El nuevo paradigma de defensa británico y sus implicancias para el interés nacional argentino en el Atlántico Sur

Por Rodrigo Ventura De Marco

En la apasionante travesía por la historia de las islas del Atlántico Sur, remontémonos a la segunda mitad del siglo XVIII, un periodo que marcó el surgimiento de su relevancia estratégica como punto de encuentro para Estados imperiales, todos ellos entrelazados en el complejo tejido nobiliario, diplomático y comercial.

A lo largo de las décadas, estas tierras australes han sido testigos de recurrentes disputas diplomáticas entre Argentina y el Reino Unido, alcanzando su punto álgido con la Guerra del Atlántico Sur en 1982, conflicto bélico que profundizó una contienda de intereses nacionales, estableciendo este escenario como el epicentro principal de la tensión entre ambas naciones.

Sin embargo, en el siglo XXI, las complejidades de la agenda internacional han propiciado una reconfiguración de las prioridades en materia de defensa para el Reino Unido. En la década de 1980, Argentina y la Unión Soviética se erigían como amenazas geopolíticas para Londres; no obstante, en los albores del nuevo milenio, la lucha contra el terrorismo islámico en Medio Oriente se alzó como la principal amenaza a los intereses nacionales británicos. 

En el complejo panorama geopolítico de nuestro tiempo, la retirada de Gran Bretaña de la Unión Europea (UE) marcó un giro significativo hacia un paradigma internacional centrado en lo global en detrimento de lo europeo, según la visión del gobierno británico. 

Este cambio de perspectiva revela la dinámica y siempre cambiante naturaleza de las preocupaciones estratégicas que moldean las decisiones de los actores en el escenario geopolítico global. Aunque el comercio ha sido el eje central de la nueva estrategia post-Brexit, la estrategia de defensa lanzada en 2021 se alinea con esta visión de alcance mundial. 

En consonancia con esta interpretación del contexto internacional, Londres ha reevaluado la importancia asignada a ciertas regiones, y en marco de este escenario transformado, el Atlántico Sur emerge nuevamente como una región estratégica para el Reino Unido, no solo por su ubicación geográfica, próxima al paso bioceánico y al continente antártico, sino también por la presencia de recursos valiosos como la pesca y los hidrocarburos.

En el contexto actual, el ascenso de China en el sistema internacional, la consiguiente reubicación del eje de poder hacia la región Asia-Pacífico y la salida del Reino Unido de la Unión Europea,  son fenómenos que, según la percepción británica, se desarrollan en un entorno en el que la naturaleza y distribución del poder global están experimentando transformaciones significativas, avanzando hacia un mundo más competitivo y multipolar. 

Por lo tanto, si profundizamos en los procesos que han dado forma al escenario actual podemos ver que los cambios materiales a nivel sistémico han provocado una reubicación de los focos de tensión en el ámbito geopolítico. Durante las dos primeras décadas del siglo XXI, Medio Oriente se erigió como la principal zona de conflicto a nivel sistémico. El fin del unilateralismo estadounidense tras las intervenciones en Irak y Afganistán, la participación rusa en la guerra civil siria y el ascenso sustancial de China en términos materiales han marcado la pauta en el escenario internacional durante las últimas dos décadas. 

Dicho esto, la estructura internacional actual brinda la oportunidad al Reino Unido de buscar la expansión de su estatus como gran potencia. Esta dinámica implica que el gobierno británico esté llevando a cabo una amplia estrategia centrada en el desarrollo de capacidades materiales competitivas, en un espacio que le es familiar y es determinante en el escenario geopolítico actual, como es el plano naval. Al mismo tiempo, se esfuerza por salvaguardar sus intereses nacionales, sin descartar la posibilidad de entablar relaciones interdependientes con otras potencias, como China o Estados Unidos.

Sumado a esto, si hemos de tener presente el actual entorno estratégico, no es menor notar que el Ministerio de Defensa británico (2021) plantea que el sistema internacional se encuentra “en una era de competencia sistémica, las distinciones entre paz y guerra; en casa y fuera; estatal y no estatal; y lo virtual y lo real se vuelven cada vez más borrosos”. En este escenario, el Reino Unido reconoce que la frontera tradicional entre los dominios civil y militar se desdibuja y que la tecnología de servicios juega un rol trascendental en la distribución de poder a nivel sistémico.

A partir de estas consideraciones y teniendo en cuenta la clara inclinación hacia la participación a nivel internacional expresada por el Ministerio de Defensa británico, resulta notable destacar que, dentro de este enfoque de la política internacional, las islas del Atlántico Sur se perfilan con una importancia geoestratégica considerable en el marco de la amplia estrategia británica, tanto en el océano Atlántico como en el océano Pacífico. 

