#1 - El camino de los pueblos libres
“La evolución de la Humanidad ha ido hacia integraciones mayores. Del hombre a la familia, la tribu, el estado primitivo, el estado feudal… La nacionalidad, que hemos vivido los de mi generación… Ahora ustedes vivirán la etapa que sigue, el Continentalismo, y es posible que sus nietos y sus bisnietos lleguen a la futura y última integración, que es el Universalismo, como aspiración de una Humanidad realizada”.
Estas palabras son de Juan Perón en una entrevista brindada en 1970 a dos jóvenes de unos 30 años, Octavio Getino y Pino Solanas.
El largometraje se llama Actualización política y doctrinaria para la toma del poder, y los nietos y bisnietos de esos entrevistadores somos nosotros: las generaciones nacidas sobre el final del siglo XX y comienzo del siglo XXI.
¿Ya comenzó la etapa del Universalismo? ¿De qué se trata?
La causa justa
La integración de la Humanidad se produce por una fatal evolución de los medios técnicos.
La fatalidad supone que esa evolución puede devenir en algo tanto positivo como negativo, y depende de la acción del Hombre y de los pueblos hacer que ese proceso sea conveniente, justo y armonioso.
Los medios técnicos nos conducen a niveles de integración humana mayores, que conviven entre sí desde criterios de solidaridad y subsidiariedad.
Las diferentes integraciones que ha desarrollado el ser humano, como la familia, el barrio, la Nación, el Continente o el Universo, deben atender los problemas que corresponden a cada escala, apoyándose mutuamente y respetando la soberanía de cada pueblo, así como la integridad de las personas.
En relación al desarrollo tecnológico, la doctrina justa propone emplear la tecnología conveniente por sobre la que está dada. Ya lo dice el Martín Fierro: “Es mejor que aprender mucho el aprender cosas buenas”.
La técnica puede ser conveniente al ser humano o puede ser el vehículo para su autodestrucción, pero inevitablemente arroja a los hombres y mujeres a nuevos desafíos.
La causa justa nos propone, en términos prácticos, construir la mejor montura para cabalgar la época que nos toca vivir. Esa montura será justa en tanto responda a una filosofía cristiana y humanista que permite llevar un andar armonioso.
Aceptamos la técnica, pero no la convertimos en un fin en sí mismo. Aceptamos la universalidad, pero la entendemos en tanto somos todos hijos del mismo Dios y a él volvemos.
No se trata de un punto medio entre renunciar a la tecnología y encerrarnos, o aceptarla por completo y abrirnos al mundo, sino de transitar el proceso evolutivo administrando la tecnología y las herramientas de integración según la conveniencia de la Humanidad.
Un sistema oligárquico de exclusión y descarte
En la misma intervención, Perón explica que “el capitalismo ha logrado en dos siglos un avance científico tecnológico superior a los diez siglos precedentes”. Sin embargo, advierte que “esa evolución se hizo sobre las espaldas de los pueblos”.
Hambre, desocupación, migración, narcotráfico, trata y guerras: todos signos del peso soportado por los pueblos en un sistema que convirtió a los seres humanos en un costo y una mercancía para el desarrollo.
La maximización de la rentabilidad pasó a ser la única ley y el dinero el único dios. Entre satisfacer el pleno empleo y agrandar la productividad del capital, los pueblos siempre perdieron.
El justicialismo irrumpía en la posguerra de 1945 y venía a desnudar la arquitectura injusta y oligárquica que se estaba gestando entre dos nuevos imperialismos.
Unos eran capitalistas de mercado con democracias liberales, otros capitalistas de estado con democracias socialistas de partido único. Ambos eran rehenes de la carrera tecnocrática y por la acumulación de capital. Unos condenaban al ser humano a la desocupación, otros lo condenaban a ser insecto de una gran colmena.
La lógica era la misma, explotación e injusticias sociales hoy, a cambio de un mañana glorioso. Unos abogaban por la capitalización privada, otros por la capitalización estatal, pero la felicidad del pueblo era siempre un tema para el largo plazo.
Perón planteaba que de nada vale una acelerada evolución científico tecnológica, si esta pesa sobre el sacrificio, el dolor o la “insectificación” de los pueblos.
Allá por el 1945, nos invitaba a soñar un sistema justicialista, en el cual el ser humano se realiza en una comunidad que también se realiza, donde los pueblos puedan convivir pacíficamente y organizarse en distintas escalas, según los desafíos de cada época, realizándose cada uno en una Humanidad que también se realiza.
La causa justa supera las antinomias que sólo tienden al sometimiento, la violencia, el descarte o la exclusión, ya no desde la negación del contrario, sino desde la propuesta de un reino de paz, amor, justicia, solidaridad y bien común.
