Tijera o impresora: un mundo en guerra y un país con dilemas de oficina

Un resumen de noticias destacadas del mes que pasó -Junio 2022- se acompaña al final del documento. La propuesta es la de siempre, escarbar y detenerse en esos datos que nos permiten clarificar el difícil momento que vivimos.

Por Ariel Duarte – Abogado UBA

Las noticias de los últimos días giran en torno a la renuncia del ministro de economía Martín Guzmán. Mientras tanto, el mundo golpea la puerta desde hace varios años: estamos en guerra.

Sin embargo, más cálido resulta mirar el entorno desde el espejo que tenemos enfrente. Tenemos al Diego, a Messi y a María Becerra, una lista interminable, y como no podía ser de otra manera, queremos creer que las grandes penas son también argentinas. 

Así es que el país pelea dos finales mundiales por obtener el primer puesto: tenencias de dólares en el exterior e inflación.

La economía preocupa, sí, y nuestras autoridades insisten en explicaciones académicas en torno a la economía bimonetaria, el déficit, las reservas, la deuda, la emisión, el tipo de cambio y la fuga de capitales. 

Como todas las instituciones modernas de un mundo que nuevamente transita una gran guerra, la academia también se pasó de rosca. Tanto desde la izquierda hasta la derecha, como de los que se llaman heterodoxia y ortodoxia, llegan explicaciones donde todo se reduce a una cuestión de plata. 

La guita se convirtió en un fin, hablar de trabajo o producción ahora son meros medios discursivos de la política para, por momentos, interpelar a los sectores que generan la riqueza con su esfuerzo, cada vez más alejados de los pasillos políticos decisorios.

Una campana dice que el problema es la falta de dólares que tiene el país cuando crece. Otra aclama que si se imprime dinero puede impulsarse la economía. Algunos sostienen que para que la cosa mejore el Estado tiene que recortar el gasto de dinero. Los de siempre se alarman porque la impresión de dinero tiene la culpa de la inflación. Unos más descontrolados afirman que si dinamitamos la entidad reguladora del dinero todo va a mejorar. Más o menos Estado, siempre hablando de guita.

La última moda es una propuesta novedosa, tierna y consensuada entre un sector del sistema político y de los movimientos sociales, repartir dinero a todos los que necesiten. Se llama Salario Básico Universal, y propone una suma de dinero que se deposite a cada persona de bajos ingresos por un equivalente a la canasta básica. 

El anteproyecto dice que, “actualmente, el empleo no garantiza ingresos suficientes para la reproducción de la vida en sociedad, sobre todo en economías con estructuras productivas y ocupacionales heterogéneas, caracterizadas por altos niveles de precariedad, como la que existe en nuestro país».

El diagnóstico generalizado es el mismo: como nada se pueda hacer, o mientras el derrame algún día suceda, una fórmula de dinero es lo que puede resolver de momento nuestros problemas. Ajustar o imprimir.

Un viejo bando se prepara para copar la Rosada en un año, con el padrinazgo de la Fundación Mediterránea, llaman a recortar el gasto y descartar a toda la población que haga falta hasta que se “normalicen” las cuentas. 

El otro bando no termina de definirse, hace años no comunica una planificación estatal de cara al futuro, coquetea con todos los matones multipolares del extranjero y lo único a lo cual le puso el gancho fue un acuerdo de Facilidades Extendidas con el FMI. 

El bando de la Mediterránea, la UCR y los pitbull con pelucas salen a convencernos por lo bajo: ¿Por qué no apostar a una Argentina-Australia? Nos proponen dedicarnos full time a la exportación de materias primas, alimentos, minerales y energía, con eso nos va a bastar para obtener los suficientes dólares para vivir una vida tranquila de rentas y consumo de las más novedosas importaciones. Lo esencial va a costar, pero quizá nos lluevan ofertas de trabajo si no tenemos leyes protectorias o al sindicalismo encima. Jubilados autosuficientes si es que quieren existir. Trabajos múltiples y fines de semana de emprendimientos. Ensamblar autos eléctricos con baterías jujeñas y venderlos a Europa y Estados Unidos, mientras tanto ellos nos envían sus viejos autos hermosos, alimentados con el combustible que pagamos en dólares. Podemos ser parte del Commonwealth, volver a ser el centro de los principales eventos deportivos y culturales occidentales, y hasta quizá recuperar las Malvinas por obsequio de Su Majestad. El país nos puede albergar a todos los que nos rompamos y hagamos mérito, y el único compromiso implica quedarnos en 40 millones, concentrados y no alarmados con que un tercio quede afuera para siempre de la joda.

Como buenos hijos acomplejados de España, los anglófilos locales insisten en el camino que llevó al hundimiento de aquel Imperio: se habían dedicado a extraer oro en forma adicta para consumir manufacturas inglesas sin tener que laburar. Todos soñaron alguna vez con la gallina de los huevos de oro, pero la decadencia social, cultural y política de una sociedad que pretende vivir de arriba rompe tarde o temprano con las ilusiones. 

