ARGENTINA, ENTRE 1985 Y 2022

Por Federico Tavarozzi

Para empezar, 1985 fue un año que transcurría sin computadoras ni teléfonos celulares a disposición del pueblo. Cosas que no existían. 

Difícil de imaginar en el mundo digital que nos propone la nueva era que hoy nos encuentra en 2022, aunque bien retratado en la película que nos convoca, “Argentina, 1985”.

Máquinas de escribir, llamados anónimos que resuenan en un teléfono amurado o en una oficina, reunión de personas observando lo inédito alrededor de un televisor, periódicos de papel por doquier.

Por fuera de este detalle de época seguramente irrelevante para el caso, este film busca retratar, sin tanto éxito, momentos de una época crucial de la historia contemporánea de nuestro país. 

Ni más ni menos que aquellos que se sucedían durante el restablecimiento de la incipiente democracia tras más de siete años de dictadura cívico militar, y con ello, de ver qué hacer institucionalmente en la nueva Argentina con los responsables del horror. 

Es cierto que se trata de una ficción, no de un documental,  y que esencialmente es una biopic sobre las experiencias laborales y personales del fiscal Julio César Strassera y sus colaboradores al momento de preparar la acusación, armar el caso y/o juntar las pruebas para el “Juicio a las Juntas” durante el transcurso de ese año. 

Sin embargo, también lo es que, tratándose de una súper producción comercial con una llegada multitudinaria asegurada, una peli bien taquillera y colocada en plataformas de streaming masivas, carga consigo con una gran responsabilidad desde el plano cultural para con el pueblo argentino. 

Esto es así, porque sin dudas aquel horror constituye una herida aún abierta, un período histórico todavía en construcción en cuanto a la narrativa que ocupará nuestras mentes y las de las generaciones por venir. 

También, algo extraño a nuestra realidad cotidiana en la actualidad cuando pensamos en la confrontación violenta tan frecuente e instalada en la que habitaba el pueblo argentino por ese entonces.

A la que siguió una reacción ultra violenta e irracional por parte de aquellos personajes, tanto los visibles como los anónimos, que impusieron y sostuvieron aquella dictadura que terminó por llevar a cabo un genocidio entre compatriotas. 

Indudablemente esta realidad todavía sangra, no sana y persiste en la identidad de generaciones enteras, dejando su mella en la genética y el imaginario de nuestro pueblo.  

Como sea, este texto no busca ser una crítica de cine, ni tampoco un análisis sobre la rigurosidad histórica de este segmento audiovisual de 2 horas 20 minutos, sino un disparador para pensar algunas cosas en relación a la construcción de sentido y a los límites de lo pensable en nuestra realidad política y cultural. 

En principio, algo para nada mostrado en la película, es el continuo y vigente proceso de Memoria, Verdad y Justicia que se dio el pueblo argentino a partir del horror al que fue sometido durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, que incuestionablemente constituye un hecho de orgullo y una expresión gigante de nacionalidad popular. 

Todo un hito por parte de familiares de las víctimas y del pueblo organizado en general exigiendo que se sepa, recuerde, investigue y castigue a los responsables de secuestros, torturas, homicidios y desapariciones. 

Es una pena que no quede retratada la acción y movilización del movimiento obrero, partidos políticos y organizaciones sociales y de derechos humanos en ese período (del pueblo organizado en su conjunto y sus distintas formas) que en definitiva fueron las que terminaron por llevarse puesto al siniestro sistema represivo y antipopular que se había impuesto. 

Ni más ni menos que el pueblo argentino reaccionando ante el delirio y la maldad de quienes circunstancialmente condujeron su destino, porque aunque de manera ilegítima y autoritaria, lo hicieron por más de siete años.

Abuelas, madres e hijos que se hicieron símbolo, familiares y amigos en general, plantando (y flameando) bandera para exigir que, en la medida de lo imposible en este caso, se revierta, o al menos repare la situación. 

Imposible, porque la carga de una tortura seguramente nunca desaparezca en la mente o en el alma, porque los muertos no vuelven y los espacios vacíos que dejan no pueden ser llenados, porque nunca nadie entre los responsables, aunque fuera en un acto humano de última piedad, ayudó en la búsqueda de los desaparecidos. 

Sin embargo de semejante barro el pueblo floreció, marcó un camino y a la larga se impuso. Nunca más. Memoria, Verdad y Justicia, y por qué no Castigo, son causas inamovibles que permanecen en nuestro espacio-tiempo y forzaron a que el propio sistema se adapte y las internalice.

Tal es así, que al día de hoy y a más de 45 años, las investigaciones judiciales por los crímenes de lesa humanidad continúan su curso, encontrando responsables, devolviendo identidades y aclarando historias de vida que son heridas abiertas en sí mismas, intentando ayudar a sanar.

