Tiempos de poner el cuerpo

Ariel Duarte – Abogado UBA

Una ola tumba a cualquiera, y hay que decirlo, detenerse un segundo sobre lo que nos pasa da cuenta de que existieron olas que nos tumbaron a todos y todas.

Sin embargo, se sabe, que si no acompañamos el movimiento y después no intentamos luchar contra el mar, que traga todo lo que asoma en su orilla, de tumbarnos pasamos al suicidio.

La Ciudad global, como paradigma triunfante desde las bombas lanzadas sobre ciudades de oriente hoy inhabitables, sirvió de vehículo técnico y logístico para la integración de una gran colmena de consumidores y sobrevivientes. Todas las ciudades unidas, gritó el manifiesto liberal.

En este caos global de departamentos, boliches, centros comerciales y turismo, generamos la infraestructura propicia para que se propague una pandemia mundial de infección respiratoria, que puso punto y aparte sobre un estilo de vida acabado.

“Salimos en caravana, fin de semana… dejamos al barrio, prendido”, grita desconsolado Néstor Bordiola, cual Quijote que desde la Zona Sur galopa a través de una noche europeizada que empieza a terminar con el himno de la radio.

Nos atraía la ciudad porque era un lugar de quilombo permanente, encuentros masivos, recitales, movilizaciones, boliches, plazas repletas, grandes ranchadas, todos fenómenos que hoy, siendo cuidadanos y cuidadanas y militantes crónicos del aislamiento, se terminó.

“Hay que convivir con esta situación, volver a las clases y a trabajar”. “La vacuna no implica que abandonemos las medidas de aislamiento y el uso de tapabocas, se necesita llegar a la inmunidad de rebaño del 70% de la población contagiada”. “Esta es la primera de las pandemias globales que se avecinan en esta Era global”. Voces que anuncian que esto recién empieza, y que no sólo la joda está clausurada, sino que vamos a tener que cumplir con nuestras obligaciones de buenos ciudadanos del mundo globalista, que los recursos de nuestro suelo y trabajo nunca van a dejar de llevarse al exterior.

Quizá nos tomemos diez minutos, de lectura, para que nos ayudemos a pensar un poco qué carajo nos pasa. Empezó algo nuevo, alucinante, que nos hace preguntarnos qué queremos para esta vida que nos rodea.

Con tanta pantalla el fiero bello fuego no se ve.  Mientras el descarte social se multiplica, la ecología que hasta ahora nos proponía poner especial atención en las especies que se extinguen, de pronto nos arroja un baldazo de agua fría para hacernos entender que una de esas especies era la nuestra.

Sobre el océano

El arte de la playaes muy sencillo de comprender debido a que la experiencia es constante, desde que entramos al agua en cada momento se asomará un caudal de agua que va a retarnos a ver si podemos lograr mantener nuestra posición.

Cual ejército iraní que nunca detiene su avance, no hay segundo para la duda. Si no es una será la siguiente, pero nuestros talones clavados en la arena húmeda de una incipiente plataforma marítima, de a poco se irán desplazando cuando las constantes olas marchan.

El agua es de los elementos más jodidos, quienes sufrieron inundaciones lo saben bien, el agua todo lo destruye, no hay cimiento que aguante, no hay paciente y anciana piedra que la espante, los diques ceden y nosotros también.

El océano es todo un ecosistema. Sus orillas, donde con soberbia pretendemos asentar nuestros puertos para conquistarlas, saben nutrirse del viento, de la arena y de la marea para formar unos empinados caudales que golpean a quienes se atrevan desafiarlo.

El mar nos sacude, intenta tumbarnos y luego tragarnos. Sus murallas no reniegan del enemigo, luego de que una ola nos hace caer,el océano querrá tragarnos e integrarnos en su mundo hostil al bípedo mamífero que respira y se mofa de su cultura.

La fórmula que aprendemos es la siguiente: viene la ola, o la barrenamos y acompañamos su desenlace atractivo, dando vueltas sobre la arena enjuagada, o bien tenemos que sumergirnos debajo de esa ola para atravesar su furia, cual aviones que vuelan al ras para no ser detectados por los radares de la destrucción.

Una vez que la sobrepasamos, ya sea bailando su ritmo o volando bajo para no escucharla, viene la oscuridad de su garganta. Una potencia inexplicable intenta llevarnos hacia lo más profundo de su esencia, el agua nos arrastra hacia adentro y no queda otra que aguantar con toda nuestra fuerza o nadar hacia la orilla para evitarlo.

En este ejercicio marítimo, poner el cuerpo es vital para sobrevivir. Quizá este ejercicio es el mismo que tenemos que implementar para atravesar las contingencias de una realidad que poco a poco está tragando a nuestra especie en la profunda miseria, que es la mecanización, empaquetamiento y anulación de toda subjetividad, tradición, religión y cultura que la era (pos)moderna pregona.

Hemos pasado de la derrota de los movimientos nacionales y sociales de siglos anteriores, a la cultura de la individualidad ansiosa y depresiva. Las olas nos tumbaron y nuestra generación lucha contra una garganta que intenta a toda costa anularnos en la miseria de la depresión y la angustia cultural.

Sobre el destino

Si está escrito o no es una discusión que nos supera en estas líneas, pero si en este momento me paro de la silla y le tiro el termo por la cabeza al policía que está en la esquina, probablemente me meta en problemas, y justo hoy prefiero no hacerlo, quizá mañana veré, lo que me indica que tan determinado no estoy.

Ahora bien, ¿podemos decidir sobre nuestro destino? La vida nos propone circunstancias, como la muralla del océano, ysobre eso resolvemos y disponemos si vamos a luchar para queno nos traguen.

Es inimaginable pensar que una persona que estuvo varias veces en el mar no sepa cuáles son las conductas que debe adoptar para no ser devorado por la garganta salina. Lo mismo pasa en nuestras vidas, sabemos siempre cuál es la puerta, cuál es el camino, cuál es la buena manera de encarar las cosas, en todo caso tenemos la obstinación por creer que la verdad la vamos a inventar cada uno de nosotros, o que lo que sentimos desde lo más profundo de la consciencia es una mera irrealidad intangible en la que no podemos confiar.

