Sacrificios humanos, en los altares del «Progreso»

Por German Duarte – Facultad de Sociología UBA

A lo largo de este artículo, se indagará acerca de la influencia de los cambios tecnológicos en las modalidades de trabajo, en particular en plataformas digitales, y las repercusiones sociales, culturales y jurídicas de este fenómeno. ¿Estamos ante un nuevo sacrificio humano en los altares del Progreso?

«¿Qué soy? Lo que me llena de orgullo, soy un gigante, la energía que me mueve, soy constante. Soy el miedo a quedarme quieto, el que me da lo necesario para lograr lo que quiero. Soy mi familia, mi independencia, mi tiempo. Soy el ritmo que me lleva a atravesar el viento. Yo soy vida, soy presente, yo soy todo. Soy un momento eterno en este cosmos. Y tú, ¿qué eres? Quieren encerrarte, etiquetarte, en un género, nacionalidad o en clases sociales. En carreras, profesiones, empacarte. La única meta de tu vida es liberarte. Soy Ana, soy Joao, soy Mati, soy Lupe. Ahora sabes quién soy, soy Rappi. Regístrate en soyrappi.com». Spot Publicitario de julio de 2019.

«En la historia de la acumulación originaria hacen época todos los cambios empleados como palancas por la clase capitalista en formación y, sobre todo, aquellos momentos en que grandes masas humanas son arrancadas súbita y violentamente de sus medios de subsistencia y lanzadas -como proletarios plenamente libres- al mercado de trabajo». Carlos Marx, El Capital, Tomo I, Capítulo XXIV.

«Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común, la hermana y madre tierra». Papa Francisco, participación en el II Encuentro Mundial De Los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 9 de julio de 2015.

Introducción. A lo largo de este artículo, buscaré indagar acerca de la influencia de los cambios tecnológicos en las modalidades de trabajo, en particular en plataformas digitales, y las repercusiones sociales, culturales y jurídicas de este fenómeno. Para eso, tendremos presentes las reflexiones del profesor Alain Supiot en el centenario de la Organización Internacional del Trabajo, en función de analizar la vigencia de los principios de la Constitución de la OIT y de la Declaración de Filadelfia, luego de los profundos cambios tecnológicos, económicos y políticos que se sucedieron durante las últimas décadas, además de las recomendaciones específicas de la OIT respecto a los trabajadores de las plataformas digitales.

¿Qué entendemos por «Progreso»? En los altares del «Progreso», se sacrificaron a los pueblos originarios, a los gauchos y a los afrodescendientes, durante la etapa de nuestra Historia que se ha denominado de «organización nacional». En los altares del «Progreso», sacrificaron a la mayor parte de la Humanidad, condenada a la explotación, a la trata de personas, a la pobreza, a la desocupación. En los altares del «Progreso», se sacrifican poblaciones enteras envenenadas con cianuro proveniente de la megaminería o con agroquímicos que ayudan a aumentar la productividad de la tierra. En los altares del «Progreso», sacrificaron a la población de Chernobyl y de Fukujima. En los altares del «Progreso», una gran cantidad de políticos y empresarios sacrifican a los pueblos en el marco de la pandemia que vivimos en la actualidad, imposible de ser pensada sin el «Progreso» como condición necesaria, si bien todos, en el fondo, esperamos que como producto del «Progreso» surja la cura. En los altares del «Progreso», se adora una suerte de deidad, que no solo es la predilecta de los poderosos de todos los países, principalmente de las potencias, sino que además exige sacrificios humanos como ninguna otra en el pasado.

Se cree que el «Progreso», entendido como el desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, la generación y acumulación infinita de riqueza, llevará a la Humanidad a una época dorada, un Paraíso terrenal, donde se terminarán las enfermedades, las carencias, los deseos insatisfechos, la violencia, la frustración. ¿Quién puede pensar que no vale la pena sacrificarlo todo en pos de llegar a ese Paraíso prometido al final de la Historia? ¿Y si sacrificamos el Planeta, nuestra casa común, en el camino? No faltará el que piense que el «Progreso» nos proveerá de los medios para conquistar otro planeta o reinventar el nuestro.