En fin, de momento es así, y nada indica que deje de serlo, ya que, a partir de la movilización popular permanente y masiva producto de la organización bajo principios y consignas claras, el sistema republicano de gobierno y su esquema de democracia representativa es algo incuestionable en nuestra forma de pensar y hacer las cosas. 

Es así que a prácticamente nadie en su sano juicio se le ocurre hoy en día exigir o acompañar un levantamiento militar.

Ni siquiera puertas adentro en las fuerzas armadas o en las oficinas corporativas de los civiles que componen los núcleos de poder dominante en nuestro país,  donde en definitiva siempre se resolvieron estos asuntos, promoviendo, instalando y sosteniendo a los gobiernos militares que históricamente usurparon el poder en nuestro país ejerciendo violencia contra el pueblo al que decían representar. 

Ahora bien, vista la experiencia de semejante gesta popular que logró acomodar las cosas por la persistencia de su lucha con semejante bravura, surge la cuestión de las grandes causas pendientes que subsisten en nuestra realidad tras el paso de aquel nefasto desgobierno y el cómo afrontarlas y superarlas al día de hoy, a casi ya medio siglo.  

¿O acaso este sistema republicano de gobierno y su esquema de democracia representativa no conviven con el marco estructural que le dejó aquella horrible y siniestra dictadura cívico militar?

¿Por qué toleramos encontrarnos regidos por normativa dictada de manera ilegítima durante ese proceso que tanto sabemos denostar? ¿Cuánto sabemos, o exigimos saber, respecto de los responsables civiles que diagramaron y sostuvieron aquel nefasto proceso mediante la represión y la muerte, fomentando la exclusión, la pobreza y la desesperanza? 

Solo por dar algunos ejemplos, entre tantos otros posibles…

¿Por qué la política partidaria jamás se propuso discutir el restablecimiento de la Constitución de la Nación de 1949 derogada ilegalmente en 1956 por otra de las experiencias oscurantistas que tuvo que soportar nuestro pueblo, y pasada al olvido por todos los gobiernos elegidos posteriormente?

¿Por qué convivimos con la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz?

¿Por qué con la Ley de Contrato de Trabajo en su versión censurada o amputada de 1976 a fuerza de persecución y muerte respecto de aquellos compatriotas que la hicieron posible originalmente en 1974?

¿Por qué acostumbrarnos a la liberalización, precarización y desindustrialización, allí donde había un pueblo que tendía al pleno empleo, a la sustentabilidad, y en el que se producían autos, trenes, y barcos entre tantas otras cosas?

En este contexto, cabe preguntarse sobre cuál fue el objetivo detrás del horror, de la persecución, represión y muerte. Surge evidente que el de imponer por la fuerza un modelo político, social, cultural y económico de país, que dio inicio al largo proceso de desguace y desregulación que en gran parte nos acompaña y condiciona en nuestros días. 

Es así que Argentina es al día de hoy una especie moderna de colonia, o hasta quizás un lugar peor, porque no visualizamos claramente como pueblo nuestra condición colonial, lo que condiciona la posibilidad de proponerse y llevar a cabo la liberación nacional que modifique las estructuras y relaciones de poder que nos someten. 

Algo alentador: nuestro pueblo nació liberándose, gestas sanmartinianas mediante, y supo darse una doctrina propia que sintetiza en criollo las grandes causas pendientes de la patria bajo la consigna de construir y consolidar un modelo nacional basado en la independencia económica y la soberanía política, con la justicia social como principio ordenador. 

Es decir, tenemos la historia y la experiencia a favor. Supimos hacerlo, podemos hacerlo nuevamente. También el viento parece estar a favor, vistas las condiciones en las que nos recibe esta nueva década a nivel global. 

Al día de hoy, preocupa en todo el mundo el alimento y la energía. Cosas que hay en abundancia en estos suelos.

Cosas, además, que en tiempos recientes supimos valorar y gestionar primeramente en interés del pueblo nacional, de todas aquellas personas que eligen habitar en la Argentina, lo que nos da la pauta de que no solo podemos, sino que debemos retomar ese camino. Se trata de una obligación moral y de una responsabilidad histórica. 

Para terminar, y retomando lo dicho

¿Qué sería de nuestra realidad si todo ese ímpetu, voluntad y determinación se orientaran firmemente en el sentido de la liberación nacional?

De seguro que lo haríamos nuevamente, porque está a la vista que la movilización popular masiva y permanente todo lo puede. 

En principio, hace falta memoria, conciencia y un proyecto claro en el horizonte; pero atención, esa gesta no la harán ni fiscales, ni jueces, ni políticos, ni nadie por su cuenta en soledad. Sólo la hará el pueblo organizado, consciente, convencido y determinado detrás de una épica clara y objetivos concretos, que según nuestra experiencia humanista y pacífica, no pueden ser menos que aquellos de buscar constituir una sociedad más equitativa, inclusiva y justa. 

Es que, una vez más y como siempre: sólo el pueblo salvará al pueblo.

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