En temas de realidad, nunca estamos solos y, lamentablemente, la realidad es la única verdad.

La realidad es integral, es lo material, pero también lo que nos pasa en lo profundo del inconsciente, nuestros afectos, nuestras angustias, felicidades y sueños, nuestro placer.

El aire, tal cual como lo respiramos y más allá del cheddar extra que le supimos inyectar en las ciudades durante décadas, se compone de oxígeno, nitrógeno, dióxido de carbono y argón. La particularidad de éste último, el argón, es que está siempre latente, siendo el mismo y en proporciones menores al 1%, y se trata de un elemento que desde los siglos de los siglos está presente entre lo que respiramos.

Muchas generaciones y en distintas partes del mundo han respirado y exhalado al argón, lo han incorporado a su organismo y expulsado hacia al mundo, nutrido del propio aliento. Ha viajado por toda nuestra historia, los vientos lo han llevado hacia las cimas de la montaña, y luego lo han catapultado hacia los colchones verdes de cada llanura. Los océanos lo han atestiguado y los volcanes en erupción han dialogado con su forma.

Ha conocido a los egipcios y fenicios, a las civilizaciones milenarias orientales y a nuestros paisanos los quechuas, han sobrevivido a las Cruzadas y han cruzado los más grandes océanos, junto a Cristóbal, para atestiguar el nacimiento de la historia universal el día en que América dijo “acá estoy” ante el mundo. Ha dialogado como jesuita con cada religión del mundo, incorporado su energía espiritual de ritos, ceremonias, misas y festividades.

El argón sobrevivió a Hiroshima, Chernóbil y a los bombardeos del‘55, y viajó hasta nuestro siglo para pregonar su omnipresencia. Fue el primer justicialista del mundo, no ha discriminado latitudes ni altitudes, se ha sabido mantener en su misma proporción justa para todos y todas los que lo quisieron respirar, sin dejar a nadie afuera.

Su explicación química es que es extremadamente inerte, resiste a cualquier temperatura y presión, está ahí, entre nosotros, los que fuimos, los que estamos y los que vendrán. Las reacciones energéticas que generamos todos los que latimos y “fotosintetizamos”, tienen un amigo en común que nos acompaña y nos hace de conector desde que los gigantes convivían con el ser humano.

Al argón lo llaman “el gas noble” por sus características y, en este preciso momento, es la perfecta excusa que tenemos los que estamos leyendo estos párrafos sentidos por un loco como vos, de empezar a pensar en que hay algo que nos une, que nos pone en la misma vereda en esta apretada y hermosa vida que nos propusieron.

Sobre la conectividad

Hay una red de wifi libre que nunca vimos y siempre estuvo. Como estamos conectados, antes que nada, hay que tratar de no alterar ni anular la frecuencia con que el argón nos une, de no privatizar la conexión con la mediocridad de nuestro propio ombligo.

Quizá es una de las explicaciones de por qué es importante evitar ser ortiva y andar con la gorra y la careta puesta, porque lo único que vamos a generar es un clima en el cual difícilmente se pueda hacer algo, que pueda fluir lo que nos hace ser una misma realidad.

Hacer es muy importante en todo esto, porque es la única forma de crearnos nuevas posibilidadesde existencia. Estar tirados todo el tiempo no suma, y todos los días a la mañana tenemos un microsegundo de pensamiento en que reflexionamos: “Si la activamos la cosa va… y si la quedamos estamos pateando nuestra vida para adelante”. Microsegundos que reaparecen en nuestras diferentes actividades, a veces en forma colectiva en el laburo, en el colegio, en la universidad, en la política, que sobrevienen luego de destrabar el primer obstáculo mental de la cama y el Netflix que nos retiene.

Es tan real que estamos conectados, que nos cae la ficha de inmediato que cuando sonreímos y ponemos buena onda, nuestro entorno fluye, el clima es propicio para que todos se sientan contentos de actuar. “Hacer” pasa de ser una “paja”, a crearnos nuevos procesos reales de vida.

Respiramos algo en común, y en cada exhale le estamos contando al mundo la perspectiva desde la cual vamos a vivir.

En la orilla del mar estamos todos, no en la de la tierra, y ese argón es la soga ínfima que nos sostiene, desde una distancia y presión determinadas por lo que a cada generación y en cada lugar nos tocó en esta Historia universal, y según lo que las anteriores mujeres y hombres hayan sembrado para nuestro futuro incierto.

Lo que queda claro es que lo que hacemos para sobrevivir repercute en el resto, y lo que repercute en el resto es lo que nos va situando cada vez más hacia dentro o fuera de la garganta oceánica genocida. Tenemos toda una vida para llevar la gran soga hacia la tierra, para dejársela “más fácil” a los que vengan. No es poca cosa que el océano te trague y te anule, más cuando hay tantas cosas para decir y hacer.

En este combate individual y colectivo, que es una misma cosa en definitiva cuando hablamos de seres vivos, es fundamental poner el cuerpo, porque en ese cuerpo está el organismo que inhala y exhala la partícula del todo, están los corazones que irradian frecuencia y hacen que un abrazo se convierta en una emoción.

Como la conectividad es cosa de cada uno y de todos a la vez, rápido nos llegan al corazón los conceptos de “comunidad” y “Patria”; porque si uno tropieza en la muralla del océano, lo más probable es que el de al lado esté un poquito más condenado a que lo trague la marea, o que nuestra descendencia arranque más jugada que la realidad que a uno le tocó.

Sobre la Patria

Abundan las frases cliché como“La Patria es el otro”, que la han convertido en consigna, o bien, “La Patria es el orto”, cuando la tuneaban con alegría los compañeros y compañeras en las marchas del Orgullo.

