“Una mujer comprendiendo la pasión que te animaba, puso su amor al servicio y con fuerza contra el cisma, Encarnación se llamaba, era esposa y compañera defendiendo tus espaldas, faltaban tiempos de sangre, apurando tu llegada”. Carlos Manuel Torreira

Pintura de una persona con cabello largo

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Ocurría que la Historia, escrita con mayúscula, destinaba a ciertas figuras femeninas al mero papel de acompañantes y silenciaba su vida. ¿A quién incomodaba Encarnación Ezcurra, Heroína de la Federación? Su incomodidad histórica provenía precisamente de aquellos a quienes ella con su audacia desafió, aquellos que no toleraron su cercanía con los humildes y luego, con la historia falsificada —así rotulada por Ernesto Palacio—, nos privaron de la mujer más extraordinaria del siglo XIX, quien impulsó la Revolución de los Restauradores de 1833.


Del amor de Encarnación

María de la Encarnación Ezcurra y Arguibel nació el 25 de marzo de 1795, hija del matrimonio de Teodora de Arguibel y López de Cossio con Juan Ignacio Ezcurra. Don Ezcurra, hombre de fe y negocios, fue teniente de prior y síndico en el Cabildo de Buenos Aires, participando activamente en los sucesos de mayo de 1810. Teodora venía de familia del comercio francés. Encarnación pasaba el mayor tiempo de su niñez con las mulatas que realizaban tareas domésticas en el caserón de San Telmo perteneciente a la familia. A su vez, Teodora se encargó de brindarle disciplina y obligó a Encarnación a formarse en matemáticas y escritura, con la proyección de vincularse en los emprendimientos comerciales de la familia. Tras la apertura económica impulsada por un sector de los “Hombres de mayo”, la familia logró comprar una numerosa cantidad de tierras en Buenos Aires. Esta situación los acercó a otra importante familia estanciera, los Ortiz de Rozas y López de Osornio. La relación cordial entre ambas familias produjo que los jóvenes Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio concurrieran a la casa de los Ezcurra y durante aquellas visitas nació el amor con Encarnación, caracterizado en su inicio por misivas románticas. Esta unión fue poco querida por las familias; la excusa de la desaprobación: eran muy jóvenes. Sin embargo, la naciente pareja mostró su primera estrategia en conjunto para lograr sus objetivos, querían contraer matrimonio. Juan Manuel incitó a Encarnación a que le escribiera una carta indicando que estaba embarazada. Este ubicó la carta en su cama, procurando que su madre la leyera. Finalmente, la madre leyó, se comunicó de inmediato con Teodora y se casaron por un supuesto embarazo prematrimonial. Pero la relación continuó tensa entre Encarnación y su suegra; el vínculo conyugal se hizo muy cuesta arriba en ese contexto. Un 29 de junio de 1813, cinco meses después del casamiento, nació Pedro Pablo, hijo de María Josefa (hermana de Encarnación) y Manuel Belgrano. El niño nació en Santa Fe y, dados los estrictos criterios morales de la época, terminó siendo anotado como huérfano y posteriormente adoptado por los tíos, Juan Manuel y Encarnación. No obstante, más tarde, Encarnación quedó embarazada, esta vez de verdad, y no quedó más remedio que escaparse. Juan Manuel estaba harto de su familia:

“En 1815 se produce el incidente por el que Juan Manuel Ortiz de Rozas se aleja de sus padres y cambia su apellido por el que es conocido históricamente: Rosas. El acontecimiento, torna difícil la posición de la Familia, (por entonces con un niño, y con Encarnación ya embarazada) pero Rosas la conjura rápidamente con la asociación con Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego, que inician las operaciones de salazón en el establecimiento Las Higueritas. Aunque el carácter de Juan Manuel era de un hombre emprendedor, y que frente a la adversidad atropellaba en vez de recular, debió tener a su lado quien no se inquietase o que fuera compañera con la misma entereza. Lo cierto es que salió airoso, y en 1817, con sus socios, compran a Julián del Molino Torres la estancia Los Cerrillos, sobre el río Salado, en las cercanías de San Miguel del Monte, que con los años se transformará en una estancia modelo, donde se criaban vacunos, equinos y ovinos, se cultivaba y se molía granos para hacer harinas, y donde cruzando el río, sobre la otra orilla, se fundaba otro establecimiento con el nombre de “Independencia”, dedicado al cultivo de hortalizas. Así pasarán los años, en los que Juan Manuel habrá de afianzar su experiencia de productor y organizador de la explotación agropecuaria, y comenzará sin quererlo a tener experiencia política y militar”. 1 