El lector de estas reflexiones, llegado a este punto, puede pensar que el autor está contra el Progreso como máxima aspiración de la Humanidad, podría incluso creer que se trata de un nostálgico o de un «neoludita». Nada de esto anima estas líneas, destinadas a problematizar qué entendemos por Progreso, qué significado le damos a este concepto en la actualidad, teniendo en cuenta los debates que atravesaron los últimos siglos. ¿El Progreso consiste en el incremento ilimitado de las riquezas y del consumismo, sin tener en cuenta ni variables sociales, ni ambientales, o más bien consiste en un mejoramiento de las condiciones de vida de los seres humanos y la resolución pacífica de sus conflictos?

La desregulación y las paradojas del Progreso. En ese sentido, la paradoja que más me llama la atención en la actualidad es el hecho de que en el altar del «Progreso» se quieran sacrificar, hoy en día, los derechos laborales y sociales conquistados por la Humanidad a lo largo del siglo XX. Nos dicen que es anticuada la legislación del siglo XX, por lo cual debemos volver a la situación del siglo XIX. Cuando los derechos laborales y sociales no estaban reconocidos, ni a nivel nacional, ni mucho menos internacional, la conflictividad social llegó a niveles impensados, la represión contra la lucha de los trabajadores del mundo se cobró innumerables víctimas.

Políticas económicas y derechos humanos. Luego de la Primera Guerra Mundial, con la premisa «la paz universal y permanente solo puede basarse en la justicia social», la Sociedad de las Naciones impulsó la creación de la Organización Internacional del Trabajo, e impulsó, al mismo tiempo, la creación de un nuevo paradigma internacional de Derechos Humanos, que terminó de consolidarse en la segunda Postguerra, luego de atravesar los peores horrores que la Humanidad jamás había visto, la guerra más despiadada y sangrienta de la Historia Universal. Como dijo el profesor Alain Supiot, hablando de la vigencia de la OIT a 100 años de su fundación:

La Declaración de Filadelfia atribuyó a la Organización un segundo objetivo, el de velar por que «cualquier política y medida […] de carácter económico y financiero» sea de tal naturaleza que «favorezcan, y no entorpezcan», el derecho de todos los seres humanos «a perseguir su bienestar material y su desarrollo espiritual en condiciones de libertad y dignidad, de seguridad económica y en igualdad de oportunidades».

¿Los derechos sociales y laborales limitan la libertad y el «Progreso»? Pero los profetas del culto al dinero, nos dicen que todo eso es un muro que nos impide seguir marchando por la senda del «Progreso», que estaríamos mejor dinamitando ese muro, que del otro lado está el Paraíso del consumo y el confort ilimitados, que nos está esperando y que si no nos animamos a llegar estamos perdiendo el tiempo. Afortunadamente, todavía, muchos conservan el pensamiento crítico y se preguntan: ¿y si del otro lado hay un abismo? ¿Y si del otro lado solo existe la ley del más fuerte y la guerra de todos contra todos? ¿Y si del otro lado está la elevación de la temperatura global a niveles insostenibles, lo que conllevaría catástrofes naturales, hambrunas, pestes, que harían inhabitable el mundo?

¿La comunidad limita la Libertad y el Progreso? Rápidamente los fariseos contemporáneos responderían a estas preguntas diciendo que la causa de todos los males está en que aun nos aferramos a viejas estructuras y sentimientos ya caducos, como la nacionalidad, la espiritualidad, la familia, los intereses profesionales (algunos, hasta los llamarían «corporativos»), las leyes, en fin, todo aquello que hace a la vida en comunidad, todo aquello que une a cualquier comunidad, es un límite para la libertad del individuo, es un ancla para el «Progreso». Estos fariseos pueden ser de cualquier signo ideológico, ya que algunos pueden autodefinirse como liberales o libertarios, otros como socialdemócratas o progresistas, incluso como comunistas en el Sudeste asiático («enriquecerse es glorioso», decía Deng Xiaoping), pero verdaderamente les queda poco de los ideales que fundaron hace siglos esas corrientes de pensamiento.

