Los actos son nuestros símbolos – 22 de noviembre de 1955

Por Víctoria Vázquez

El controvertido Jorge Luis Borges decía en aquella conocida biografía de Tadeo Isidoro Cruz: “los actos son nuestros símbolos”; y vaya símbolos pregonaron determinadas figuras de nuestro país frente al, hasta ahora, mayor aberrante acto que contra una persona pudo existir. 

La RAE define al odio como antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea; por otro lado, Aristóteles concibió al odio como un deseo de la aniquilación de un objeto que es incurable por el tiempo. Sin embargo, ni la etimología de la palabra ni la definición filosófica más abarcativa pueden dar respuesta alguna al motivo de aquella imborrable noche del 22 de noviembre de 1955.

Allí fue cuando el Teniente Coronel Carlos Eugenio Moori Koening -por extrañas casualidades de la vida su apellido significa rey de la ciénaga- jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) y su lugarteniente, el Mayor Eduardo Antonio Arandía, ordenaron a los capitanes Lupano, Alemán y Gotten que abandonaran sus puestos de guardia en la CGT sobre la puerta que separaba al cadáver de Eva Perón del mundo exterior. Llámese obediencia debida, léase odio de clase, pero cumplieron acabadamente con su misión. 

El secuestro de Evita en la Confederación General del Trabajo excede cualquier discusión y sobrepasa los signos de inhumanidad. En la tenebrosa, oculta y valerosa biografía argentina se esconden los símbolos más siniestros que podemos recitar. Es por ello que hoy homenajeamos a aquella mujer que sufrió el menosprecio y ultraje no solamente en vida, sino además el escarnio luego de muerta cuando su cadáver soportó las peores vejaciones que ni los autores de los libros más atroces podrían animarse a describir. 

Del odio a la necrófila obsesión, el rey de la ciénaga llegó a desobedecer al entonces presidente Aramburu y sometió el cuerpo a insólitos paseos por la Ciudad de Buenos Aires en una furgoneta de florería. Lo dejó en el altillo de su compañero Arandía, quien desbordado por la paranoia e imposibilitado de dormir, una noche, al oír ruidos en la buhardilla y en la convicción de que se trataba de un grupo peronista que rescataría a su líder espiritual, decidió tomar su 9 milímetros y vaciar el cargador sobre un bulto que se movía en la oscuridad: era su mujer embarazada, quien cayó muerta en el acto. La mujer llevaba dos meses de gestación y tenía una hija de un año. 

Moori Koening pretendió llevar el cuerpo a su propia casa, pero según testimonios de su hija, su madre se puso celosa. En las entrañas de cada acto se revela una salvaje obsesión por el cadáver. Varios relatos coinciden en afirmar que el hombre colocaba el cuerpo -que reposaba dentro de una caja que originalmente contenía material para radiotransmisiones- en posición vertical en su despacho del SIE; que lo manoseaba y vejaba cada vez que podía, y como si eso fuese poco, lo exhibía frente a sus amigos tal como un trofeo.

Durante meses no se supo nada del cuerpo de la abanderada del pueblo. “Hemos obrado mal al retener tanto tiempo a esa muerta. Le ordeno, Coronel, darle cristiana sepultura en un lugar anónimo, del que nadie sepa nada. Y guarde usted el secreto hasta el momento en que debamos devolverla a sus legítimos deudos”. 

Semejantes palabras salieron de la boca del entonces usurpador presidente de la República, quien anoticiado de semejante atrocidad, dispuso el relevo de Moori Koening, su traslado a Comodoro Rivadavia y posterior reemplazo por el Coronel Héctor Cabanillas, quien propuso sacar el cuerpo del país y dar origen al “Operativo Traslado”. El plan consistía en trasladar el cuerpo a tierras italianas y enterrarlo bajo un nombre falso en complicidad con la Compañía de San Pablo, comunidad religiosa de Rotger que sería la encargada de custodiar la tumba. 

Evita fue inhumada en el Cementerio Mayor de Milán y la operación fue un éxito, generando uno de los mejores secretos de la Historia Argentina. Pero como en la cotidianeidad, las mentiras caen por su propio peso y solo sería cuestión de tiempo que todo saliera a la luz. 

En 1970, con el secuestro del cadáver de Aramburu, Montoneros exigió a cambio el cuerpo de Evita. En su declaración reclamaron: “de la profanación del lugar donde descansaban los restos de la compañera Evita y la posterior desaparición de los mismos para quitarle al pueblo hasta el último resto material de quien fuera su abanderada”

Al año siguiente y durante la presidencia de Lanusse, se devolvió el cuerpo. Finalmente, fue llevado a España y entregado a Perón, quien volvió a la Argentina acompañado con Isabel y el “brujo” José López Rega, pero sin los restos de su amada. Ya fallecido Juan Domingo, Montoneros secuestró el cadáver de Aramburu para exigir la repatriación del de Eva. Finalmente, el cuerpo de la abanderada de los humildes fue depositado junto al de Perón en una cripta en la Quinta de Olivos especialmente ubicada para el pueblo que decidiera visitarla. 

Sin embargo, el cuerpo de nuestra amada Evita aún transitaría meses de vejaciones e incertidumbre; entrada ya la época más oscura de nuestra historia, en 1976 aquellos mandamases de la dictadura siguieron debatiendo sobre qué hacer al respecto al cuerpo. Massera, por supuesto sin sorprender a nadie y fiel a sus convicciones, propuso arrojarla al mar como a uno de los tantos detenidos-desaparecidos.

Finalmente, y vaya uno a creer si es que acaso se les arrimó un aire de misericordia -lo cual es firmemente dudoso-, los dictadores decidieron acceder al pedido de las hermanas de Eva de trasladar sus restos a la bóveda de la familia Duarte en Recoleta. Tiempo después se conoció que María Seoane y Silvana Boschi interrogaron a un jefe de la represión ilegal, cercano al Voldemort nacional de apellido Videla, sobre por qué le urgía más a la Junta trasladar el cadáver de Evita que el de Perón, cuya respuesta dejó entrever los valores que pregonaban: “tal vez porque a ella es a la única que siempre, aún después de muerta, le tuvimos miedo”

Concluyendo el 2021 y revisando el pasado es que uno puede llegar a preguntarse sobre la figura de semejante mujer, acerca de su impronta y lo que podría generar en los demás. Las respuestas pueden ser más o menos distintas o incluso discrepar en ciertas cuestiones, pero lo que resulta indudable es que nuestra líder espiritual supo despertar el amor desinteresado en los sectores marginados y odios injustificados e incomprensibles en otros por la única convicción de hacer de esta patria un lugar más justo para habitar. 

¿Qué es Eva? es el desprecio en aquellas miradas de los oligarcas, el odio encarnado de las clases pudientes que se regocijan disfrutando de sus riquezas porque existen pobres que sufren sus miserias. Hoy, y siempre, Evita resuena y resonará hasta nuestro último respirar, eterna en el corazón de su pueblo.

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