Dos bandos se dirimen un país que todavía no se alerta de la guerra que lo copó todo. Las naciones que dirigen el mundo han reabierto la puerta de la violencia como solución generalizada de viejas rivalidades. Mientras la política camina hacia un duelo de generales entre quiénes van a agarrar la administración del desastre en las próximas elecciones, los Estados limítrofes con quienes tenemos históricos conflictos productivos, logísticos y territoriales se están rearmando. 

Chile proyecta su mapa por sobre nuestro límite, mientras compra nuevo armamento para dotar a sus fuerzas armadas de suficientes herramientas para copar -por ahora- su Patagonia amenazada por los levantamientos mapuches.

A Brasil no le alcanza con su Cuenca de la Amazona, y comienza a presionar sobre la triple frontera y la Cuenca del Plata, varios meses nos secaron el Río Paraná desde sus represas río arriba y ahora el narcotráfico copó la gran urbe portuaria rosarina de exportación de alimentos y minerales. La nación vecina aumenta su inversión militar y desarrolla planeamiento estratégico sobre el Atlántico Sur desde hace tiempo.

Por un segundo, la ilusión de un continente de centroizquierda desploma cualquier hipótesis de conflicto. Por causa de estas recurrentes teorías del derrame, nos quieren convencer de que si muchos gobiernos tienen el color rojo o buena amistad con China, probablemente la sociedad inclusiva e igualitaria avance. 

Sin embargo, lo que subyace de fondo es una crisis de representación y caos institucional en la cual cualquier opción puede ser La nueva opción y, de movida, tanto los radicalizados como los moderados terminan por respetar el destino extractivista y rentista de los países sudamericanos. Primero ganan desde la ilusión de un cambio, cumplen con sus promesas referidas a libertades y derechos civiles, y luego en economía colocan a un fiel amigo del dinero como causa y fin de los problemas, sea para imprimir o para ajustar.

La sociedad global y posmoderna que solíamos conocer desde las pantallas se cae a pedazos, desde las dos torres que este quilombo comenzó y no se detiene. Nuevamente la paz en el mundo se ve amenazada por una humanidad que persiste en querer controlarlo todo. Cada vez que nos acostumbramos a pensar que la guita y la tecnología todo lo pueden, un cachetazo de Inconsciente nos recuerda que la violencia convive dentro nuestro como reverso de esa impotencia.

La ecuación de este mundo en guerra parece más sencilla que las teorías económicas dinerarias. Cuando empiezan los disparos, el suministro de alimentos y energía pasan a ser decisivos, por lo tanto los precios aumentan en forma desmedida. 

Argentina goza de tener esas dos rentas extraordinarias, no fruto del trabajo del ser humano, sino del rendimiento que la Naturaleza ha depositado sobre tales recursos: una es la de la energía, la otra es de los alimentos. 

Casualmente, existen dos ingredientes fundamentales para que exista la posibilidad de desarrollar pleno empleo industrial registrado: alimentos y energía barata. El primero garantiza poder pagar salarios que recuperen capacidad de consumo de otros bienes y servicios. El segundo es el principal costo de cualquier manufactura en un mundo hiper tecnologizado. 

El país que está entre los diez productores de alimentos del mundo no puede tolerar que una sola de sus familias pasen hambre. La nación que cuenta con reservas energéticas para abastecer a su industria no puede darse el lujo de regalarla al extranjero, y mientras seguir pagando la energía al precio que pagan los que no cuentan con el recurso. 

Yrigoyen y Perón jugaban con una figura, la de la manguera: el problema argentino se resuelve de una manera muy sencilla, hoy existe una manguera que lleva todos los recursos del país al extranjero, lo que hay que hacer es apuntar esa manguera hacia dentro y poner a trabajar esos recursos para el desarrollo industrial como único garante de pleno empleo. 

Es absurdo convencernos de que no se puede hacer nada más que imprimir y repartir, o ajustar hasta que desaparezcan las células malignas inflacionarias. 

Si Argentina no logra garantizar su suministro propio de alimento, energía, logística y financiamiento, se hará muy complicado lograr una digna calidad de vida, que a su vez nos permita preparar las defensas militares de nuestras fronteras terrestres y marítimas, así como integrar y desarrollar la demografía de las provincias más lejanas. 

Si decidimos encarnar un camino de paz, se hace urgente prepararnos para disuadir a los protagonistas de nuestras principales hipótesis de conflicto. Siempre está la voz marginal interior que nos llama a querer ver sangre, aunque la sabiduría siempre le dio la razón al tiempo. Elegir la violencia y los caminos mágicos de soluciones dinerarias sigue siendo cosa de atragantados por la circunstancia. 

Frente a la omnipresencia del dinero y el avance de los conflictos armados, una vez más se hace urgente recuperar nuestras riquezas naturales y ponerlas a trabajar en la producción de los bienes y servicios que requerimos para vivir y defender nuestra comunidad. 

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