Vigencia de los principios que inspiraron la Declaración de Filadelfia.Cuando se discuten los cambios tecnológicos y su influencia en las relaciones sociales, muchas veces se pierden de vista estos principios básicos de consenso internacional en torno a los derechos humanos. Han cambiado las condiciones económicas, políticas y tecnológicas desde la Declaración de Filadelfia de mayo de 1944, pero los principios que la inspiraron siguen vigentes, por lo que debemos pensar la manera de adaptar el desarrollo económico a esos principios, en lugar de los principios a la economía, cosa que parecen pretender los que hablan de «análisis económico del Derecho». 

¿Por qué debemos considerar el desarrollo tecnológico desde un punto de vista humano? ¿Por qué el paradigma internacional establecido en la Declaración de Filadelfia nos pone el imperativo de ajustar el desarrollo tecnológico y económico a principios trascendentes como el de la justicia social, la libertad, la dignidad? Siguiendo las reflexiones del profesor Supiot:

Cada época tiende a asimilar el trabajo humano a las demás fuerzas de producción de que dispone, de tal modo que cada revolución tecnológica genera nuevas formas de deshumanización. Hasta la era industrial, esta deshumanización tomó la forma de esclavitud o servidumbre, extendiendo la condición de animales domésticos a los trabajadores. Desde el siglo XVIII, la imaginación tecnocientífica identifica a las personas con las máquinas.

¿Estas consideraciones tienen vigencia en el siglo XXI? ¿Qué nos dice Supiot de las nuevas formas de producción, distribución y consumo, y su influencia en las relaciones laborales?

Con la revolución informática, la identificación del trabajador con la máquina adquiere un nuevo cariz. El modelo de máquina en que se inspira este concepto ya no es el de un instrumento que obedece mecánicamente las órdenes que recibe, sino el del ordenador, es decir, una «máquina inteligente» capaz de alcanzar por sí misma los objetivos que se le asignan, reaccionando en tiempo real a las señales que recibe. Este modelo ha impulsado el desarrollo de la «dirección por objetivos», que consiste en dejar un margen de autonomía en la ejecución de las tareas, mediante un sistema de control de resultados, medidos con indicadores numéricos. Al paradigma de la subordinación le sucede pues el paradigma de la programación de los trabajadores.

Deshumanización en el paradigma de la programación de los trabajadores.Los conflictos que atraviesan las relaciones laborales en el mundo actual, en particular en la Argentina, entre los que podemos destacar los actuales debates sobre el teletrabajo y sobre el trabajo a través de plataformas informáticas, deben ser analizados desde este punto de vista. Supiot nos dice:

El trabajador conectado es el eslabón de una red de comunicaciones que debe procesar un caudal cada vez mayor de información, durante las 24 horas del día, y que está sujeto a evaluaciones basadas en indicadores de desempeño aislados de su experiencia concreta en la realización de la tarea asignada».

Solo cayendo en esta deshumanización podemos pensar en el «fin del trabajo», ya que si despojáramos al ser humano de toda otra virtud que no sea la de una herramienta programable, si volviésemos a considerar el trabajo como una mercancía, que se compra, se vende o se alquila, terminaríamos por considerar que tarde o temprano una máquina inteligente va a volverlo obsoleto, dando lugar a todo tipo de profecías distópicas.

¿Qué significa que el trabajador está «sujeto a evaluaciones basadas en indicadores de desempeño aislados de su experiencia concreta»? Un buen ejemplo son las plataformas digitales que asignan premios y castigos a los trabajadores, considerando la velocidad con la que se mueven y brindan el servicio, lo cual no está sujeto alaconsideración de un superior jerárquico, sino que se determina por un algoritmo, lo cual no solo genera una mayor inseguridad en el tránsito urbano, aumentando la cantidad de accidentes, sino que también lleva a que el trabajador se exija a sí mismo por sobre sus capacidades psicofísicas. Lo que Supiot denuncia como una deshumanización, quedó muy bien retratado por una mujer que vio a un trabajador de la empresa Glovo tendido en el piso, sangrando, como producto de un accidente que sufrió en el cumplimiento de sus tareasel 27 de julio de 2019. La mujer fotografió el celular de este trabajador, el cual dejaba ver en su pantalla, manchada con su propia sangre, el siguiente diálogo con la empresa, que inmediatamente se viralizó, indignando a toda la sociedad:

-¿Cómo se encuentra el pedido? ¿Está en buen o mal estado para ser entregado?

