Facultad de Derecho – UBA

Repliegue es un periódico colectivo y una usina de pensamiento nacional, humanista y latinoamericano, formado principalmente por jóvenes profesionales y trabajadores, unidos para trabajar sobre la preparación de las bases de una nueva Argentina soberana, digna, libre y justa. 

A partir de la década del 70, desde la última dictadura cívico-militar, se inició en Argentina una marcha hacia la destrucción de todas las empresas públicas, la explotación de riquezas naturales y servicios, junto con una carrera por el endeudamiento externo indiscriminado que hasta nuestros días seguimos renegociando. 

Se impuso una mentalidad privatista y extranjerizante, en la cual se pensó que una élite mundial de tecnócratas y financistas eran los únicos capaces de ordenar el proceso globalizador que se avecinaba, y que el resto de la humanidad, con especial énfasis de los llamados “países del tercer mundo”, debían someterse a las nuevas reglas que se exportaban desde el occidente anglosajón en cuanto a cuáles eran los modos correctos de vivir, consumir, trabajar, gobernar y legislar. Todo lo público fue mala palabra y todo lo privado y extranjero la única supuesta posibilidad de salir adelante. 

Las necesidades básicas de existencia se vieron seriamente afectadas, pero peor aún fue la destrucción del tejido social de nuestra comunidad, minando la conciencia de los habitantes de nuestro suelo, con graves consecuencias en la alimentación, la salud, la educación y las relaciones entre las personas e instituciones. 

Los barrios humildes fueron invadidos por el narcotráfico especializado en drogas para aguantar el hambre, mientras que las escuelas públicas devinieron en grandes comedores que sostienen una mínima y precaria alimentación de miles de familias. 

Argentina desde 1945 hasta 1975 mantenía un PBI per cápita, riqueza generada en un año proporcional a cada habitante, similar al de las naciones con mejores estándares de vida. Hoy el PBI per cápita nacional es casi el 25% de aquellos países. Desde 1975 hasta nuestra fecha, nuestro país duplicó su población, pero la línea de pobreza es 20 veces mayor a la de aquella época.

La decadencia de nuestra nación no sólo tuvo consecuencias en la economía, sino que caló hondo en la cultura y en la vida cotidiana de argentinos y argentinas. Las universidades fueron cooptadas por grandes inversiones privadas en determinados programas, que luego comenzaron a condicionar los planes de estudios y la orientación de las currículas. 

En el ámbito cultural y del pensamiento esperamos con ansias las soluciones de afuera, caminamos a fuerza del reflejo que descansa sobre las aguas del horizonte del Río de la Plata, sin confiar en que la solución a nuestros problemas depende y siempre estuvo en nosotros mismos.

El derecho, como unas de las ciencias formadoras de sentido jurídico y orden institucional en cualquier sociedad, ha sido receptor y transmisor de estas equivocaciones, con lo que nuestras usinas principales pasaron a formar únicamente técnicos capaces de ajustar las tuercas de una maquinaria colonial desgastada y oxidada, incapaces de dar respuesta inmediata hacia inéditos y grandes desafíos del presente.

Mientras tanto, observamos que en el mundo los problemas que hacen al género humano adquirieron una relevancia central. El papel de los estados nacionales vuelve a tomar protagonismo frente a crisis ambientales y sanitarias que suponen una acción coordinada de los gobiernos y los pueblos del mundo para resolverse, evidenciando la destrucción de los servicios públicos esenciales gracias a la complicidad de las grandes multinacionales y grupos financieros en las últimas décadas.

Aquí es donde recobra importancia central el desarrollo de una industria nacional sustentable, articulada en los tres niveles de gobierno: nacional, provincial y municipal, como así también, la democratización de la tecnología y el desarrollo de capacidades tecnológicas propias para el bien común.

El sistema político y la sociedad, se convencieron de que el precio de poder vivir en “paz y democracia” era aceptar y consolidar una desigualdad propia de principios de siglo XX, en el que una familia entera comiendo de la basura iba a ser una postal a solucionar en el largo plazo por algún gobierno, y no el desafío urgente de cualquier habitante con capacidad de decisión. 

