REVENTAR. Un negocio tan pequeño y simple.

Por Pablo Luna

Congreso, me han dicho algunos vagabundos, es el punto exacto de la ciudad donde dos mundos se encuentran. Dos universos que de tan opuestos, componen una orquesta cyberpunk sin desatinos: los palacios y la arquitectura centenaria observan con una total indiferencia a la miseria, que de a poco, desborda el asfalto. Y sin embargo allí, aferrados a ese mar de olvidos, también deambulan personajes erráticos hundidos en los huecos que ciertos faroles no llegan a pintar, esperando sacar algo de provecho de una Buenos Aires un tanto ambigua, otro tanto narcótica.

Debo dar una respuesta. En mi carnívora paranoia, Repliegue usa el silencio como una cuenta regresiva omnipresente. ¿O se han olvidado de mí? Como fuera, mi palabra tiene honor; algún borrador, algo, debe llegar. Debajo de la mesa mi pierna es un resorte activado por los nervios, llevo media hora esperando y hay algo peor: estoy en un McDonald ‘s. Con esta clase de franquicias globales los contextos locales pierden algo de identidad. Todo parece de cartón y plástico: las paredes, los carteles, las sillas, las bandejitas y las hamburguesas. Sin embargo, han encontrado el sabor de la felicidad y es inevitable el asqueroso gustito.

Del otro lado de la avenida, la facultad de ingeniería parece saludar desde el pasado con cierta gloria y dolor. Y desde allí también V viene al trote casi sacando chispas de su taco aguja. Al cruzar la puerta se acomoda los rizos carmesí y emprolija lo que la carrera ha desalineado. Siempre cortés saluda, se descorre el barbijo fuscia y se adueña de mis papas fritas.

– Perdón por la tardanza, pero vos viste cómo es esto.

V se gana la vida en la calle, aún en estos tiempos difíciles. Mcdonald ‘s le parece un lugar cálido para juntarse y presentar amigos. Une sus ojos al celular y hundida en chats pasan veinte minutos en silencio hasta que larga un:

– En cinco está en la esquina. 

– ¿Quién?

  – Divino, ¿quién va a ser? 

Bajo un cono de luz ámbar me hace luces un taxi que parece conducirse sólo. 

Camino con algo de miedo hacia el coche y pronto me doy cuenta que soy el pasajero de un Taxi Driver criollo. Pero éste, en vez de un De Niro violento, parece ser un reciente anciano vital, con las sienes plateadas por goteo en un tiempo que asemeja superar los setenta inviernos, con el codo buscando la brisa del vidrio bajo y la otra mano manteniendo el dominio del Peugeot. Del espejo retrovisor cuelga una imagen plastificada de San Cayetano y de la radio suena rock nacional. Se oye bajito, como si quisiera imprimirle a la escena la característica minimalista de una película de los noventa. 

– ¿Qué querés saber, pibe? -me pregunta con la expectativa puesta en este pasajero anómalo.

-Todo -concluyo con un halo de misterio bochornoso, creyéndome dentro de la película noventera de I Sat.

Entonces no digo más nada un poco arrepentido de mi guión. Lo dejo conducir en paz, esperando la contraofensiva. El interregno corre el riesgo de la incomodidad, pero Divino -porque así le dicen- maniobra mal y casi pisa un viejo. El viejo le grita algo y Divino le contesta “¡Tomatela hijo de una gran siete!”. Putea y no putea. Continúa insultando a un enemigo imaginario. “¡Me cache en dié!”. Sus insultos están cubiertos de azúcar. 

También es tarde para preguntar por qué le dicen así. Porque a esta altura es obvio.

Habla con una suave cadencia y en su economía de gestos parece demostrar lo que carga todo sabio: sus palabras pesan y sus silencios desbordan. La tonada porteña estilo setentosa es una arqueología de la expresividad que evidencia dónde germinó su universo de argot. Abundan dichos, frases hechas que sintetizan simbologías morales y éticas, códigos callejeros y la fórmula lógica del despecho y la revancha. Es el taxista que el mundo se merece conocer. Vernáculo, caricaturesco y atrapante.