-No lo sé, no me puedo levantar.

-¿Me esperás un momento, por favor? Ernesto, ¿me podrías mandar una foto de los productos, por favor?

-No, no puedo moverme.

-Es parte del procedimiento…Por favor, tendrías que mandar la foto para poder cancelar el pedido.

-Imposible moverme.

La pandemia mundial del Covid-19 ha sido un catalizador de este proceso de deshumanización, ha reforzado el paradigma informático a un punto tal que ya nos resulta imposible imaginar un mundo sin el teletrabajo y sin el trabajo a través de plataformas. En función de esto, también han tenido un nuevo impulso diversas iniciativas respecto de la (des)regulación de estos fenómenos. Muchos pretenden dejar a un lado los principios y objetivos que fundaron la OIT, y que inspiraron a nuestra Constitución Nacional y nuestra Ley de Contrato de Trabajo, legitimando situaciones de hecho que vulneran derechos fundamentales.

«Filosofía barata y zapatos de goma». La publicidad citada al comienzo de esta nota tiene varias implicancias desde el punto de vista filosófico. Se trata de una canción con un estilo rapero, que apunta a la rebeldía juvenil, una rebeldía que no consiste en luchar contra la explotación, ni unirse a quienes están en las mismas condiciones de explotación laboral (“quieren etiquetarte en clases sociales”), sino a una lucha contra todo aquello que haga a la identidad colectiva, en especial, la identidad de clase, la cual limitaría al individuo, en lugar de potenciar sus facultades y sus deseos.

«Soy un gigante».Pero no se limita a eso, ya que las implicancias del mensaje son más profundas: “¿Quién soy? Lo que me llena de orgullo, soy un gigante (…) Yo soy vida, soy presente, yo soy todo. Soy un momento eterno en este cosmos”. Como sabemos, durante la Modernidad se fue dando un proceso paulatino de secularización de la fe cristiana. Lo que era un Paraíso para los justos, para los pobres, para los que sufren, en el más allá, pasó a ser la promesa de un paraíso terrenal. El lugar que el cristianismo asignaba a Dios Padre, lo ocupa el individuo, un individuo que se basta a si mismo, que no necesita de otros, que no tiene pasado, ni futuro, que no tiene comunidad. ¿Qué puede importarle el futuro del mundo a un individuo así? Aquella frase, quizás trillada, del mundo que le vamos a dejar a nuestros hijos, ¿qué sentido tiene si no hay futuro, ni afectos, ni nadie más importante que Yo? Esos serían obstáculos para el despliegue de la grandeza del individuo. Podrían decir, como el famoso tango de Enrique Santos Discépolo, que “el amor es un viejo enemigo”.

Un gigante con pies de barro.Lo más triste es que estos disvalores que el spot sintetiza de una manera muy ilustrativa, llevan a creer en una mentira, que llega al grado del absurdo cuando parece prometerles a los jóvenes un futuro de libertad y de éxito a través del trabajo para la empresa Rappi, incluso ponderando esto por sobre la educación y la profesionalización («En carreras, profesiones, empacarte«). La realidad es muy distinta. Como ya se sabe, incluso desde antes de la cita que hemos hecho de Marx, la libertad del proletario consiste en la carencia de medios de vida y de subsistencia, la cual lo convierte en mano de obra disponible para el Capital. Cuando Marx hacía referencia a este fenómeno, hablaba del paso del feudalismo al capitalismo, que liberaba al siervo en un doble sentido: ya no era vasallo del señor, ni debía pagarle impuestos, pero tampoco tenía medios para vivir por sí mismo, porque había sido despojado de la tierra.