Borges señalaba que “Nadie es la Patria, pero todos lo somos”. El General Savio, pionero de la industria pública del acero en Argentina y América Latina, planteaba que “Mejor que gritar ‘Viva la Patria’, es trabajar para que la Patria viva”. Bergoglio, hoy Francisco, insiste desde hace décadas como Jauretche en que hay que “Ponerse la Patria al Hombro”. Perón decía que la Patria no eran los campos ni las vacas, sino nuestros hermanos y hermanas de la Nación. 

Incluso, en las nuevas cosmovisiones de la ecología social e integral, cuya prédica ha encarnado la encíclica Laudato Sí, se señala que la Patria, que somos quienes habitamos nuestro suelo, tiene su Hermana Madre tierra que nos cobija. Sentido que incluso congenia y se remonta a las filosofías y religiones de los pueblos del altiplano, cuya Madre tierra era el seno del cual salían y al cual volvían, por lo que había que venerarla y cuidarla, pero su Patria eran las comunidades que la habitaban, los que estamos acá, viviendo.

Existen muchas formas de hablar de la patria, hasta alguno puede pensar mal si la escribiésemos con minúscula, una tontería propia de nuestra época histérica por la formalidad. En este mundo líquido, prefiero optar por dar sentido a mis acciones por sobre las formas, porque desde que “los modos” han pasado a ser custodiados por cuatro corporaciones tecnológicas, nos fuimos dando cuenta que hasta en internet el “caretaje” sigue siendo cosa del oligarca.

Preferimos bajar un cambio, y creer que quizá hacernos cargo de lo que nos pasa es la mejor manera de “ponerse la patria al hombro”, empezar en el barrio, en el laburo, en los lugares de estudio, trabajar desde la Patria chica como metodología para que la Patria Grande no tenga pies de barro ni camine sobre gelatina.

Volviendo a las olas y a los océanos, sabemos que para que esta Patria crezca, para que no perdamos la subjetividad de nadie que sería perder la nuestra,para sostener esta soga que evita que el océano nos trague, cual juego de playa, fue, es y será inevitable poner el cuerpo. Todos los cuerpos pueden ser canción en el océano.

Sobre los gustos

El cuerpo late, escucha, observa, siente y vibra, cada uno le aporta un compás a la armonía incierta de la existencia. Suena un reggaetón en mi cabeza y no dudo en cantarlo y moverme, me arruina la cabeza y lo disfruto, es el argón que presenció el candombe orillero de nuestra sangre, es una tonalidad en la que nuestro cuerpo americano se mueve, y bien.

Es notorio como muchos no comprenden que no es necesario ideologizar los gustos, como la música, la comida y todo lo que uno hace por placer, los gustos son de cada sujeto, de cada inconsciente, de cada alma. Sobre gustos no hay…

Este debate se presenta hoy día, tiempos donde toda la data está ahí a disposición, las opciones las abrimos con QR, lo que quieras escuchar está de oferta en spoti, lo que quieras comer te lo llevan desde algún lugar: la Era de la Ciudad global. El menú que abarca y el humano que poco aprieta. En estos tiempos, algunos disponen de tiempo para juzgar lo que cada uno escucha y come.

Somos la tierra del vino y hoy se toma más birra que malbec. Tiempo atrás, el vino se tomaba por encima del resto de las opciones, porque era nuestra opción. No importaba cómo, se tomaba. Con soda, jugo, hielo o el famoso prittiao cordobés.

Un amigo bodeguero me explica que de tanto ideologizar la bebida, hoy tomar un vino es un quilombo: el clima tiene que ser el justo porque no vaya a ser que le clavemos un rolito, la sed tiene que ser amena porque no vaya a ser que le mandemos soda, la plata tiene que ser la suficiente porque no vaya a ser que no sea un “reserva”.

De repente, una cosa que antes formaba parte de nuestra vida cotidiana, se convirtió en salir con una piba de Nordelta “con la remera de Greenpeace”, donde levantar una nalga de la silla ya es haberse rajado uno, donde abrir la boca es un bostezo, donde no pagar mucho y al pedo es ser un ratón cualquiera, donde no haber vestido un aguinaldo entero es ser un ciruja. El más perfecto fracasado puede ser hoy Doctor Honoris causa en cepas de vino, y los ciudadanos y ciudadanas de nuestra Patria tenemos que readaptarnos a la nueva impostura del no quedar mal, hasta para ponernos en pedo o saciar un poco la sed.

Resulta ser que no siempre fue así -y no en todos lados es así-, a veces lo que se escucha es lo que está sonando ao vivo, el morfi es lo que se cocinó en la gran olla, lo que se escabia es lo que hay en la alacena,las personas que se conocen no se eligen en una app, y ni con un visto las podemos mandar al club inagotable de fantasmeadas.

Por eso empezamos hablando de lo que nos hace movernos, donde el cuerpo está es donde hay un corazón que late, y es ahí donde las cosas suceden, donde los gustos sobrevienen y donde el placer nace de la naturaleza viva que nos conecta en ese legendario argón, y no se convierte en obsesión de nuestra mente por buscar una perfección formal inexistente y frustrante. Vivir lo que nos toca donde se puso el cuerpo es quizá una buena manera de combatir la ansiedad social que nos condena.

Un grupo de locos que para colmo a veces se hacen llamar ateos decidieron traer a Dios a cada forma, a cada gusto, a cada modo, a cada placer, y de repente en este mundo terrenal y efímero nos estamos jugando una reputación civil de retórica trascendental por ponerle mayonesa al choripán o por cortar los fideos antes de lanzarlos a la olla.

Ahora lo que nos toca reflexionar es sobre una de las causas de tal perversión cultural: la sobredosis de técnica y métodos, de los creadores del “No tomés si no sabéstomar” …“No te actualicés si no sabés qué estás actualizando”.

