En los últimos cuarenta años, perdimos el 18% de los bosques nativos. Sólo en 2020, un millón de hectáreas. ¿Qué hacemos?
Argentina es un país bicontinental, con una proyección territorial de 3.761.274 km², incluyendo la Antártida Argentina y las reclamaciones sobre las islas del Atlántico Sur, usurpadas por el Imperio Británico en 1833.
Su territorio continental e insular, consolidado y reconocido por el hoy tan vapuleado derecho internacional consta de 2.780.000 km², de los cuales el 19,2% es bosque nativo, vale decir, unas 46,5 millones de hectáreas. En los últimos cuarenta años, perdimos el 18% de esa superficie forestal, y si hacemos zoom, en los últimos diez años, se intensificó la superficie arrasada llegando a perder más de un millón de hectáreas sólo en 2020.
En las últimas semanas, colaboramos con grupos de brigadistas cordobeses que viajaban más de 1.800 km con sus propios medios, sus propias herramientas y su propia vestimenta, para trabajar con los incendios de Epuyén.
La comunidad nacional, siempre solidaria, transfirió millones de pesos a distintas cuentas que las brigadas y las organizaciones intermedias pusimos a disposición para que estos viajes se hagan realidad.
Toneladas de donaciones se movieron en transportes puestos a disposición de manera gratuita para que los trabajos de combate contra la línea de fuego sean posibles. Esta mecánica voluntarista y solidaria, de organización popular espontánea, es la que permite amortizar el daño.
Lo pude apreciar el año pasado cuando vi la impresionante logística desplegada en Mallín Ahogado. Mujeres y hombres de distintas partes del país montan centros logísticos en lugares estratégicos, y desde allí con handys comprados con donaciones, se informan de lo que ocurre y lo que hace falta en el frente. Coordinan desde insumos, herramientas, refuerzos y ayuda médica hasta provisión de alimentos.
Verlo para entenderlo. Se despliega una enorme lección de Comunidad Organizada en el medio de un infierno ocasionado intencionalmente por elementos que aún nadie puede individualizar. Y el Estado, cuasi fallido, insuficiente, vulnerable, propiciando la incertidumbre y la sensación de desamparo. ¿Y la política?
Políticamente hacemos lo único que sabemos hacer por lo menos hace quince años: polarizar, agrietar y evitar toda discusión seria, de fondo. La “izquierda” dice que el problema es este gobierno libertario, funcional a intereses foráneos, sionistas o corporativos, que desinvierte el SNMF (Servicio Nacional de Manejo del Fuego) y veta leyes que protegen el medio ambiente. La “derecha” argumenta que esas leyes no sirvieron para nada, que la falta de inversión es en realidad un ajuste producto del despilfarro progresista y que hubo una Presidenta que prometió 29 aviones que jamás compró.
La realidad es que, puntualmente en este tema, ha existido una auténtica política de Estado. Si algo le reclamamos a la historia de este país es la continuidad en las políticas públicas; bien, aquí la tenemos: una política de desinversión, de ausencia de presencia institucional, de deforestación, de relocalización de la población y de venta y extranjerización de tierras. No importa quién gobierne: desde hace diez años se sostiene la misma tesitura, en paralelo a un drama que no hace más que ir in crescendo.
Las discusiones políticas en Argentina oscilan siempre en torno a libertades individuales o de puja redistributiva. Por “izquierda” o por “derecha” lo mismo da: el eje de la tensión política local oscila entre esas dos aristas. No está mal, no las objeto en absoluto. Pero hemos tirado por tierra todas las discusiones políticas de primer orden: política internacional, soberanía, defensa, dominio y usufructo sobre nuestro territorio.
Esta crítica abarca desde la discusión sobre quién administra y usufructúa puertos, hidroeléctricas o rutas fluviales, hasta quién controla y domina los ecosistemas naturales que todos los ciudadanos argentinos coincidimos en que hay que proteger y conservar.
Teorías conspiranoicas -y otras no tan alocadas- abundan respecto de quiénes son los artífices de este infierno ecológico. Pero me permito decirle a mis compatriotas: no importa si las tierras las compran qataríes o diseñadores italianos, si hay planes de ocupación o simplemente negocios inmobiliarios. La gravedad de primer orden aquí, y es lo que está a nuestro alcance, orbita sobre la discusión esencial que hace a cómo administramos nuestros recursos en materia de defensa, manejo del fuego y control del territorio; y a partir de estos “requerimientos para el ejercicio de nuestra soberanía”, qué prioridades le imponemos a nuestras autoridades del gobierno.
Si no somos capaces de imponer una agenda que garantice un sistema capaz de controlar el fuego, y sostener nuestro ecosistema -que redunda en nuestra forma de vida, especialmente para los patagónicos- sencillamente somos los responsables pasivos de esta catástrofe. Responsables pasivos significa: un pueblo que ve lo que está ocurriendo, y no es capaz de imponer su voluntad, exigir a sus representantes un rumbo de acción o en tal caso, cambiarlos, para salvaguardar su casa común.
Compatriotas, como siempre en un pueblo libre, la obligación es nuestra, de cuidar lo que nos es propio: la Argentina.
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