LA POLÍTICA EXTERIOR, ¿SE MODIFICA?

Autor: Marco Stiuso

La política internacional está transitando por un proceso de cambio en cuya lógica identificamos, en el seno del debate, actores que buscan aferrarse al orden preexistente, contrapuestos a aquellos que buscan una ruptura o reforma (parcial o total) del mismo. Por supuesto, cuando esto se analiza en el plano internacional, la multiplicidad de factores e intereses incidentes complejiza enormemente su entendimiento. No obstante, hoy en día basta con prestar atención a los principales actores, sus decisiones y discursos para evidenciar el período de convulsión que atraviesa la política mundial.

Claro está, difícilmente pueda hacerse un análisis de la situación internacional en 2021 que quede exenta del impacto del COVID-19, no sólo en la economía, sino también en las relaciones sociales e interestatales. En este sentido, la pandemia ha funcionado más como catalizador de procesos ya existentes que como factor de cambio. Cuando nos referimos a procesos ya existentes, las tendencias nacionalistas, el rechazo al multilateralismo, el ascenso de China y Rusia como potencias capaces de disputar la hegemonía estadounidense y, principalmente, la situación política, social y económica del gigante americano, son el foco de atención.

Este último punto es en el que haremos énfasis en nuestro análisis. La gestión Trump significó un punto de inflexión en la política no sólo norteamericana, sino también a nivel global. “Gane quien gane, la política exterior no se modifica” fue una frase utilizada a lo largo de las últimas décadas por los analistas políticos en referencia al accionar de la Casa Blanca. Hagamos un pequeño repaso histórico para entender mejor la importancia de Donald Trump en el esquema internacional.

Ante la caída del muro de Berlín, y la posterior implosión de la Unión Soviética, se terminó el mundo bipolar que estructuró la política internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Desaparecido el bloque soviético, la potencia occidental-capitalista se proyectó como único paradigma hegemónico a nivel global, comenzando a tejer la compleja red de instituciones y regímenes internacionales que procuraría mantener en pos de aferrarse a su condición de superpotencia mundial bajo la globalización neoliberal. Para el mundo periférico (y principalmente Latinoamérica), el panorama de los ´90 era casi un ultimátum: o se adoptaban las medidas propuestas por el Consenso de Washington (austeridad fiscal, privatización de empresas públicas, estricto control de emisión monetaria, liberalización económica y comercial, flexibilización laboral, etc.) o bien, se resistía ante el avance de un paradigma que parecía ganar cada vez más terreno a lo largo y ancho del mundo. Para ilustrar un poco, Cuba fue un ejemplo de resistencia, mientras que Colombia o Argentina fueron grandes alumnos de la escuela de pensamiento neoliberal, en lo que significó la expansión de un imperio no sólo financiero y económico, sino también mediante la colonización cultural por el denominado “soft power” (poder blando de las naciones hegemónicas).

Si bien han existido episodios con fuerte repercusión de manifestaciones anti-globalización (como la Contra-cumbre de Seattle, el “No al ALCA”, entre otros), la historia reciente indica que el centro de las decisiones en materia de política exterior de los gobiernos de Estados Unidos se basó en mantener el entramado institucional que construyeron en la década de los ´90 mediante el multilateralismo (con decisiones también unilaterales, como la Guerra de Irak en 2003).

Ahora bien, todo esto cambió con la asunción de Trump en enero de 2017. El lema “America First” no fue únicamente un spot de campaña, ya que, al asumir, inmediatamente se tomaron medidas que mostraban el descontento de la nueva administración con instituciones internacionales, colocando al interés nacional en el centro del esquema decisional. La primera acción en este sentido fue retirar a EEUU del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. La OMS y el Acuerdo de París también fueron motivo de crítica constante y desidia por parte del mandatario, por dar algunos ejemplos. La puja de aranceles en lo que muchos han llamado “guerra comercial” con China refleja asimismo el interés de Trump por poner la industria y la producción nacional por encima de los regímenes internacionales (en este caso, la OMC).

Este conjunto de decisiones, discursos y opiniones evidencia un quiebre en lo que solía ser una obviedad de la política exterior norteamericana: el mantenimiento de la estructura jurídica, institucional y económica internacional. Derivó, también, en el primer presidente en muchas décadas en distanciarse del “establishment”, siempre fundamentalista del globalismo, aunque haya logrado el apoyo de gran parte de los dirigentes y empresarios nacionales.

Habiendo transitado la gestión Trump, podemos evidenciar a grandes rasgos un éxito económico (dejando de lado el impacto de la pandemia) en simultáneo con un aumento del descontento social por situaciones gravísimas como la cuestión racial y la inmigración. Dos caras de una misma moneda que derivaron en unas elecciones extremadamente convulsionadas, como jamás se haya visto en la historia del país.

El hecho de que la opinión pública, los medios de comunicación y la sociedad global se hayan interiorizado tanto (y tan intensamente) en las elecciones de 2020 corresponde, en parte, a la representación y movilización que logró Trump en sus seguidores. Una cualidad que muchas veces ha sido atribuida a los partidos y movimientos nacionalistas, una tendencia en los últimos años también en Europa, con manifestaciones euroescepticistas y el Brexit como el escenario más representativo. La política norteamericana parece estar abriéndose a la población civil, que cada vez se interesa más en los asuntos gubernamentales.