En definitiva, las nuevas generaciones no conocemos los procesos que hay detrás de cada actualización a la que se nos condena para pertenecer, clickeamos F5 sin saber qué hay detrás de la tecla, tenemos que aprender a correr antes de saber caminar, porque todo debe ser inmediato, ya mismo, no hay posibilidad para el que quiera conocer lo que dio origen, y por eso nos perdemos de la alegría de estar en este mundo.

Asistimos a una sociedad a la que constantemente debemos readaptarnos para no perder la compatibilidad.

El problema es que esta sociedad hiper actualizada es la que está provocando pandemias, miserias sociales y catástrofes naturales, y en cada actualización perdemos un proceso lógico más de cómo llegamos a este desastre, alejándonos de la posibilidad de resolverlo. El camino quizá sea volver a lo simple, donde el placer y el gusto se disfrute, donde ser feliz no implique tener la publicación del feed exitosa, sino la bella eructación del que comió y quedó pipón.

Sobre la técnica

Plantar, en términos muy burdos, tiene como objetivo que determinado cultivo eche raíz y en cierto momento podamos ver su flor y fruto. Sin lugar a dudas que tal actividad implica ciertas maniobras en las cuales el ser humano tiene que intervenir. Los fierros ayudan, pero el ser humano es inevitable. Incluso, en el cultivo más tecnificado, cierto ser vivo pensante, con lenguaje y consciencia, deberá accionar la maquinaria, frenarla, analizar la circunstancia, atender el imponderable, en definitiva, deberá poner el cuerpo.

Sin embargo, nos convencemos de que somos prescindibles, que las máquinas poco a poco podrán hacer todo. Silicon Valley quizá nos hizo creer que esas ciudades servidores son las que en definitiva ordenarán el mundo dentro de poco. Algún adelantado insiste en ver The social dilemma en medio de un asado donde tuvo que transpirar sus hombros para que el humo se convierta en fuego.

Se ha llegado a pensar que se puede cultivar sin campesinos, producir sin productores, industrializar sin industriales, trabajar sin trabajadores, vivir sin personas que vivan, todos y todas accesorios de una gran máquina, los que seríamos algo así como la fuente que le dará ¿vida? a esa matrix que será la continuidad al mundo.

Todo esto es un gran verso. Pretendemos convencernos de que el placer pasa por otro lado que el de vivir los procesos que cada desafío conlleva para realizarnos, que lo podemos inventar encerrados en nuestros departamentos, cuando inevitablemente ese placer lo estamos convirtiendo en un goce fetichizado por los dispositivos que nos estimulan.

Están los que desde una visión crítica y apocalíptica vociferan el inevitable sometimiento al que habrá que adaptarse, hasta los que con total cinismo o inocencia consideran que eso nos llevará a una mejor vida. Sin poner el cuerpo no hay existencia, porque donde no hay cuerpo no hay corazón ni alma, y donde eso no existe no está sucediendo nada, porque si la humanidad sobrevive es por su cultura, y la cultura implica estar ahí, viviendo con el cuerpo irradiando frecuencia en ese argón que nos sostiene.

En definitiva, la imagen de la matrix nos revela el planteo, allí no estaba sucediendo nada: existía una maquinaria que absorbía la energía de miles de millones para que hologramas de humanos percibieran una endulzada falsa realidad. Lo que queda claro es que no sucedía nada, era un mundo de oscuridad y caos, no había historia por escribir porque no existía nada que estuviera pasando, lo único que había era un motor prendido, alimentado por seres latentes que mediante su energía posibilitaban la visualización de un falso mundo que ya no existía.

Nos explicó nuestro paisano argentino desde el Vaticano, pese a las críticas de los fundamentalistas, que el infierno de la Biblia no es una realidad material de otra galaxia, sino que convive con nosotros, que es un estado del alma, en el que la oscuridad lo ocupa todo y no hay lugar para la luz creadora, para el pensamiento positivo y la acción transformadora del mundo.

En esta embriaguez tecnológica y de redes, la ansiedad nos ha llevado a este estado exitista, que, al contrastarse con una naturaleza incompatible con tales plataformas, se convierte en un derrotismo depresivo y nos hunde en la miseria interior, en un estado infernal del inconsciente.

En ese hundimiento, la puerta clarificadora que hay que abrir para salir de ese estado de cosas la vamos llenando de pantallas para no verla, un camino de ida en el que la distopía de la matrix primero la incorporamos en nuestra vida interior, para que unos pocos puedan gozar de los privilegios frente a un pueblo dormido, inactivo y apático.

La idea distópica de millones de seres esclavizados por máquinas es sólo una idea de algo que nunca podría vivirse, porque implica la inexistencia del suceso humano, con lo que quedaría extinguida la humanidad, seríamos otra cosa, no sabemos qué, célulassin lenguaje, sin pasado, sin cultura, ya no estaríamos hablando del sometimiento de los pueblos, porque los mismos ya no existirían ni pueblos ni seres vivos.

En todo caso, el problema central al que hoy asistimos no es la destrucción de un planeta per sé, sino la extinción de la raza humana, porque la única esclavitud posible es la que comienza desde la consciencia.

Un ser humano sin consciencia, abstraído en el ego de su razón, que cree que lo puede todo y en realidad no puede hacer nada concreto, ese es el principio de autodestrucción al que estamos asistiendo.

Un ser citadino se ha embanderado en su propio suicidio. Cree que sabe mucho porque maneja muchas plataformas digitales y accede a la explicación de La República de Platón con tres clicks, pero si le cierran el grifo del agua, si le cortan las térmicas de la electricidad, si cierran el gas central, si el supermercado no tiene productos básicos, no le quedará otra que entrar en un salvajismo absoluto y caníbal (matar un ser humano es más loable que comer un perro, diría más de uno) o bien dejar que su propia suertey moral de no joder al resto lo vaya deteriorando hacia su indigencia.

Sobre los descartados

¿Qué son los descartados y los excluidos sino un sector social condenado a ese futuro genocida de manera anticipada? En el mundo que vivimos, el del 5G, miles de millones son cazadores y recolectores, viven del descarte ajeno o de lo que el otro tiene.