Después lee mis pensamientos, o eso me parece, y aclara mis dudas mentales dando inicio a un solitario riel de respuestas sin preguntas. 

– Si querés saber de mí, te puedo contar dos cosas: cómo hice para zafar de ir a Malvinas en el ochenta y dos o a cuánta gente salvé de la dictadura moviéndola de un lado a otro.

Dice que no tiene tiempo para más historias, que la noche es larga y dura. Pero ese tiempo se hace de plastilina y el tiempo le da para más. Para sus tertulias rockeras adolescentes en la Perla del once, para militar en la Jotapé, para esconder libros marxistas en falsas paredes, para auto infligirse un coma farmacológico y no ir a la guerra, para trabajar a fines de los ochenta en un Pumper Nic de día y reventarse el hígado en la famosa noche under de Buenos Aires, para abrir una remisería sin penas ni glorias, para conocer a Maradona en esas casualidades que abundan entre argentinos de otra época, para tirarse en la cama panza arriba sin trabajo y sin futuro. Y para admitir que el Toxi Taxi fue su última esperanza. 

– Es sacrificado, pero me deja tranquilo -confiesa llegando a sus confines: Congreso. 

Aparenta decir simplezas. Pasan los minutos y esas simplezas retumban hasta derrumbar una somera superficialidad, como un árbol que se mece en otoño y se deshoja hasta descubrir la trama de su crecimiento. Así llegamos también al tiempo que tuvo para perder. De la Argentina que olvidó a su clase media. Y tras su bigote, la lengua simple modela la historia de una típica familia porteña de Fiat 600, con su escritura de hogar, el laburito noble y estable, la novia del Mariano Acosta devenida en esposa, las vacaciones en la casita de la costa, el teatro y la pizza en avenida Corrientes y el eterno derrumbe de un modesto imperio, algo extraordinario en la pobreza chata de América Latina. 

Su relato es oro. La memoria de Divino es un mapa de la clase media perdida que ha batallado contra los ejércitos de fusil y voto. Luego, el repliegue: a abrir parripollos, remiserías, kioscos, a abandonar las tradiciones y poco a poco, desarticular el pasado.

Entonces se pierde el último refugio, afirma, la familia.

Estaciona al margen de la anchura que ofrece la plaza de los dos congresos. El crepúsculo acompaña la narrativa, el silencio es ocupado por las densas volutas de uno de sus puchos, que son tantos como mis preguntas. No puedo parar.

Toma aire y ahora parece deshacerse: “los vicios son jodidos, ¿me entendés pibe?, pero acá el que llora no mama. Caí donde no tenía que caer. Donde se cae cuando el camino parece llegar al final. Y el barco sin timón se paga caro. Tuve un pibe al que no me dejaron ver nunca más”.

– ¿Y no la peleaste? -pregunto.

– ¿Pelear qué?

– No sé…

– Menos averigua Dios, más perdona.

Iván ya no se acuerda de su padre, pero sí de Divino.

El piberío deambula Congreso tras la pista de Divino, porque saben que anda por ahí. Cada tanto lleva algún que otro pasajero incauto que ignora ser parte de una pantalla. Hay cuatro esquinas que me pide no revelar. Son los cuatro puntos cardinales. Detiene el Peugeot y el virtuosismo de su carisma calza al ciudadano insospechado. “¡Es Divino!” dicen los erráticos vecinos homeless, guardados en su corazón. 

– ¿No tenés miedo? -le pregunto genuinamente temeroso de su futuro.

Hace un gesto fanfarrón y no sé si escucho o lo invento, pero tras su bigote se desliza un:

– El único miedo es no ser yo.

Es cuestión de preguntar y encontrarlo. Un pelpa, dos pelpa, lo que dé. Durante largo tiempo fue la alegría y la salvación de muchos gastronómicos en las infinitas horas de cocción del Palermo plástico y sus variantes: Hollywood, Soho, Freud… El taxi navega como una canoa zen por los canales de asfalto entre la fanfarria de la burguesía sojera de la fiebre kirchnerista. Y la vida se eleva en éxtasis. Divino es solitario y feliz.