El Universalismo de los pueblos libres
En 2015, la Organización de las Naciones Unidas cumplió 70 años desde su creación en la posguerra de 1945. Francisco asistió a la Asamblea en Nueva York y brindó un discurso.
Al comenzar sus palabras dijo que nuestro momento histórico se caracteriza por “la superación tecnológica de las distancias y fronteras, y, aparentemente, de cualquier límite natural a la afirmación de poder”.
Resaltó que la ONU era la respuesta adecuada e imprescindible “ya que el poder tecnológico en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades”.
En la mesa familiar o encuentros de amigos son recurrentes las conversaciones sobre los dramas de la época que vivimos, y sobreabundan las dudas e hipótesis acerca de las consecuencias irreversibles a las que nos enfrenta la tecnología.
El denominador común de los análisis es que nos encontramos ante una transformación integral de las relaciones entre los seres humanos y con el entorno que habitamos.
Algunos confían en que esto va a traer tranquilidad, comodidad y tiempo; otros advierten las amenazas sobre el trabajo, el aumento de la soledad, la depresión, la intolerancia y la violencia.
Reflexionemos, con los pies en nuestro suelo y en los tiempos de integración que vivimos, de qué se trata esa transformación integral y cómo podemos cabalgarla.
¿Qué desafíos propone la Humanidad de hoy en su etapa de integración Universal? ¿Qué problemas quedaron pendientes en la construcción de las naciones y los continentes? ¿Cómo podemos abordarlos en la etapa actual?
¿Cómo podemos hacer para que el desarrollo científico y tecnológico no vuelva a pesar sobre las espaldas de los pueblos, sino que sirva a su realización personal y comunitaria?
¿Cómo construimos una economía justa y sostenible en el tiempo, que promueva la dignidad y felicidad en las personas, a la par de una convivencia sana y pacífica entre todos los pueblos del mundo?
Nuestra Doctrina está hecha para el futuro, y en las características de la etapa de integración de la Humanidad en la que nos encontramos, están las bases para su actualización.
Los gemelos de siempre
Para hablar de los caminos que ofrece el mundo que vivimos, conviene comenzar por los dos aparentes caminos contrarios, que siempre derivan en la misma exclusión, descarte y violencia a la que nos intentan acostumbrar.
Al prender la televisión o revisar el celular vemos o escuchamos hablar sobre los extremos.
Lo que hace algunos años era socialdemócratas o neoliberales, luego devino en centro izquierda y centro derecha, después populistas y republicanos, y ahora ultraderecha y progresismo.
Sin embargo, hace tiempo ambos caminos hacen de orquesta para una sinfonía en la que las mayorías están ausentes o, mucho peor, descartadas.
Existe una irresponsable actitud en las narrativas oficiales y de la opinión pública, que ensalzan relatos antinómicos que legitiman y justifican la división de las personas y de los pueblos.
Muchos comunicadores y representantes públicos saben que tales parámetros son falsos y responden a algún sector del poder de turno, que quiere posicionar su interés por sobre el conjunto a través de un extremismo táctico o circunstancial.
Estas melodías de confrontación excluyente suenan en todos los niveles de integración, se trata de una lógica antinatural que pretende llevar a las personas a los tumbos, de un lado al otro, mientras quienes se encuentran en situación de poder se benefician del caos y la fragmentación.
En los tiempos que corren, Francisco denunció en Fratelli Tutti la existencia de dos amenazas para la integración universal de la Humanidad: una es el globalismo tecnofinanciero que insectifica, excluye y descarta, la otra es un creciente nacionalismo de exclusión que aísla y enfrenta a los pueblos.
Al globalismo lo describe como “autoritario y abstracto, digitado o planificado por algunos y presentado como un supuesto sueño en orden a homogeneizar, dominar y expoliar”. Una idea que “conscientemente apunta a la uniformidad unidimensional y busca eliminar todas las diferencias y tradiciones… destruye la riqueza y la particularidad de cada persona y de cada pueblo”.
Por otro lado, advierte la existencia de “nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos”, y denuncia que a través de diversas ideologías se “crean nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social enmascaradas bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales”.
Señaló que estos nacionalismos expresan la “incapacidad de gratuidad, el error de creer que pueden desarrollarse al margen de la ruina de los demás y que cerrándose al resto estarán más protegidos”. Respecto al inmigrante lo ven como “un usurpador que no ofrece nada… se llega a pensar ingenuamente que los pobres son peligrosos o inútiles y que los poderosos son generosos benefactores”.
Explicó que ambas formas de relacionarse violentan la soberanía de los pueblos, la integridad de la persona humana y la hermana Madre tierra.