En este marco, la victoria de Joe Biden el pasado 3 de noviembre trajo a los analistas de la política internacional muchas dudas: ¿Significará la nueva gestión un freno y marcha atrás con respecto a Trump? ¿Serán más las continuidades que los cambios? ¿Seguirá el camino de desinterés hacia el multilateralismo? ¿Se intentará recomponer el entramado institucional del sistema internacional?

Claro está, no podemos sacar muchas conclusiones sobre su accionar a días de la asunción de Biden. No obstante, sus primeras declaraciones como presidente nos dejan algunas sensaciones de lo que podría ser una búsqueda de recomposición del viejo orden. El retorno a la OMS y al Acuerdo de París marca esta tendencia.

Por otro lado, la designación de Lloyd Austin (afroamericano), Rachel Levine (transexual) y Deb Haaland (indígena) como Secretario de Defensa, Subsecretaria de Salud y Secretaria del Interior respectivamente, parece un intento de aproximación a los sectores progresistas que brindaron un gran apoyo en la campaña electoral. No obstante, mientras dichas decisiones no sean acompañadas de medidas concretas en pos de mejorar la situación social de estos sectores, no significarán más que meras estrategias de imagen del gobierno.

En lo que respecta a la relación con los dos polos de poder que desafían su hegemonía, Rusia y China, vemos una cautela mayor, al menos en el discurso oficial. Jode Biden ha anunciado que los lineamientos generales de su relación con China no variarán significativamente en el ámbito económico y comercial, lo que refleja las ventajas obtenidas en la gestión Trump por la especial atención al trabajo y la producción nacional. Por el lado de Rusia, la situación es muy diferente: Putin representó un vínculo estratégico para Trump, quien se basó en el equilibrio de poder para tomar sus decisiones. Por el contrario, Biden se muestra más duro con el gobierno ruso, apoyando explícitamente el pedido de libertad para el opositor Alexei Navalny.

Por otra parte, los derechos humanos son una parte central del discurso de Biden, lo que insinúa un interés hacia el abordaje del tema en los foros multilaterales. ¿Será, quizás, la preocupación del nuevo presidente por los derechos humanos alrededor del mundo una pequeña muestra de lo que puede derivar en nuevas intervenciones en países ajenos? Recordemos que, como vicepresidente de la administración Obama, Biden apoyó el golpe de Estado contra Manuel Zelaya en Honduras, respaldó los bloqueos y sanciones económicas a Venezuela, ello sumado al reciente reconocimiento de Juan Guaidó como presidente encargado del país, y se ha declarado abiertamente defensor del régimen sionista de Benjamin Netanyahu.

El plano económico, a pesar de haber sido el principal éxito de la gestión Trump, parece evidenciar cierto cambio. En general, las gestiones demócratas han tendido a inclinar la orientación de la economía hacia el sistema financiero, mientras que los republicanos parecieran enfocarse (un poco más) en el aparato productivo. Tras la asunción de Biden, cierto revuelo comenzó a girar en torno a estas cuestiones. El ejemplo más destacable es lo acontecido con BlackRock, la gran corporación financiera que busca asegurar un lugar en la administración pública para favorecer sus intereses. Recordemos que el consejero delegado de BlacRock, Larry Fink, personifica los intereses de dicho grupo en nuestro país, operando en cuestiones clave para nuestro desarrollo como la renegociación de la deuda.

En lo que nos concierne como argentinos, frente a esta situación, nos cabe pensar de manera estratégica, identificando las posibilidades y los obstáculos que representa el mundo actual. La política exterior en la era Trump mostró cierto desinterés hacia algunas zonas geopolíticas que anteriormente contaban con presencia constante del Tío Sam. Medio Oriente y Sudamérica fueron los mayores ejemplos. En el primer caso, la situación fue aprovechada por Rusia y Turquía, que comenzaron a influir cada vez más en los asuntos regionales. Por el lado de nuestra región, China incrementó exponencialmente su presencia en el plano económico y comercial y ha avanzado significativamente en cuestiones estratégicas. Quizás estemos frente a la oportunidad de retomar las riendas de una política regional autónoma como se ha intentado en la primera década de este siglo. No obstante, las disputas internas y la “nueva oleada progresista” en la región, en contraposición al poderío de Bolsonaro (quien ha perdido un socio importante con la derrota de Trump) por el peso económico y estratégico de Brasil en la misma, hacen de Sudamérica un escenario muy dinámico con un futuro aún incierto. Tampoco sabremos qué nos deparará la gestión Biden, ya que el mismo no ha dado mayores opiniones ni anuncios en este sentido.

«Yo creo que Estados Unidos no es un país presidencialista, sino que es un país sistémico, que lo maneja un sistema de poderes y por eso no tiene mayor sentido especular quién es más conveniente para la Argentina”, opinaba Cristina Kirchner allá por el año 2016. Otros dirigentes y analistas han afirmado que, bajo gestiones republicanas, Argentina logró relaciones más beneficiosas para su propio desarrollo. Alberto Fernández ha recibido con beneplácito la asunción de Biden, por lo cual es una posibilidad la profundización de los lazos bilaterales. Diferentes escenarios, opiniones encontradas y más dudas que certezas implican la necesidad de analizar y debatir el camino a seguir en nuestra proyección internacional, teniendo en el centro de nuestras decisiones (como siempre debe ser) el bienestar de nuestro pueblo y la grandeza de nuestra patria.

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