La libertad de los desamparados.Pretenden que los trabajadores se «liberen» del derecho protectorio, del amparo estatal, del gremio, del Convenio Colectivo de Trabajo, diciéndoles que deben cambiar todo eso por un torcido concepto de libertad (el mismo en el que se inspiró Alfredo Martínez de Hoz cuando habló de «liberar las fuerzas productivas» el 2 de abril de 1976), que va a servirles para desarrollar sus potencialidades de «gigante» que «atraviesa el viento» y vive la «eternidad encada momento», cuando en realidad van a someterlos a una explotación peor que la que viven quienes desempeñan la misma actividad de forma regularizada, haciendo aportes jubilatorios, contando con una cobertura de salud y con todos los derechos consagrados en la Ley de Contrato de Trabajo y en el Convenio Colectivo de la actividad de mensajería. Les garantizan la libertad de jugar su tiempo, su salud y su vida, por poco dinero, aunque inmediato, porque hay que “vivir el presente”. 

¿Vacío legal o violación de la Ley? El Convenio Colectivo de Trabajo CCT 722/2015 suscripto por la Asociación Sindical de Motociclistas, Mensajeros y Servicios (ASIMM) y la Cámara de Empresas de Mensajería por Moto y Afines de la República Argentina, homologado por el Ministerio de Trabajo y vigente en la actualidad, establece en su artículo 5°:

Se define como trabajador mensajero a todo aquel trabajador que realice sus tareas laborales utilizando como herramienta de trabajo una moto, triciclo, ciclomotor, cuatriciclo, bicicleta y/o todo vehículo de dos ruedas y que realice gestiones, entrega y retiro de sustancias alimenticias, elementos varios de pequeña y mediana paquetería, en cualquiera de los vehículos citados, en un plazo menor a las veinticuatro horas.

Si consideramos quiénes son los trabajadores de esa actividad y los derechos reconocidos por ese Convenio, queda claro que en el trabajo en las plataformas digitales de mensajería no falta regulación, no hay «vacío legal», sino que lo que hay es una violación de las leyes laborales y del Convenio vigente. Pero además ese supuesto «vacío legal» sería la excusa para sancionar leyes que pretenden excluirlos del Convenio Colectivo de Trabajo correspondiente a su actividad, privándolos de los derechos que les corresponden, incluso considerando que no hay relación de dependencia, para excluirlos también de la Ley de Contrato de Trabajo. Las multinacionales que controlan ese mercado han hecho el «innovador» negocio de aumentar su rentabilidad y sus ventajas competitivas sobre la base de la violación sistemática de los derechos laborales, los cuales, necesario es aclararlo, no pierden vigencia por el hecho de que se incumplancon la complicidad de las autoridades competentes. La Oficina Internacional del Trabajo ha constatado, respecto de este punto, que:

La mayoría de los trabajadores de plataformas están obligados a “aceptar” que son trabajadores independientes o “contratistas independientes” y no empleados. Pero algunas plataformas controlan cuándo y dónde trabajan, los castigan cuando rechazan trabajos, y fijan precios y normas de calidad no negociables. Los trabajadores de estas plataformas, en la práctica, pueden ser empleados de ellas.

No nos detendremos en considerar las discusiones entre los trabajadores, ya que considero que son los trabajadores mismos quienes deben decidir acerca de su mejor forma de organización. En ese sentido, no hay que olvidar el primer considerando de los Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores de 1864: «la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos». Lo que no se puede dejar de decir es que hay un Convenio vigente y que cualquier modificación del mismo, o incluso su sustitución por otro, debería ser en función de ampliar el reconocimiento de los derechos humanos de esos trabajadores, en lugar de perjudicarlos. No hay excusa para la desprotección de los trabajadores, para el incumplimiento de la legislación que, inspirada en la Constitución de la OIT y en nuestra Constitución Nacional, busca limitar la jornada laboral, proteger el salario, impedir el despido arbitrario, garantizar la salud psicofísica del trabajador, protegiéndolo de enfermedades (profesionales o no), asegurarle una vejez digna, entre otros derechos inalienables e inherentes a la persona humana. En ese sentido, el derecho a la organización sindical y a la defensa de los intereses profesionales siguen siendo la principal herramienta recomendada por la OIT:

Los trabajadores deberían tener un procedimiento jurídicamente vinculante para que los operadores de plataformas escucharan sus deseos y necesidades, ya sea mediante afiliación sindical, negociación colectiva (…) La Declaración de la OIT relativa a los principios y derechos fundamentales en el trabajo, aprobada en 1998, compromete a los 187 Estados miembros de la Organización Internacional del Trabajo, en virtud de su pertenencia a la Organización, a respetar, promover y hacer realidad los principios y derechos correspondientes a cuatro categorías, entre ellas la libertad de asociación y el reconocimiento efectivo del derecho de negociación colectiva. La Declaración deja en claro que estos derechos son universales y que se aplican a todas las personas en todos los países, independientemente del nivel de desarrollo económico.