Como países de la periferia del mundo, nos hemos convertido en las últimas décadas en engranajes de aquella decadencia, nos autocatalogámos como subdesarrollados o en vías de desarrollo, dando por hecho que el camino a seguir es el de los países centrales que definen la política económica global; un camino que hoy encuentra su punto de no retorno por los desastres ambientales, sanitarios y las desigualdades sociales generadas.

En el campo del pensamiento jurídico existen tareas en tres dimensiones: 1) Revalorizar la libertad y la dignidad del ser humano en sí, como causa fin de toda política pública y legislación. 2) Reconducir el concepto de soberanía ya no en un culto hacia las formas, sino a la capacidad de decidir sobre nuestro propio destino como Nación y como Continente, haciéndonos de las herramientas necesarias para ello. 3) Repensar el lugar del ser humano en la naturaleza para lograr una convivencia armoniosa con ella y poder utilizar sus bienes naturales para el bienestar común.

Los desafíos mencionados nos llevan a pensar sobre los paradigmas de lo público y lo privado que hasta ahora ordenaron el sistema jurídico imperante en el continente. 

En el presente, todas las viejas advertencias de la comunidad científica en torno al problema ambiental comenzaron a cumplirse y agravarse. Empezaron los tiempos del “no retorno”, con catástrofes naturales, la propagación del cáncer y de virus como consecuencia de una vida automatizada y urbana, carente de defensas y de trabajos de prevención, cultivada durante décadas en nuestra cotidianidad. 

El paradigma privatista y tecnócrata no ofrece respuesta sino desde una suerte de neo-dogma religioso: la Fe en que la ciencia y el dinero podrán resolver todos los problemas de la humanidad. Sin embargo, la misma ciencia tiene nuevos protagonistas que suscriben documentos en los cuales advierten que ello no es posible, que el cambio debe ser de raíz y que de no transformar los patrones de acumulación, producción, desarrollo y consumo, no existirá posibilidad de vida digna y sustentable para más 2 mil millones de seres humanos, siendo en la actualidad 9 mil millones. 

Nos encontramos ante las puertas de una nueva revolución industrial llamada 4.0 con acento en la recopilación de datos, automatización de las tareas y desarrollo de inteligencia artificial, que modificará inevitablemente los sistemas de producción. Dependerá de nuestra voluntad decidir cómo se llevará adelante esta transformación en nuestra tierra. Los designios de los centros del poder ponen el eje en abaratar los costos humanos y no en aprovechar la tecnología para avanzar en la igualdad y dignidad de las personas.

Como artesanos de nuestra realidad, nos propusimos contar los problemas que existen y están latentes: el nuevo mundo hacia el que vamos requiere de una nueva concepción de la mujer, del hombre, de la vida, del consumo, de la producción, de la ciencia y de la técnica; por lo que nos enfrentamos a la necesidad de pensar qué tipo de formación es la que hoy necesitamos para la organización de una nueva comunidad. 

Por ello debemos, pensar a la universidad en valores y frente a las nuevas formas de transmisión del conocimiento, lo cual exige renovar pedagogías, métodos de investigación, repensar la relación profesor/estudiante, diseñar nuevas currículas y desterrar las cegueras dominantes.

Se debe trabajar en una nueva praxis universitaria, basada en el compromiso social, la responsabilidad ética y los retos sociales a los que debe hacer frente el profesional en el siglo XXI. Este compromiso consiste en primer lugar en asegurar la igualdad de oportunidades y en mantener la equidad social. A su vez, esta praxis deberá contemplar los derechos civiles, sociales, culturales, económicos y ambientales de todos los habitantes, incluyendo las identidades étnicas y de género.