En esos años, Rosas creó la milicia de “Los Colorados del Monte” y encargó la administración de las haciendas y los saladeros a Encarnación, que veía con buenos ojos la participación de su marido en política; “incluso llegó a festejar su triunfo ante la rebelión del coronel Manuel Pagola, misión que le había encargado el gobernador Rodríguez”. 2 


La mulata Toribia en política

Si bien no había consenso entre los investigadores de su figura, la postura predominante fue que su ingreso a la actividad política se produjo paralelamente al ascenso de Juan Manuel de Rosas y el año 1820 fue el parteaguas. Con la crisis del año 1820, el gobernador Martín Rodríguez lo designó para mediar entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Esta gestión culminó en la consecución del Tratado de Paz, sellado tras la Batalla de Cepeda. El movimiento popular experimentó un crecimiento significativo con el coronel Manuel Dorrego en la gobernación de la Provincia de Buenos Aires. Elegido mediante el voto popular, Dorrego encarnaba los ideales del federalismo. Sin embargo, Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia, a la cabeza de los unitarios de Buenos Aires, tenían otros planes para nuestra nación. La respuesta de esta élite no se hizo esperar:

“Las tropas ocupan la Casa de Gobierno y disuelven la Asamblea Legislativa. Dorrego se retira a la campaña de la provincia, en busca de apoyo. Rosas irá al sur a convocar a sus ‘colorados’ mientras que Dorrego va a Santa Fe en busca del apoyo del poderoso jefe de los federales del litoral, el general Estanislao López. En el camino, el general Lavalle, jefe de la revolución unitaria, lo toma prisionero e inmediatamente, lo manda a fusilar. Este crimen horrendo es el más atroz e injusto que se ha cometido en toda la historia de la Patria. No tiene justificación alguna, fusilar al gobernador legal de un Estado que ha sido elegido libremente por sus conciudadanos”. 3 

El hecho del 13 de diciembre de 1828 motivó las primeras apariciones en público de Encarnación. Con el fusilamiento y el golpe se sembró el terror, tal es así que Manuel Gálvez detalló que en la Provincia de Buenos Aires en el año 1828 fueron más las muertes que los nacimientos. 4 

Tanto Juan Manuel como Encarnación sabían de qué lado estar. Rosas solicitó apoyo a Santa Fe con el fin de restablecer el orden. Las fuerzas federales lograron derrotar a Lavalle en Puente Márquez y se firmó el Pacto de Cañuelas; el fin era detener la guerra civil y el único garante de paz fue Juan Manuel, por ello la misma Junta de Representantes que eligió a Dorrego también lo hizo con Rosas, y este asumió como gobernador dotado de poderes extraordinarios. Una vez en el poder, Rosas potenció las políticas iniciadas por Dorrego, y junto a Facundo Quiroga y su mujer, conformaron la tríada que convirtió las provincias unidas en una nación, transformando el terror en alegría; dijo Perón:

“La bandera azul y blanca tremola por primera vez en la Patagonia argentina. La paz reina en nuestra tierra, y la prosperidad llega a los hogares más modestos. Todo el gauchaje es federal. El país es federal”. 5

Su gobierno se caracterizó por integrar a las masas, aquellas que cantaban “Quiroga me dio una cinta / y Rosas me dio un cordón / Por Quiroga doy la vida / por Rosas el corazón”. Encarnación aportó pasión a la tríada. La caudilla se reunía con los humildes, le encantaba lo social, participaba en cuanto candombe realizaban los afrodescendientes de la ciudad, porque Encarnación bien sabía de la importancia de darles participación. Se involucró en la prensa para que así fuera. A través de Luis Pérez, editor de El Gaucho y de otras publicaciones populares de la época, difundió gacetas bajo el nombre de La Negrita o La Gaucha que destinaban poesías a aquella población orillera; la reivindicación del habla plebeya frente al castellano estándar hacía participar a los gauchos y a los de origen africano:

“No es aventurero suponer que Encarnación Ezcurra inspiró y animó este imaginario; su colaboración dilecta con el marido era bien ya conocida por todos. La dupla política que juntos conformaron dio pronto excelentes resultados y apostó su suerte a la alianza con los sectores populares”. 6

Por si faltaba algo, Quiroga le solicitó a Encarnación que administrara sus bienes.