Hay que volver a la fuente del ser humano y de sus procesos técnicos para poder comenzar un nuevo mundo que sí ofrezca futuro. Construimos la integración global a través de métodos que no manejamos ni sabemos cómo funcionan. Decidimos que todo dependa de un click accionado en un servidor extranjero, cuando todavía no logramos cadenas de producción, logística y abastecimiento comunitario de productos elementales y saludables que hacen a nuestra vida cotidiana.

Pretendemos vivir en Marte cuando todavía no aprendimos a vivir en la Tierra. Pretendemos vivir en Europa cuando todavía no aprendimos a vivir en América.

Es tiempo de volver a los procesos elementales que nos posibiliten el alimento, la salud y el techo. No podemos seguir formando generaciones de idiotas útiles, expertos en dispositivos cuyos procesos complejos se definen en otros lados, y que de buenas a primeras nos actualizan y debemos forzadamente adaptarnos o perder la posibilidad de seguir siendo parte de un globalismo citadino que nos condena a la extinción.

Es asombroso cómo la clase dirigente llegó a la absurdaidea de creer que a un virus pandémico se lo podía gambetear con un aislamiento sedentario absoluto, hasta que los laboratorios privados extranjeros nos brindaran la vacuna. ¿En qué cabeza cabe que las consecuencias de cincuenta años de globalismo citadino, financiarización, tecnificación y estandarización de los alimentos, podría evitarse con permisos de circulación y confinamiento?

Frente a un eventual tsunami provocado por el deshielo del calentamiento global, un día vamos a pretender construir un muro para frenarlo, en vez de poner un punto y aparte sobre la gran causa que genera estos fenómenos globales de muerte y desesperación.

Otros sectores de la clase dirigente todavía están convencidos de que el problema de la pobreza es un tema de plata, que la gente es pobre porque no accede al dinero para comprar los bienes de subsistencia. ¿No comprendimos todavía que el dolor de una madre que no alimenta a sus hijos no sólo se soluciona con billetes en su boca, sino con un abrazo y una contención permanente donde todo el tiempo se ESTÉ ahí, para compartir la felicidad, la alegría y la infinidad de motivos para seguir vivos?

Hay que poner el cuerpo, porque es acercar el corazón que late a otro que lucha por seguir latiendo. Quienes sobreviven desean poder concretar un proyecto de vida que los realice, no dinero volador que los ayude a sortear un día más de supervivencia.

Cuando se destruyen los lazos comunitarios mínimos, se requiere un proceso de reconstrucción audaz, prudente y constante, a través de talleres de oficios, deportes, merenderos, comedores, fábricas, cooperativas agrarias, donde se generen nuevos lazos de comunión, con nuevos fines que aporten a las personas un proyecto que les dé un sentido.

Convivimos con una época donde la clase dirigente se ha “oficinizado”. El oficinismo y el pastillismo reinan. Frente a los virus, las enfermedades sociales, el hambre, la destrucción de las comunidades y la proliferación de los hacinamientos, pretendemos resolver todo desde la oficina y con pastillas para sobrellevar las penurias de una realidad inabarcable.

La preocupación oficinista es cómo cumplir con la agenda de su progreso individual, no qué va a pasar con el futuro del conjunto, y poco a poco va autodestruyendo su condición humana transformadora del mundo, su vocación revolucionaria. Pasa de ser artífice del destino común a un simple instrumento de la ambición de su propio ombligo. Luego, de tanto pastillismo y oficinismo inoperantes, de tanto “caretaje” y tibieza intrascendentes, va pudriendo sus propias células hasta que se convierten en su propio sicario oncólogo, enfermedades citadinas de nuestra Era si las hay…

Sobre el asesinato de Dios

Es conocida la frase de Nietzsche, “Dios ha muerto”, la cual se ha convertido en un slogan –incluso de algunos que promueven la incultura que el alemán intentaba denunciar en su grito de triunfo contra la inquisición. Así es que explica, “El mayor acontecimiento reciente: que ‘Dios ha muerto’…la creencia en el Dios cristiano ha caído en descrédito, empieza desde ahora a extender su sombra sobre Europa…” (p. 195)[i]

La inquisición es el frío que recorre la columna vertebral cuando pensamos en que alguien pueda meterse en nuestra vida y decidir sobre nuestra libertad, que es lo único que importaba según nuestro Libertador.

Por esa inquisición se ha combatido a la moral cristiana post medieval, fue “lo que venció al Dios cristiano”. En definitiva, se trataba de “la noción de veracidad tomada en un sentido cada vez más riguroso, la sutileza de la conciencia cristiana desarrollada por los confesores, traducida y sublimada en conciencia científica, hasta la limpieza intelectual a cualquier precio”. (p. 219)

Hablamos del drama que supone que un grupo de particulares, socialmente institucionalizados, tengan el poder de decidir lo que es correcto e incorrecto en la vida de cada uno. Es el sentimiento oligárquico que desde su comienzo el Justicialismo intentó combatir, el “ortivismo organizado” de los que tienen poder y se sienten más que el resto.

Lo que no previmos fue que al matar a Dios y destronar la moral cristiana, el sentimiento oligarca no se terminaba con ellos, y reemplazamos la moral cristiana vaticanista, por una moral moderna dirigida por menos oligarcas, dueños del dinero, de la tecnología y la medicina global, que desde hace décadas se valen de ejércitos mercenarios privados para ejecutar el grueso de las ocupaciones armadas en las periferias globales.

Don Federico, en su negativismo folklórico, giró hacia un optimismo apasionado por creer que la derrota de Dios significaba la elevación de la humanidad, cuando el único fantasma que recorría Europa era el de un nuevo dueño mercader y citadino, despreciador de todo lo que existía por fuera de sus fronteras perfumadas, y que venía a cambiarnos de collar y enseñarnos una nueva conducta moral a la que habríamos de ajustarnos, bajo pena de ser salvajes, conservadores o fundamentalistas…¡La actualización permanente!