Sacrificios humanos. Tan vieja como la Modernidad es la pretensión de justificar las injusticias y el despojo de millones de seres humanos con la excusa del desarrollo económico y la generación de riquezas. La Humanidad llegó a un consenso, que costó guerras y masacres innumerables, en torno al reconocimiento internacional de los derechos humanos y a la premisa de que la paz universal y permanente solo puede basarse en la justicia social». No es que nos oponemos al Progreso, sino que jamás vamos a aceptar que el Progreso signifique otra cosa que el mejoramiento de la calidad de vida de los seres humanos, el avance en el reconocimiento de sus derechos y un orden internacional que garantice la libertad y la justicia social. Sin embargo, pareciera ser que para muchos políticos, empresarios, economistas, comunicadores, entre otros, los cambios tecnológicos actuales podrían justificar el abandono del paradigma de los derechos humanos y su implicancia en los derechos sociales y laborales.

La deshumanización en el paradigma de la programación de los trabajadores, no hace más que demostrar la vigencia de los principios establecidos en la Constitución de la OIT y la Declaración de Filadelfia. Pero el despojo de los trabajadores contemporáneos opera también en la esfera cultural, promoviendo un individualismo extremo, que considera a la comunidad un límite para la libertad, en lugar de ser lo que garantiza su existencia. Detrás de esto se esconde la pretensión de que las personas se sometan voluntariamente a la explotación, considerando a la comunidad, a la organización sindical, a las leyes y al Estado como enemigos, culpables, a su vez, de todos sus males. No deja de sorprenderme que en pleno siglo XXI, estemos nuevamente debatiendo en torno a una aparente oposición entre Libertad y Comunidad, cuando ya en el siglo XIX podemos encontrar respuestas brillantes a este debate, como la que cito a continuación, del pensador ruso Miguel Bakunin:

Entiendo esta libertad como algo que, lejos de ser un límite para la libertad del otro, encuentra, por el contrario, en esa libertad del otro, su confirmación y su extensión al infinito; la libertad limitada de cada uno por la libertad de todos, la libertad por la solidaridad, la libertad en la igualdad; la libertad que triunfa por sobre la fuerza bruta y el principio de autoridad, que no fue nunca más que la expresión ideal de esa fuerza… Soy partidario convencido de la igualdad económica y social, porque sé que, fuera de esta igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, así como la prosperidad de las naciones, no serán nunca más que mentiras.

El argumento que justifica la flexibilización laboral, trillado después de décadas de desregulaciones, que no son nunca suficientes en la carrera hacia el abismo que implica el libre mercado a nivel internacional, se sigue repitiendo como un mantra: hay que adaptar la regulación a «los nuevos tiempos», a los nuevos fenómenos que «llegaron para quedarse». ¿Qué queda del «Progreso» después de tantos sacrificios humanos en su nombre?

Bibliografía:

Bakunin, Miguel. «La libertad. Obras escogidas». Editorial Agebe. Buenos Aires, 2005.

Francisco, «Carta Encíclica Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común». Editorial San Pablo. Buenos Aires, 2015.

Marx, Carlos, «El Capital». Editorial Fondo de Cultura Económica. México DF, Marzo de 2001.

Oficina Internacional del Trabajo. «Las plataformas digitales y el futuro del trabajo. Cómo fomentar el trabajo decente en el mundo digital». Ginebra, 2019.

Podetti, Amelia, «Ciencia y política. Apuntes para un encuadramiento del problema». Publicado en la Revista Hechos e Ideas, N° 4, junio de 2018. Buenos Aires.

Supiot, Alain.»El mandato de la OITal cumplirse su centenario».Revista Internacional del Trabajo, vol. 139 (2020), núm. 1.

Deja una respuesta