En esta lógica binaria del poder, hemos visto opciones que se nos presentan como antagónicas a partir de la década del 70’, en particular los neoliberales y los socialdemócratas, que luego en diversos acontecimientos coincidieron en capitular ante el desarrollo de una globalización tecnocrática y financiera, donde el libre comercio, las finanzas y las “tech” primen por sobre los Estados Nacionales (Pacto de la Moncloa y Consenso de Washington, para nombrar dos ejemplos).
Un ejemplo de las últimas semanas
Hoy la lógica binaria encuentra lugar entre una nueva expresión globalista acentuada desde el progresismo, y una nueva expresión nacionalista acentuada desde sectores conservadores.
Quienes se posicionan desde alguno de los bandos, caen en la trampa de la antinomia, donde la radicalización del oponente es la razón de ser de cada uno.
Adoptar uno de los bandos que el mundo ofrece obtura la posibilidad de un diálogo sano y pacífico entre los pueblos, en tanto se lo cataloga dentro de un bando o se promueve su enfrentamiento interno bajo banderas ajenas a sus intereses.
Uno de los últimos ejemplos de esta configuración antinómica del poder fueron los encuentros del autodenominado globalismo progresista, que pretende aunar fuerzas contra lo que denominan la “ultraderecha”
Dos cumbres tuvieron lugar hace algunas semanas en Barcelona, una la de la Global Progressive Mobilization y la IV Reunión “Democracia para siempre”, ambas apadrinadas por los partidos socialdemócratas europeos, en especial el PSOE español, el laborismo inglés, el PD italiano, el demócrata yanki, entre muchos otros de la Internacional Socialista.
El encuentro tuvo sede en el viejo mundo, Barcelona, que quizá junto con Amsterdam y Nueva York son las tres grandes mecas de la cultura liberal y de la decadencia a la que nos arrojó el globalismo.
En dicha Internacional Socialista participan algunos partidos argentinos, la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista, quienes enviaron emisarios al encuentro global.
Sin embargo, el dirigente de mayor peso que no sólo asistió, sino que habló en diversos paneles como auspiciante de la iniciativa fue el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, quien dijo en uno de sus discursos en Europa:
“La respuesta a los problemas de nuestros pueblos no es local, bonaerense, ni puede ser argentina. La solución ante las políticas de ultraderecha debe ser internacional. Acá la estamos construyendo”.
La propuesta es abrir las puertas a un gran frente político, social, cultural y económico de todas las fuerzas democráticas que quieran enfrentar el auge de la ultraderecha.
El problema de la propuesta es que sólo tiene razón de ser en tanto se radicalice “la ultraderecha”, lo cual es malo para todos.
Por otro lado, quienes hoy se enfrentan a esa ultraderecha son muchos bancos, fondos de inversión y compañías que fueron ejecutores de la globalización excluyente de los últimos 50 años.
Muchas veces se describe a la ultraderecha como una maldad que brotó de las napas, sin precisar por qué tanto sufrimiento de las últimas décadas fue ejecutado por exactamente los mismos actores políticos que nos invitaron en Barcelona a unirnos.
Algunos líderes latinoamericanos participaron del encuentro, como Lula, Petro, Boric u Orsi, al igual que representantes de Sudáfrica (Commonwealth británico) o el Consejo Europeo.
En un encendido discurso, Lula clamó por volver a un globalismo multilateral y de libre comercio, y a terminar con el proteccionismo económico.
Los ropajes fueron rojos y liberales, alusivos a la impronta que pretende asignarse a una nueva alianza globalista que, como sucedió en 1940, encontrará los amigos menos impensables que las viejas falsas antinomias nos habían hecho creer.
Esta nota recién empieza, aunque por hoy se termina. En las próximas entregas vamos a indagar, a la luz de los nuevos acontecimientos, cómo se articula la doctrina de esta nueva alianza globalista, la doctrina del nacionalismo excluyente y la doctrina universal que propusieron Perón y Francisco.
#2 - Ganadores del Intercambio
Se publicó el informe del Intercambio Comercial Argentino del primer trimestre de 2026. Los sectores que explicaron el crecimiento de las exportaciones fueron las Semillas, Frutos y oleaginosas, hortalizas y legumbres sin elaborar, pescados y mariscos sin elaborar, cereales, lácteos, y en menor medida materias plásticas y metales comunes.
#3 - Boda en la Antártida
Tras 12 años de relación, Franco y Mara se casaron en el mismo lugar que se conocieron, la Base Esperanza, la única donde las familias pueden residir de forma permanente. Él es sargento primero del Ejército Argentino, ella bióloga de la Dirección Nacional del Antártico. Se habían casado por civil en 2017, pero sellaron la unión ante Dios en la Capilla San Francisco de Asís de la base. Felicitamos a Franco y Mara, así como al capellán Gabriel Muñoz, que arribó al bordo del ARA Almirante Irízar para cumplir con el sacramento.
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