El alemán señalaba que“¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!… Lo que en el mundo había hasta ahora de más sagrado y más poderoso ha perdido su sangre bajo nuestros cuchillos… ¿No tendríamos que convertirnos en dioses para resultar dignos de semejante acción? Nunca hubo un hecho mayor, ¡y todo el que nazca después de nosotros pertenecerá, en virtud de esta acción, a una historia superior a todo lo que la historia ha sido hasta ahora!…¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos funerarios de Dios?”. (p. 119)

Al amurallar la frontera de nuestra conciencia a los confines de la ciudad y de la conducta moderna, efectivamente fuimos convirtiendo los templos y los lugares espirituales y de la tradición en decorados cementerios de un viejo mundo oscuro, que convivía con el salvajismo y al que tememos volver.

El asunto es que en ese viejo mundo el ser humano convivía con la ira de la naturaleza, y si bien esa ira aportaba desventuras propias de la intemperie, nunca pretendía extinguirnos, sino más bien aportar armonía al caos que supone la opulencia de recursos y el egoísmo de la razón del ciudadano frente al universo.

En el nacimiento de las fronteras inconscientes de la modernidad, la ira divina intentaba ser domesticada por una razón metódica que, en manos de un mismo sentimiento oligarca que definiría la nueva moral de nuestras vidas políticamente correctas, transmutó en una ira inhumana que siembra desgracias pandémicas, la destrucción de nuestro ecosistema y la proliferación de armas atómicas y químicas ensayadas sin barbijo.

Sobre la Ira

Los textos de Don Federico pueden ser contrastados por un sabio fuera de serie del Siglo XX, paisano de nuestra tierra, Rodolfo Kusch, que, formado en el seno del movimiento justicialista, al presenciar la locomotora modernista de la posguerra que por izquierda y derecha iniciaba la carrera armamentística e industrial más absurda de la historia, decidió internarse en los pueblos del altiplano peruano, para conocer el origen de la tradición y religión de nuestros paisanos quechuas.

En sus estudios, comprobó que “Crear el mundo es, en verdad, darle sentido. El mundo no existe mientras sea un puro caos… Recién cuando el dios marcha sobre el mundo, éste es creado, porque adquiere sentido y, ante todo, un significado y una utilidad humanos…El mundo se asocia, como se ve, al concepto de necesidad, por eso, cuando Viracocha crea el mundo, crea a la vez ‘nuestras necesidades’… Por una parte, el mundo priva al Hombre de la posibilidad de vivir en una eterna satisfacción y, por la otra, también Viracocha sufre una insatisfacción parecida porque el mundo se le opone como ‘hervidero espantoso’ -al cual viene a aportar armonía mediante su ira-”.(p. 43)[ii]

Viracocha fue el dios que había creado al mundo, a la naturaleza y al ser humano, a la mujer y al hombre, al sol y la luna, y sobre esas dualidades su ira divina venía a aportar la armonía necesaria para transitar el caos que las supone, desde la abundancia y la escasez, hasta el nacimiento y la muerte. Los pueblos de nuestra América convivían con todo su entorno mediante su fe en el factor ordenador que la Ira divina de Viracocha aportaba.

Explicaba Rodolfo que “La fe tiene el papel de mantener la unidad de la existencia a través del acontecer diario y de buscar una conciliación humilde del Hombre con un ámbito terrorífico y tremendo, donde se desata la ira divina. Se trata de que el cerro imponente sea el hermano y lo sea el río y la tierra y también el cielo con sus relámpagos y sus truenos. Se trata, en fin, de que se humanice el mundo con la plegaria y con el rito, y que el mundo sea el organismo viviente que ampara y protege”. (p. 46)

En definitiva, no se aprende a vivir en el mundo como individuos, sino a convivir con todo lo que significa estar acá, donde no estamos por encima de nada ni de nadie, y nadie por encima nuestro.

La filosofía y tradición de nuestros pueblos originarios siempre fue la del “mero estar”. No se trata de buscar una ontología del ser universal del individuo “¿qué quiere el mundo de mí?” diría algún salchicha, sentimiento propio de la moral moderna importada de Europa, porque ya bastante trabajo y belleza gozamos como comunidad por el mero hecho de estar acá, frente a nuestra hermana Madre Tierra y la ira divina de Viracocha.

Hablamos de una sencillez y austeridad que, en esta Ciudad global, implica una complejidad absoluta, en especial para los que no sabemos ni siquiera cómo reintegrar al ecosistema nuestra propia defecación, sin ayuda del clásico y mágico “botón”.

Mientras “el quichua se sitúa en el mundo como siendo víctima -en lo bueno y lo malo- de él, el occidental se aísla del mundo, porque ha creado otro, integrado por maquinarias y objetos, y que se superpone a la naturaleza… ciudadanos que dejan de ser meros hombres, para ser meras conductas, sin su trasfondo biológico, refugiado en la ciudad”. (p. 112)

Frente a la importación moderna de las ciudades, Kusch explica que “Lo importante y lo más evidente de la ciudad eran las murallas. Ellas separaban a la especie humana de todo un pasado de miedos y espantos originales. En cierto modo separaba a la ciudad de la anti-ciudad. En la ciudad se refugiaba una humanidad cabal, vigente y racional. En la anti-ciudad, en cambio, estaban los miedos originales encarnados en el rayo, el relámpago y el trueno y, detrás, la ira de dios. Adentro se daba la vida, aunque sometida a límites y concretada en moral y conducta. Afuera estaba la otra vida sumergida en el azar de lo fasto y nefasto, el maíz y la maleza, y todo ello mezclado con una muerte inoportuna e imprevista. El ciudadano en cambio tenía su muerte prevista”.