Pero hubo una vez que se fue todo a la mierda. Porque, cuenta, se acercó al tacho un pibe de ojos azules, cejas pobladas y un gesto que se reconciliaba con el pasado, encima se presentaba como Iván. Que su hijo vaya a pegar y que antes que un padre fuera un transa, era el portal hacia la peor de sus pesadillas. Esas cosas que pasan en películas “¡Y ni siquiera! Porque si veo una película así en el cine no la creo”. Tiene razón, el cine es virtuoso por su verosimilitud y no por su realismo.

– Creer o reventar -dice.

Agita su cabeza de lado a lado intentando entender cómo el Jesús con la remera de Racing que lleva en la guantera, lo puso en terrible aprieto. Dios es esa figura a la que se le pregunta por qué y no hay respuesta, y es tal vez por eso que se le pregunte tanto. Entonces Divino se va a naufragar por la ciudad y encuentra un oasis de decadencia subterránea en Congreso. De calles más anchas, bolsillos más flacos y las mismas ganas de derretir la noche. 

Divino llora. Sus lágrimas son la tinta que firma nuestro contrato de confianza. Le palmeo el hombro y entiendo la razón de que sus amistades sean, desde hace ocho años, los prófugos de la sociedad.

– Nada que ver a Palermo, pero allá no vuelvo más. 

Me despido con un fuerte apretón de manos. La noche es fría y mi corazón también, sólo puedo pensar en que me voy con una nota llena de anécdotas y sin remate, sin moraleja. Parece más la historia que podría contar para impresionar en una primera cita. Me quito el barbijo y prendo un pucho, miro a mi alrededor, la ciudad parece dormir en una agonía silenciosa.

Pasó una semana. Son las nueve de la noche, en una parrilla de Balvanera, comiendo de dorapa. Dos flacos destrozan un vacipan y me hieren los modales rumiando y escupiendo trozos de carne. Los escucho: hablan de una fiesta por el microcentro, sobre un pibe que tiene un departamento en Suipacha y arma terribles clandestinas. La conversación, más histriónica de lo que quisiera, me da una puntada en la boca del estómago. Algo me llama. Me convierto en un personaje sombrío del film noir y los comienzo a seguir a una distancia prudencial. Caminamos por Yirigoyen y desembocamos en el desierto de los dos Congresos. Han pasado seis días desde mi encuentro con Divino y tengo una deuda pendiente. Necesito volver a hablar con él, ya no importa la nota, ni el broche final. Sobrevive un sinsabor que necesito resolver. Vuelvo a los puntos cardinales, pregunto a los vagabundos, indago en los lúmpenes de cada esquina; algunos señalan para un lado y me indican que busque a tal o cual. Reboto pendularmente de una punta a otra del barrio. Y nada. Divino parece ser un fantasma. V no responde mis mensajes.

A pie me deslizo por las sombras y vuelvo al acartonado McDonald ‘s de San Telmo. Hace frío. Cada taxi que veo es una escuálida esperanza. Pasa una hora, dos, dos y media. Del otro lado de la avenida, nuevamente la facultad de ingeniería parece parir un lejano punto con forma humana. Entrecierro los ojos en un inútil ademán para mejorar la vista y distingo las caderas angulosas de V. Troto a su encuentro. 

V se molesta porque casi ni saludo.

  – ¿Sabés algo de Divino?

– ¿No te enteraste, bebé? Lo pincharon un par de pibes para robarle.

– ¿Murió?

V abre las manos y los ojos corporizando lo obvio.

Me fundo en el tapizado impoluto de otro taxi, con un conductor mucho más joven y sin el encanto de la vieja guardia. No puedo evitar pensar en lo naif del asunto, tal vez por el clima de época, y se me escurre la vaga idea de que él algo intuía sobre su final, que aceptó que lo conociera para dar testimonio de una especie en extinción. Quizás ya sintiéndose una reliquia en un mundo donde las penurias se han renovado y las historias se componen en múltiples pantallas. 

Por ahora quiero llegar a casa y cerrar esta intromisión cósmica frente a la computadora. ¿Se enterará Iván que su padre ha fallecido en el peor de los silencios, ese donde nadie te recuerda? Todo parece muy casual, creer o reventar me diría Divino.

De momento, prefiero reventar. 

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