En otras palabras, los archipiélagos del Atlántico Sur emergen como elementos de relevancia estratégica dentro de la nueva gran estrategia de la política exterior británica, consolidándose como territorios de relevancia militar, comercial y logística. 

Simultáneamente, las islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur adquieren el mismo status para la política exterior argentina, a lo cual se le debe agregar el factor histórico y cultural.

En resumen, para el Estado Argentino, los archipiélagos australes representan un punto central en su política exterior. Asimismo, en términos prácticos, la disparidad de capacidades entre ambas naciones es otro elemento crucial para entender la interpretación argentina de la movilización militar británica, considerando que la capacidad militar británica supera a la argentina. En parte, la percepción de la amenaza deriva de la disputa territorial existente entre ambas naciones por la soberanía de las islas, lo que hace que la revalorización, seguida de la explotación y militarización por parte de Londres, sea percibida como un desarrollo perjudicial para la posición argentina en términos materiales e identitarios.

A esto se suma la incapacidad del Estado Argentino para restringir y prevenir las actividades británicas en la región. Esta circunstancia plantea una hipótesis de conflicto que Argentina no comparte con sus Estados limítrofes, ya sea debido a acuerdos multilaterales o bilaterales. En este contexto, es posible identificar dos elementos clave del nuevo paradigma de defensa británico que impactan directamente en el interés nacional argentino respecto a las islas del Atlántico Sur. 

En primer lugar, desde un punto de vista tangible, la imposibilidad del Estado y de las empresas argentinas de beneficiarse de la explotación de recursos energéticos y pesqueros en las cercanías de los archipiélagos australes se convierte en un punto de conflicto entre ambas naciones, a tal punto que el  acceso a la región cercana a las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur se ve restringido por la presencia de fuerzas navales británicas.

A su vez, la explotación de recursos energéticos se enmarca en una historia de relaciones bilaterales con matices ambivalentes. Para los intereses británicos, la extracción de hidrocarburos ha ganado prominencia desde 1982, aunque no ha llegado a convertirse en el epicentro de la disputa por los archipiélagos del Atlántico Sur. 

Por otro lado, desde la perspectiva argentina, a pesar de que durante los 90 se lograron niveles relativos de cooperación en la extracción conjunta de crudo en el norte del archipiélago de Malvinas, la percepción de los tomadores de decisiones argentinos desde 2002 ha interpretado que la cooperación en esta área implica poner en segundo plano el reclamo territorial. Este enfoque se manifestó claramente en la ofensiva diplomática y comercial de 2010, una respuesta directa a la exploración del área por parte de empresas petroleras británicas.

Considerando esto, la reevaluación de los recursos energéticos por parte de Londres tendría como consecuencia que tanto el Estado como las empresas argentinas se verían perjudicadas al no tener acceso a dichos recursos en disputa. 

En consecuencia, Argentina no tendría la posibilidad de expandir sus capacidades materiales relativas o de potencialmente mejorarlas. Además, la nueva estrategia integral británica y la identificación de las islas del Atlántico Sur como un punto central en su política exterior plantean una amenaza directa para el Estado Argentino. 

El posicionamiento de las fuerzas militares británicas en la región, dada la singularidad de los territorios insulares del Atlántico Sur como puntos de alta relevancia geopolítica, no solo se interpreta como una amenaza a la soberanía argentina sobre esas islas, sino también como un desafío al principio mismo de la soberanía que Argentina ejerce en su territorio continental. 

Al reflexionar sobre las palabras de Segundo Storni (2009) respecto a los intereses argentinos en los archipiélagos australes, «la persistencia de la potencia extranjera en el archipiélago ciertamente complica la resolución de una parte esencial de nuestra defensa marítima y también afecta la eficacia en la protección de recursos vitales que continúan siendo explotados de manera irresponsable».

En síntesis, al notar que Argentina y los países limítrofes carecen de hipótesis de conflicto entre sí, el Reino Unido se presenta como la principal amenaza potencial, ya sea en torno a la disputa por la soberanía de los territorios insulares del Atlántico austral o por la explotación de recursos energéticos en la zona. En virtud de lo expuesto es que resulta necesario consolidar la defensa de nuestro mar como una política de Estado, continua, persistente e inclaudicable, hasta poder garantizar el pleno ejercicio de la soberanía nacional en los archipiélagos del Atlántico Sur.

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