Ese miedo citadino de “morir a la intemperie, expuesto al capricho de la ira”, nos lleva a confiar nuestra existencia a una “seguridad material y por tanto superficial, en la que no entraba la intimidad y la plegaria, sino el médico o el Estado. Por eso la [moderna] religión se desvinculó de su dios y se convirtió en una forma de conducta, confiada a los dioses menores, que son las profesiones. Los técnicos reemplazan paulatinamente a los sacerdotes”. Nuestra especie se ha encapsulado en un pelotero, donde la goma espuma de su enrejado nos garantiza una suficiente confianza para un efímero y narciso goce.

Lo que nunca observamos es que el pelotero de conciencia amurallada tiene dueño, tiene patovica, tiene vip y funciona cual boliche de la Costanera al cual no se permite el ingreso de las personas que, paradójicamente, son la mayoría popular.

En el pelotero citadino de moral moderna, nos fuimos dando cuenta de que el nuevo dueño de la pelota era el conjunto de mercaderes, tecnócratas y banqueros del mundo, que lo han acaparado todo y decidirán qué regiones habrán de trabajar, cuál será la especificidad de sus actividades económicas y qué sectores de cada pueblo podrán finalmente acceder a los bienes con que la globalidad nos tienta.

Como el peloteroboliche también tiene patovicas en su interior, se respira un patrullaje metodológico institucionalizado por cuatro corporaciones tecnológicas GAFA: Google, Apple, Facebook, Amazon, que censurarán o nos advertirán de qué puede y qué no puede decirse, cuáles son las formas correctas de hablar y mostrar nuestros cuerpos y, para colmo, mediante qué plataformas vamos a relacionarnos y encontrar el menú posible de gustos y placeres.

En este concierto de goma espuma bolichera, quienes promuevan el ritmo serán las grandes usinas de producción cinematográfica y musical, Hollywood, Disney, Warner, Sony, Fox, Universal y HBO, en las que ofrecerán siempre algo en lo que nos podamos sentir parte del conjunto. Hoy, venidos a progresistas, nos vienen a enseñar que en toda tradición cultural que no contemple la diversidad de la minoría citadina deberá ser anulada por discriminatoria, que existen pasajes de nuestra cultura e historia que ya no pueden contarse.

Para coronar, la barra de alimentos y bebidas será atendida por unos tipos serios de ambo blanco y cara de protoc(u)lo. Así nuestros queridos laboratorios y corporaciones alimenticias internacionales Unilever, Pepsico, Mondelez, Danone, Nestlé, Bayer/Monsanto, Johnson&Johnson, Novartis, Roche, Pfizer, Astra Zeneca, entre otras pocas nos irán contando qué y cómo hay que beber y comer para ser parte de la fiesta, con qué hay que medicarse para no sentir el dolor de estar viviendo, cómo hacer para alargar nuestro paso por la tierra hacia una aparente eternidad de coma en terapia intensiva.

Reemplazamos la ira de Dios “por la ira del Hombre… se jugaba la vigencia del mercader, que es el representante directo de la ira del hombre y del triunfo de la ciudad. Así quedaba definitivamente superado el mero estar como forma de vida” (p. 133).

Hoy estamos a la merced de la ira del 1% de la población mundial, que detenta la misma riqueza que el 99% restante de los habitantes del mundo debemos repartirnos[iii].

Frente a la ínfima cantidad de oligarcas que ordenan el nuevo mundo citadino que lo ha invadido todo, es caricaturesca nuestra obstinación revolcacionaria por seguir combatiendo y destruyendo los cementerios del Dios que ya asesinamos. No tomamos conciencia que quienes ordenan la nueva inquisición de la moral moderna se reúnen todos los años en Davos, Foro Económico Mundial, que sus templos son los shoppings y sus centros de operaciones se encuentran en NYC, Silicon Valley, Londres y Hong Kong.

Los inquisidores ya no tienen sotana, visten a la moda y son acompañados por licenciados de traje convincente. Operan en cada confín del globo con sus representantes y servidores cipayos, y una profunda incultura del escepticismo, individualismo y antiteísmo cientificista. Pretenden comunicar cómo debemos vivir, qué debemos pensar, qué debemos decir y qué gustos debemos tener, con la soberbia de creer que esa incultura puede penetrar sin pedir permiso en cada paisano, cada chola, cada rancho, cada villa y cada región de nuestra América. 

El filósofo alemán Max Scheler sentenció en su obra Sociología del saber, allá por el 1926 y habiendo presenciado los genocidios de la Gran Guerra, que “casi toda la metafísica de Occidente es un producto del pensar urbano”.

Sobre la desconclusión

Nada está terminado mientras el argón insista en sobrevivir entre nosotros, la conexión existe y la sentimos con cada persona con la que nos estallamos de risa.

La pregunta que sobreviene es por qué pretendemos continuar con la misma metodología de un mundo que nos propone aniquilamiento. Einstein definía al estúpido como aquel que mediante el mismo camino insiste con querer obtener resultados diferentes.

Las olas nos tumbaron y hoy los pueblos del mundo sobreviven al genocidio de una Ciudad global que devora todo lo que intenta rescatar sus tradiciones y vivir con lo propio.

En una de las tantas clases de un sabio oculto de nuestro movimiento, Don Julio Colotti, explicaba que el globalismo, como poder internacional del dinero, realiza dos tareas constantes: en plano cultural, nos incluye en su inagotable menú de opciones para fagocitar cualquier cosa originaria de nuestro pueblo; en el plano civilizatorio, fragmenta y promueve la fractura social, conflictos civiles que nos dividen, a fin de poder ocupar terreno en la depredación de recursos, sin ser considerado un enemigo visible.

La Ciudad global, en el plano cultural, intentará ofrecernos algo extranjero para hacernos sentir parte. Mientras que en nuestra tierra se prohibía el tango desde la dictadura del ‘55 porque sus cantantes eran peronistas, en las radios de nuestra pampa, en los ‘60, ‘70 y ‘80 sonaba la música de los británicos que ocupaban nuestras Islas Malvinas. Si eras de derecha te proponían a los Rolling y a Queen, mientras que, si eras de izquierda, a Roger y sus Floyd, o a la díscola figura de Lennon. Nos hacían sentir que en Inglaterra siempre había un lugar para la disidencia.

