por si alguien anda despistado, significa claramente que vendrán a hacer cualquier tipo de operaciones espurias a nuestro mar con el fin de resguardar la integridad de algo que “es de todos”.

Y el otro caso es el de la hidrovía Paraguay-Paraná, aquella que atraviesa 7 provincias y por la cual se va el 80% de nuestras exportaciones. El diputado Carlos del Frade denuncia que:

La licitación pública e internacional de los servicios de dragado, balizamiento y peaje del Paraná que desde el 26 de octubre de 1898 hasta 1995 eran realizados por la Dirección Nacional de Construcciones Portuarias y Vías Navegables y desde entonces pasaron a ser un negocio de la dragadora belga Jan de Nul, una de las cinco más importantes del mundo.

Agrega, también, que:

Desde 2020, el Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos es el encargado de pensar el negocio de las aguas del río Paraguay y a partir del 28 de noviembre de 2023 también es responsable de la logística del Paraná en Argentina y sus siete provincias bañadas por sus aguas.

Con todo esto en mente, podemos concluir que queda más que asentada la importancia de unas Fuerzas Armadas robustas y listas para defender los intereses de nuestra patria. Pero falta todavía revisar el otro instrumento fundamental de esta historia, del cual nuestro militar devenido alguna vez en Secretario de Trabajo y Previsión, se sirvió para lograr llevar a la acción sus ideales de soberanía, independencia y justicia social: la política.

Y es allí donde estamos, justamente, enfrascados en luchas intestinas donde se discuten nombres antes que proyectos. La historia reciente nos demostró que todo lo que se constituyó como un “frente anti-algo” derivó en un fracaso rotundo, a causa de su falta de iniciativa. No hubo, dentro de los últimos frentes electorales constituidos, un homólogo a la figura de un militar que fuera in situ a observar un proceso masivo de reivindicación del sentir patriótico de una nación (con los bemoles que Perón mismo supo reconocer) y volviera con la idea de servirse de sus vivencias para encontrarle una salida local a la crisis en la que su país se viera sumergido. 

Ante este clima acéfalo de orfandad política, pareciera que se respira una quietud total en la misión de salir por arriba del fenómeno mileísta, supeditada exclusivamente a los años impares. Pero no. Fuera de las esferas de los altos poderes, hay toda una población militante moviéndose para que la patria siga viviendo. Ollas populares, movilizaciones masivas, cursos de formación, encuentros de conmemoración de fechas patrias, medios editoriales independientes; son solo algunos ejemplos de circunstancias en las que se construye el camino hacia la Comunidad Organizada, bajo la histórica premisa de que “mejor que decir es hacer” y “mejor que prometer es realizar”.

Estos dos últimos mantras están fuertemente puestos en crisis por el modo en el que vivimos. Hoy alimentamos a nuestro cuerpo con comida rápida que llega por PedidosYa, y a nuestro cerebro con videos situacionales, rápidos, tan fáciles de digerir como de olvidar, que vemos en TikTok o Instagram. Perdimos la costumbre del tercer lugar, el cara a cara, donde ocurre la verdadera riqueza y complejidad de la vida. El cerebro nunca toleró los procesos largos, difíciles, en los que la diferencia con un otro no es mala palabra ni mucho menos un signo de enemistad, y de los que no resultan máximas absolutas o “5 tips para”, sino más preguntas, que abren más debates y que prolongan el proceso todo lo que se deba, hasta finalmente encontrar una opción superadora.

Ni que hablar de que seguimos siendo un blanco fácil para las maniobras de distracción. Los audios filtrados, el tweet donde Fulanito le dijo a Menganito y Sultanito le hizo ratio (y la infumable cantidad de horas que se le dedica a estas payasadas en los medios de comunicación, incluidos los que son “compañeros”) son también una píldora fácil de digerir para nuestro cerebro cansado del trajín de una vida tan precarizada en tiempo y dinero, permeable a la activación de sus pasiones más bajas y oscuras.

Por eso, para finalizar, considero que toca encontrarnos con nuestros compatriotas sin pedirles carnet que certifique que son “todo lo que está bien”, exponer puntos en común y diferencias que sean salvables si se las contempla a la luz del “Primero la Patria, después el Movimiento y luego los hombres"; llenar plazas, clubes y manzanas enteras como las que vieran pasar a los “cabecitas negras” aquel 17 de octubre de 1945, en cada ocasión donde se llame a reivindicar nuestra soberanía nacional, nuestra cultura, los derechos humanos y la defensa de nuestra industria. Y, por último, recomponer nuestras Fuerzas Armadas y la relación del pueblo con las mismas. Que no haya discurso cipayo ni crisis que nos quite el amor y el respeto por nuestro suelo, nuestros compatriotas, nuestra soberanía y nuestra cultura. Que podamos finalmente convencernos de que aún es posible llevar a cabo gestas históricas, en el terreno de la acción y con la mirada en el futuro. Con el ejemplo eterno de Perón, Evita, Néstor y Cristina.

Por la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria.


Referencias:

https://tinyurl.com/pablogarello

https://desdelaraiz.ar/el-motor-de-la-industria-nacional/ 

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