También debemos aspirar a poder incluir en los planes de estudio, redes temáticas multidisciplinarias, destinadas a responder y anticipar los desafíos sociales, desarrollando la pertinencia de la investigación científica y formando a las nuevas generaciones en concepciones mucho más amplias, que abarquen e integren el conocimiento de la historia, la literatura, la cultura, las ciencias y las artes en estructuras comprensivas de todo el continente latinoamericano. 

Frente a los procesos de integración regional y continental, estamos convencidos de que el futuro está en la integración universitaria, la que debe comprometerse con una política de cooperación académica con la vida comunitaria; generar un espacio político-académico que permita una interlocución hacia la definición de valores, intereses y objetivos comunes, poniendo el foco en el reconocimiento de la diversidad y las necesidades de nuestro pueblo.

Se deben sentar las bases de un pensamiento crítico pero constructivo de una nueva cosmovisión. Democratizar los saberes, dando lugar a la pluralidad, de modo que convivan varias epistemologías, y que el conocimiento pueda crecer y nutrirse a la luz de las ideas. 

La epistemología confirió a la ciencia moderna la exclusividad del conocimiento válido, el monopolio de la distinción universal entre lo verdadero y lo falso, que se tradujo en un vasto aparato institucional (universidades, centros de investigación, sistemas de expertos) lo cual hizo más difícil el diálogo entre la ciencia y el resto de saberes. De este modo, el conocimiento científico pudo ocultar el contexto sociopolítico. Así ha predominado una epistemología que eliminó, como parte de la reflexión, el contexto cultural y político de la producción y reproducción del conocimiento.

Es necesario entender a la ciencia como producto de la Historia y que, como tal, se puede cambiar. Repensar la relación del hombre con el mundo más allá de la relación sujeto-objeto. Redefinir el método científico partiendo desde categorías latinoamericanas y no desde leyes universales, construyendo una epistemología desde el Sur.

Hay que volver a pensar en grande y desde la filosofía de la ciencia que pretendemos. Volver a los “para qué” y desde ahí reconstruir los nuevos criterios de validez que regirán nuestra actividad. 

El colonialismo hoy continúa bajo la forma de la “colonialidad del poder y del saber”. Por ello, es necesario luchar por la descolonización del saber, articulando con la ciencia moderna distintas perspectivas críticas, elaboradas desde diferentes lugares y disciplinas.

La única decisión posible es la de hacer algo. La tarea de reconstruir los estados soberanos, con un profundo sentido comunitario y continental, depende de toda una generación que concrete ese desafío. Una abominable cultura del posibilismo y la resignación opera como nunca. Nos mantiene en piloto automático, sin grilletes ni cadenas, pero caminando hacia donde se nos conduce a través de  una liberalidad náufraga sin destino.

Es fundamental actuar desde lo profundo de la conciencia, de ser protagonistas del futuro. Conectados con quienes soñaron y trabajaron en un pasado por ese futuro distinto, prepararnos para los desafíos que nuestra generación tiene hacia adelante y la cosmovisión de ideas, teorías y disciplinas que nos servirán para cabalgar el mañana. 

Tenemos como misión ser deconstructores del paradigma actual, discutir y redefinir las bases legales y las doctrinas jurídicas, abogando por un espíritu crítico constructivo, es decir, no desde un escritorio en largas editoriales, sino reflexionar desde la propuesta, ofreciendo soluciones y alternativas concretas que nos podrían potenciar hacia una nueva Argentina. 

En definitiva, es hora de deconstruir un sistema colonial, depredador y posesivo, para formar una generación que se enfrente al desafío de pensar y hacerse de las herramientas para la fundación de un país libre, soberano, justo, digno y responsable por el futuro.Como alguna vez dijo un célebre pensador peruano «Quien quiera adquirir un conocimiento pleno de la realidad social, tiene que dedicarse a la práctica social transformadora, o renunciar a esa ambición de conocimiento.» (Quijano, 1978: 262), y eso es lo que apuntamos desde Repliegue, transformar esta realidad tan desigual e injusta en la que vivimos.

Batalla de Ayacucho – Última batalla de la primera liberación del Continente