Sin embargo, en el plano civilizatorio, la misma Ciudad global promueve todo tipo de doctrinas que lejos de poner la vara en la justicia social entre los que tienen poder de decidir y los que son descartados por el sistema, propone fracturas sociales internas entre negros y blancos, mujeres y hombres, izquierda y derecha, pobres y ricos. Siempre de un lado se colocan a los buenos y del otro los malos, y así nos fragmentan y el poder avanza.

En este camino, así como el frío es la ausencia de calor, y la oscuridad es ausencia de luz, en el mal que nos aqueja la fórmula es simple, la única manera que existe para salir del mal es hacer el bien, ayuda social a quienes fueron descartados, justicia social en la reconstrucción de nuestra comunidad empezando por el barrio y con un ojo puesto en el continente y sembrar conciencia sobre la necesidad de definir un proyecto común que nos dé cobijo frente a la decadencia universal.

Una conciencia que no nace de teorías, sino de conocimientos prácticos de cómo se ordenan los procesos vitales de nuestra existencia en comunidad, para empezar a entretejer una soberanía que nos permita seguir respirando, alimentando y durmiendo bajo techo, en una Ciudad global que sólo nos propone las ruinas del desastre ecológico y el aislamiento masivo por pestes.

La filosofía de lo sencillo es la salvación de una humanidad citadina a la que han forzado a vivir bajo algoritmos complejos de los cuales no tiene conciencia, atropellada en un nuevo sistema de categorías fragmentarias que nos inculcan qué es bueno y qué es malo desde una aplicación que no da lugar al debate, sino a la (im)pertenencia.

El compatriota Rodolfo insistía en que la misión quizá sea “la deflación de ese ser mítico que heredamos de Europa. Quizá se tenga por misión un ajuste entre la grande y la pequeña historia, y quizá dé una nueva forma de vida”. La vieja ira divina, según él, “ya es una experiencia típicamente americana, porque se da un residuo humano que ya está en el plano del mero estar”, aquí frente al mundo, en los últimos confines de la Tierra que todavía ofrece un longevo ecosistema para habitar.

La ira del ser citadino nos trajo a la absurda realidad de una ciudad como la de Buenos Aires, en la que, a sólo 10 cuadras de la casa de Gobierno, en la Plaza Congreso, cientos de personas hacen filas todos los días para un plato de comida, mujeres y hombres, desde chicos hasta ancianos.

La clase dirigente se ha oficinizado y no pone el cuerpo ante esta realidad. Los descartados del sistema no tienen un solo funcionario a la cual acudir más allá de un trámite burocrático para que le depositen dinero, no hay nadie que te escuche, contenga u ofrezca un proyecto concreto de trabajo realizador, sólo trámites y papel moneda depreciado. Evita, en un país agrario de vacas gordas y seres humanos desnutridos y alfabetos, trabajaba hasta las cuatro de la mañana recibiendo a cada compatriota que hacía fila para pedir su ayuda, abrazaba a cada descamisado y descamisada de su pueblo, les cumplía el sueño de la primera bicicleta, pero al mismo tiempo les garantizaba un trabajo al final de la semana. 

Nuestra tarea, como generación, es empezar por poner el cuerpo a todo esto, escuchar al que no tiene voz, abrazar al que lo han despreciado de todos lados, en definitiva, darle subjetividad al que se la han arrebatado.

Partiendo de allí, reconstruir los lazos organizativos simples que nos posibiliten la supervivencia, en la satisfacción de los alimentos, vestimentas y techo para el desecho de este sistema, de empoderarnos se trata.

Ya la ciudad nos queda chica y es momento de marchar e integrarnos con nuestra pampa, nuestra sierra, nuestra costa y nuestra cordillera. La conciencia ambiental no solamente supone separar residuos en el departamento, sino también construir una nueva convivencia con la naturaleza a la que nunca hemos tratado desde nuestro encierro citadino.

Así lo hemos aprendido de nuestra hermana Cuba que, frente a la caída del sostén imperial soviético, debió autoabastecerse mediante la agroecología comunitaria para hoy poder alimentarse de su propia cosecha. De igual modo, lo estamos aprendiendo de nuestra hermana Venezuela, que al decidir no apretar el F5 globalista le fue prohibida todo tipo de transacciones internacionales.

Como corolario y en el mismo proceso de transformación, es necesario sembrar la conciencia necesaria en la discusión de un proyecto estratégiconacional y continental en el que, como lo ha atestiguado la humanidad en 1492, en las guerras de la independencia del siglo XIX y los movimientos nacionales del siglo XX, digamos nuevamente “Acá estamos y queremos ser libres, somos todos imprescindibles y de esta soga de argón nadie se baja”.

En esta patriada, es hermoso comprender que tenemos toda una vida para escribir una nueva página en la Historia del mundo, la que será recordada como la gesta de una valiente generación que evitó que la garganta oceánica del descarte global extinguiera la Humanidad.

Los genios, artistas, sabios y conductores están ahí, en cualquier barriada, como lo estuvieron en otras épocas más humildes, solos y solas, esperando que su fuego sagrado reciba el combustible que el empaquetamiento global hoy no permite.

En este siglo, tenemos la enorme misión de que no sea el último. Es momento de ir hasta el último confín popular a buscar a esos astros humanos que nos conducirán hacia una nueva sociedad, donde la omnipresencia del Dios dinero y la inquisición moderna será un triste ejemplo histórico de lo que el individuo es capaz de hacer cuando se siente más de lo que es.


[i] NIETZSCHE, Friedrich. La Gaya Ciencia. Buenos Aires: Editorial Gradifco, 2007.

[ii] KUSCH, Rodolfo. América Profunda. Buenos Aires: Editorial Fundación A. Ross, 2012.

[iii]“Sólo 62 personas tienen la mitad de la riqueza mundial”, publicado en Ámbito Financiero, 19/01/2016.

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