La política en manos de Encarnación

La influencia de Encarnación se intensificó en 1832, después del primer mandato de Rosas, al dejar la gobernación en manos de Juan Ramón Balcarce para emprender la planificada expedición al desierto. En ese contexto, ella detectó las primeras señales de traición y se erigió como los ojos y oídos de Rosas en Buenos Aires, asumiendo la vital tarea de transmitir los acontecimientos a la distancia y dejar encendida la llama federal. Apenas salió Rosas hacia el desierto, un sector federal con importante presencia en la Sala de Representantes comenzó a conspirar para alejar la posibilidad de una vuelta al poder del Restaurador. La cabeza de este grupo fue el ministro de Guerra de Balcarce, el General Martínez, junto a él otros notables federales, “lomo negro” por vestir de levita, Tomas de Iriarte, Pedro Cavia y José Francisco Ugarteche. A este agrupamiento se los llamó “federales cismáticos” aunque posteriormente Rosas solicitó que se los llamara “decembristas” por tener cercanías a los unitarios de Lavalle. Encarnación así anunció al grupo traidor:

“La acción de una logia encabezada por el Ministro de Guerra Enrique Martínez y el General Olazábal de acuerdo con el actual gobernador tratan de dar por tierra con el referido mi esposo, para cuyo efecto han tenido la perversidad de unirse a los unitarios (…) Aquí estamos ya alerta para cualquier cosa”. 7

Luego, se puso al frente del bando de los leales a Rosas, llamado “federales apostólicos”, y junto a ella, los hermanos Tomas y Nicolás de Anchorena, Felipe Arana, Manuel Vicente Maza y fundamentalmente, el pueblo. La casa del matrimonio se fue transformando en el centro de operaciones de la resistencia. Encarnación le comentó en misiva a Rosas: “he hecho centenares de pasquines, he mandado comunicados a los periódicos diciéndoles las verdades y tengo en mi cuarto reuniones diarias. No he dejado nada por hacer”. 8 

Nuestra caudilla logró articular un amplio abanico de agentes rosistas, jefes de policía o del cuerpo de serenos de la ciudad, para defender la verdadera causa federal. Mantuvo reuniones con gauchos y estancieros, mulatos y comerciantes, escuadrones provenientes de Monte, Cañuelas, Lobos y La Matanza, hombres y mujeres que pronto entraron en pleno conflicto con los “cismáticos”. El primer enfrentamiento abierto entre ambos sectores llegó con las elecciones de abril de 1833. El sector “decembrista” desconoció un acuerdo electoral y, al tener el control de las mesas por parte de funcionarios, policías y militares afines al ministro de Guerra, facilitó el resultado que esperaban: apoderarse de la legislatura y sustituir la influencia de Rosas. Felipe Arana explicó a Don Juan Manuel: “la idea del desprecio que hacen de usted, es toda la prueba que puedo ofrecerle de los arrojos de esta canalla, y del empeño que han tomado por abrir la puerta a la anarquía, que desgraciadamente hoy se ha entronizado”. 9

Encarnación advirtió: “nuestros enemigos han triunfado”. Dichas elecciones no estuvieron exentas de incidentes, tal es así que un Juez de Paz llegó a denunciar por fraude a las mismas. Algo similar ocurrió en las elecciones complementarias del mes de junio. Felipe Arana relató a Rosas que los apostólicos no estuvieron dispuestos a perder los comicios del 16 de junio; la movilización realizada desde las primeras horas de la mañana contribuyó al triunfo de la Lista Colorada, leal a Rosas. Pero finalmente, tras numerosos enfrentamientos y arrestos, el gobierno suspendió los comicios. Este inestable período fue caldo de cultivo para el vertiginoso liderazgo de Encarnación, a quien los federales apostólicos la proclamaron “Heroína de la Federación”: “Creo que todas las cosas emanan de Dios y que estamos obligadas, todas las clases, a trabajar por el bien general”. Indomable, ella siguió organizando a la milicia rosista para el regreso al poder de Don Juan Manuel. Le escribió detalladamente sobre los problemas que ocurrían y solicitó mayor decisión:

“Las masas están cada día mejor dispuestas y lo estarían mejor si tu círculo no fuera tan cagado pues hay quien tiene más miedo que vergüenza, pero yo les hago frente a todos y lo mismo me peleo con los cismáticos que con los apostólicos débiles, pues los que me gustan son los de hacha y chuza”. 10

A través de la prensa también se libró la batalla: 

“Los periódicos entran en la vida privada de las personas y publican sus defectos (…) Cada cual teme, y con fundamento que cualquier mañana aparezca impreso algún defecto ridículo o debilidad que ha mantenido oculto (…) El desenfreno periodístico ha llegado a lo inconcebible. Se acusa de embriaguez a Encarnación Ezcurra, se llama borracho y ladrón al general Mansilla, se amenaza con publicar la vida de Mercedes Rosas, hermana soltera de Don Juan Manuel, a la que se le atribuyen amoríos irregulares. A De Angelis alguien le llama con su firma “carcamán leproso, inmoral y corrompido”. 11

Entonces, Encarnación le escribió a Rosas: 

“La mujer del gobernador Balcarce anda de casa en casa hablando tempestades de mí, lo mejor que dice es que siempre he vivido en la disipación y los vicios, que vos me mirás con la mayor indiferencia (…) tengo bastante energía para contrastarlas, solo me faltan tus órdenes en ciertas cosas”. 12

La guerra no fue solamente verbal. El joven Nicolás Mariño, redactor del diario apostólico “El Restaurador de las Leyes”, fue asaltado en su propia casa. La ciudad estaba atemorizada:

“El Fiscal General del Estado. Buenos Aires, 2 de octubre de 1833, Año 24 de la Libertad y 18 de la Independencia. Acusa en toda forma los periódicos que expresa, por abuso de la libertad de prensa. El fiscal, pues, no puede ser indiferente, por más tiempo, al honor de las familias y de los individuos tan altamente ofendidos por los papeles públicos. Por estos periódicos, además de los artículos que contienen contrarios a la ley, se amaga convertir esta ciudad para mañana en un teatro vergonzoso de mayores dicterios y obscenidades, llevando la desmoralización y el desorden hasta el seno de las familias. En consecuencia, el fiscal acusa de toda forma los citados periódicos y pide que sin perjuicio de reunir sin pérdida de tiempo el Jury.” 13

Formulada la acusación a dos periódicos cismáticos y a cuatro apostólicos, el gobierno de Balcarce presionó y organizó un juicio para el 11 de octubre solo para enjuiciar al periódico enemigo “Restaurador de las Leyes” de Nicolás Mariño y lo anunció para las 10 de la mañana. Encarnación activó la prensa rosista durante la noche anterior para que aparecieran las paredes pintadas con carbón o impreso en un cartel que iba a ser juzgado el Restaurador de las Leyes. La propaganda fue muy eficaz en hacer creer que enjuiciaban al exgobernador, mientras que en verdad era al editor del diario, Mariño:

“El pueblo cree tratarse de Rosas, y acude en tropel, unos a pies y otros a caballo, a la plaza de la Victoria. Algunos hombres de Rosas comienzan a juntar gente, con la desaprobación de los federales de categoría. Una multitud logra entrar en el Cabildo, donde están la cárcel y los tribunales. El salón y el patio desbordan de una concurrencia nerviosa pero pacífica. Bajo los arcos del Cabildo es imposible dar un paso. Repártanse hojas sueltas y periódicos. El Gobierno, alarmado, redobla las guardias en el Cabildo y a las tropas del Fuerte les ordena formar. Las diez. La multitud se remueve violentamente, la guardia intenta desalojar las galerías. Se anuncia la suspensión del juicio por falta de unos jurados. La gente del Cabildo quiere dirigirse a la plaza y la guardia trata de impedirlo. De pronto, estalla un “¡Viva el Restaurador de las Leyes!” Parece una consigna”. 14 

El pueblo se alzó a defender a Juan Manuel de Rosas, a quien supusieron en peligro por la maniobra de Encarnación. Comenzó así la “Revolución de los Restauradores” de 1833. Uno de los testigos de los sucesos de octubre y quien mejor relató aquella pueblada fue el científico naturalista inglés Charles Darwin en su obra “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”:

“El general me dijo que la capital estaba bloqueada herméticamente y que todo lo que podía hacer era darme un pasaporte para dirigirme junto al general en jefe de los rebeldes, acampados en Quilmes (…) Acepté ese ofrecimiento con entusiasmo y un oficial me acompañó (…) En el campamento de los rebeldes se me recibió muy cortésmente (…) Algunos personajes que detestaban al gobernador Balcarce porque eran adictos a Rosas, abandonaron la ciudad en número y al grito de “Rosas” el país entero corrió a tomar las armas. Se bloqueó Buenos Aires; no se dejó entrar ni provisiones ni ganado ni caballos (…) Los rebeldes sabían bien que interceptando los víveres la victoria sería suya un día u otro. El general Rosas no podía tener conocimiento aún de tal sublevación, pero estaba completamente de acuerdo con los planes de su partido”.

Luego de la anulación del juicio, la multitud cruzó la ciudad hacia el Sur; la orden era ir a Barracas. Durante dos días no se interrumpió el éxodo de ciudadanos. Fueron los fieles a Juan Manuel dispuestos a luchar. La alta sociedad jamás se lo perdonó a Encarnación, comenzaron a insultarla con el apodo de “mulata Toribia” mientras ella continuó la huelga popular. Le escribió a Rosas: “el pueblo está como en tiempos de Lavalle, escaso de carnes y provisiones del campo”. El gobierno no logró reaccionar ante el movimiento de la masa que se convirtió en pueblo. El ministro de guerra Martínez se comunicó oficialmente con Rosas solicitando lo necesario para el orden y la tranquilidad pública. Juan Manuel le contestó que no era parte en absoluto de lo sucedido, pero reconoció la legitimidad del levantamiento. Rosas dijo la verdad. Todo fue obra de su mujer Encarnación, como explicó Manuel Gálvez: “creer que Rosas ha fomentado la revolución es no comprenderle. Hombre de orden, fanático del orden.” 15

El gobierno creyó que tendría tropas para dominar la rebelión. Mientras tanto, en la ciudad reinaba la confusión y la campaña en apoyo a Rosas parecía imparable. Prueba de ello fueron las renuncias a fines de octubre de los ministros envueltos en esta disputa, Martínez y Ugarteche. El 1° de noviembre al mediodía se reunieron los Representantes en la Sala y se leyó una proclama de Balcarce. A la una, dos cañonazos anunciaban que la ciudad estaba en asamblea. Los tambores llamaban a las armas. En las torres de las iglesias y en las azoteas de las casas aparecían soldados. La Sala de Representantes solicitó al gobierno y a las fuerzas apostólicas leales a Rosas que suspendieran el uso de la fuerza hasta que ella se expidiera. El General Pinedo de los apostólicos contestó que hasta última hora del 3 prolongaría su posición defensiva. Llegado el 3 de noviembre, Balcarce vencido abandonó su cargo ante la imposición de la Sala de Representantes y se designó al general Juan José Viamonte en su reemplazo. 

Días después, los restauradores victoriosos ingresaron a la ciudad con una orden:

“El 7 de noviembre, la orden del día para el ejército dice: “La generosidad y el orden son la divisa de los restauradores”. Parece que estas palabras han sido escritas con el espíritu de don Juan Manuel. Ahora van a entrar los vencedores. Son siete mil hombres. Desfilan entre el viento y la arena y tardan tres horas en pasar, ante el jubiloso entusiasmo del pueblo. Vítores a Rosas. Las damas arrojan flores al general vencedor. La ciudad está toda embanderada. Repican las campanas de las iglesias”. 16 

Encarnación Ezcurra fue la artífice del regreso de Rosas al poder, quien asumió su segundo mandato tras una elección de casi unanimidad en la Junta de Representantes. El movimiento de octubre de 1833 constituyó una demostración de verdadera democracia, aquella que el gobierno hizo lo que el pueblo quiso y defendió un solo interés, el del pueblo. Fue una revuelta hecha por los hombres de chaqueta y poncho, de los gauchos y la plebe, ante la intención aristocrática de gobernar sin el pueblo: “La pueblada que provoca este hecho es un antecedente directo de otras que en la historia se repetirán”. 17 

Perón comparó al pueblo de la Revolución de los Restauradores con el del 17 de octubre:

“Comprendí que esa gente que atravesaba el Riachuelo a nado, que venía de los más apartados arrabales para jugarse por un amigo, era mi gente, sentía la vida como yo, tenía mis valores, no se manejaba por las palabras sino por realidades: era el pueblo, mi pueblo, el pueblo argentino, el pueblo de la Revolución de los Restauradores, de las invasiones inglesas y las jornadas de 1810”. 18


Santa de la Federación

La imagen pública de Encarnación comenzó a apagarse a partir de 1835; una grave enfermedad la atacó, “casi ni come” dice Juan Manuel. Una de sus últimas apariciones fue en 1836, acompañada por la mujer de Facundo Quiroga, concurrió a los actos en los que fundaron los Santos Lugares de Rosas, (caído Rosas pasó a denominarse San Martín), y dejaron allí la imagen de una virgen tallada en madera, ejemplo cabal de la religiosidad de ambas mujeres y del pueblo argentino. 

El 20 de octubre de 1838 murió Encarnación Ezcurra, convertida de Heroína de la Federación en la Santa de la Federación. El último adiós fue la demostración del amor de su pueblo. Cerca de veinticinco mil personas, en una ciudad cuya población total rondaba las sesenta mil, se unieron a la procesión fúnebre que condujo el ataúd hasta su descanso final en la cripta de la Iglesia de San Francisco. 

El cortejo, presidido por el obispo Escalada y Monseñor Medrano, incluyó a las principales figuras del clero, el Gobierno y las fuerzas armadas. El reconocimiento a su figura fue internacional: los representantes diplomáticos arriaron sus pabellones a media asta. El luto oficial se prolongó por un período de dos años, y se celebraron más de ciento ochenta misas en su honor: 

“A nadie quizás amó tanto Rosas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad y perspicacia y doble vista que es peculiar a la organización femenil. Sin ella quizá no hubiese vuelto al poder. No era ella la que en ciertos momentos mandaba, pero inducía, sugestionaba y una inteligencia perfecta reinaba en aquel hogar”. 19


Citas:

1. Oscar J. C. Denovi “Encarnación Ezcurra: La esposa del Gran Americano” en Colección Divisa Punzó del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” enero 2024 Pag 13

2. Vitale Cristian “Encarnación Ezcurra La caudilla” Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Marea, 2020. Pag 48

3. Rom, Eugenio “Así hablaba Juan Perón” Buenos Aires: Peña Lillo, 1982

4. Gálvez, Manuel “Vida de Don Juan Manuel”, Buenos Aires, 1946 

5. Rom, Eugenio “Así hablaba Juan Perón” Buenos Aires: Peña Lillo, 1982

6. Batticuore, Graciela “Lectoras del Siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina” Buenos Aires, Ampersand, 2019

7. Sáenz Quesada, María “Mujeres de Rosas” Buenos Aires, Planeta, 1991. 

8. Gálvez, Manuel “Vida de Don Juan Manuel”, Tomo 2 Buenos Aires, 1946, Página 332

9. Mirta Zaida Lobato “La Revolución de los Restauradores, 1833” Centro Editor de América Latina, 1983, Página 39

10. Mirta Zaida Lobato “La Revolución de los Restauradores, 1833” Centro Editor de América Latina, 1983, Página 82

11. Gálvez, Manuel “Vida de Don Juan Manuel”, Buenos Aires, 1946 Página 339

12. Mirta Zaida Lobato “La Revolución de los Restauradores, 1833” Centro Editor de América Latina, 1983, Página 80

13. Mirta Zaida Lobato “La Revolución de los Restauradores, 1833” Centro Editor de América Latina, 1983, Página 58

14. Gálvez, Manuel “Vida de Don Juan Manuel”, Tomo 2 Buenos Aires, 1946, Página 341

15. Gálvez, Manuel “Vida de Don Juan Manuel”, Tomo 2 Buenos Aires, 1946, Página 337

16. Gálvez, Manuel “Vida de Don Juan Manuel”, Tomo 2 Buenos Aires, 1946, Página 348

17. Rom, Eugenio “Así hablaba Juan Perón” Buenos Aires: Peña Lillo, 1982

18. José María Rosa “Historia Argentina” Tomo 13. Página 192. 

19. Lucio V. Mansilla “Rozas. Ensayo histórico-psicológico” 1898

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