La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y neo colonialismo: el hecho maldito de la historia contemporánea.

Un día 4 de abril en 1949 se firmaba en la ciudad de Washington el Tratado del Atlántico Norte, por el que se constituyó una organización: la OTAN – NATO, en su sigla original en idioma inglés–.

Estados Unidos de Norteamérica, el Reino Unido de Gran Bretaña, Canadá, Francia, Italia, el Reino Unido de los Países Bajos, Portugal, entre otros países europeos, suscribieron originalmente este tratado. Al día de hoy y con el correr del tiempo, lo suscribieron un total de treinta países, a los que se suman otros tantos en calidad de “aliados” o “asociados” (ya no necesariamente países situados en el norte del globo). Su justificación histórica está dada por el contexto de posguerra que siguió al colapso del hemisferio norte del mundo, y principalmente de la Europa existente hasta el momento.

La “Segunda Guerra Mundial”, que ocupó al mundo entre 1939 y 1945 de las formas más violentas e irracionales que se hayan experimentado, produjo una cantidad indeterminada de muertes entre conflictos bélicos y exterminios organizados (estimaciones de entre 2 o 3 % de la población mundial), concluyó con el pico de irracionalidad máximo que constituyen los bombardeos nucleares a dos ciudades japonesas y, finalmente, determinó la nueva configuración de la política global, sus formas de dominación y la instauración de una nueva hegemonía sociocultural en el “mundo occidental”, en cabeza de los Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.) y a punta de pistola. El gendarme del mundo y compañía.  

La necesaria contracara de esta novedosa agrupación mancomunada militar formal de países occidentales bajo la OTAN tras la suscripción del Tratado del Atlántico Norte, si se quiere, la otra nueva hegemonía cultural o su contra hegemonía, se formalizó con el Pacto de Varsovia (Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua). Ya en “Guerra fría”, este otro pacto o tratado fue acordado en mayo de 1955 entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y los Estados europeos con gobiernos e instituciones de orientación socialista a la fecha, el “Bloque del Este”, sólo a excepción de la entonces existente República Federal Popular de Yugoslavia.

El ejemplo más palpable de esta tensión entre bloques políticos y/o ideológicos está dado por el caso de Alemania, un país partido y repartido en dos, de un lado la República Democrática de Alemania existente en ese momento (de orientación socialista y disuelta en 1990 tras el hito cultural de la “caída del muro de Berlín”) y del otro, la República Federal de Alemania, existente desde 1949 hasta hoy.

Cierto es, que por fuera de esta dicotomía hegemónica en que quedó trabado el mundo de la posguerra, existió también la experiencia del Movimiento de Países No Alineados, surgido en 1961 y ya en pleno contexto de tensión geopolítica entre los dos bloques mencionados, y principalmente entre los EE.UU. y la URSS. 

Ahora bien, intentado este breve resumen histórico, y buscando respuestas en las palabras ¿qué dice el Tratado del Atlántico Norte? Su preámbulo o exposición de motivos expresa que: “Los Estados partes en este tratado, reafirmando (…) su deseo de vivir en paz con todos los pueblos y todos los gobiernos. Decididos a salvaguardar la libertad, la herencia común y la civilización de sus pueblos, fundadas en los principios de democracia, libertades individuales e imperio de la ley. Deseosos de favorecer la estabilidad y el bienestar en la zona del Atlántico Norte. Resueltos a unir sus esfuerzos para su defensa colectiva y la conservación de la paz y la seguridad…”.

Siguen en los artículos que componen el tratado, intenciones como la “resolución por medios pacíficos de cualquier controversia internacional (…) de modo que la paz y la seguridad internacionales, así como la justicia, no se pongan en peligro”  o de “abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza en cualquier forma que sea incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas”.

Según se dice, los Estados parte “contribuirán al desarrollo de las relaciones internacionales pacíficas y amistosas, reforzando sus instituciones libres, asegurando una mejor comprensión de los principios en que se basan esas instituciones y favoreciendo las condiciones propias para asegurar la estabilidad y el bienestar. Tratarán de eliminar cualquier conflicto en sus políticas económicas internacionales y estimularán la colaboración económica entre algunas de las partes o entre todas ellas”.

En este bello marco de ideas, cualquier ataque armado contra alguno de los Estados parte se considerará como una agresión contra todas las partes, por lo que “en ejercicio del derecho de legítima defensa individual o colectiva” (el derecho a la guerra, el comodín o el “yeite” que reconoce el artículo 51 de la pulcra Carta de Naciones Unidas) se deberá brindar asistencia y acordar las medidas que se juzguen necesarias, “incluso el empleo de la fuerza armada, para restablecer y mantener la seguridad en la región del Atlántico Norte”. Dicho esto sobre el documento que dio génesis a la OTAN y guía formalmente sus acciones materiales según tales principios y valores, ¿cuál fue su aporte en la realidad global desde la posguerra hasta los días de hoy?

Difícil establecer una cronología de las guerras, intervenciones maliciosas en la disgregación o desmembramiento de pueblos, naciones y países, matanzas y/o genocidios que dejó esta nueva configuración global. Tragedias y horrores por doquier. Se intenta, trayendo solamente algunos de los ejemplos históricos más crueles y catastróficos para la humanidad, dejando a salvo que siempre quedará alguno omitido u olvidado.

La guerra de Corea, debut estelar de esta nueva configuración, con al menos 3 millones y medio de muertes entre 1950 y 1953, que de hecho nunca finalizó al no existir un acuerdo de paz (sólo un armisticio) entre los dos países resultantes del conflicto: República de Corea (Corea del Sur) y República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte).

La guerra de Vietnam, con hasta 6 millones de muertes entre 1955 y 1976, momento en que acaba por producirse la unificación del país bajo la forma actual de la República Socialista de Vietnam, intención que constituyó el inicio del conflicto y motivó la intervención de los EE.UU. para impedir la reunificación de dicho país bajo las formas socialistas que pregonaba el Frente Nacional de Liberación de Vietnam (o “Vietcong”, en su definición cultural mediática), tras su largo pasado como colonia francesa. Este conflicto en particular, que se extendió por más de veinte años y en el que EE.UU. no pudo triunfar por vía de las armas, derramó y extendió la tragedia no sólo respecto del pueblo vietnamita, sino también en los pueblos de Laos y Camboya, con sus conflictos particulares.  

En otro orden, el acoso permanente a la República de Cuba desde 1959, año en que tras la Revolución Cubana accedió al gobierno Fidel Castro como cabeza del Movimiento 26 de Julio. Famoso el trapero asalto de Bahía de los Cochinos en 1961, frustrado por las fuerzas militares cubanas, y aunque de dimensiones muy menores a las guerras citadas, con la clara intención de desestabilizar la experiencia revolucionaria que recién andaba sus primeros años en una suerte de segunda independencia (la primera del Reino de España, y esta última, del gobierno militar títere y subordinado a EE.UU. en la persona de Fulgencio Batista). Siguieron embargos comerciales, económicos y financieros por parte de EE.UU. que se mantienen hasta el día de hoy y llegaron al punto de ser totales en algún momento, el “Periodo Especial”, lo que resulta en una falta al más mínimo respeto por la humanidad, o una intención genocida, especialmente tratándose de Cuba, una isla, en un muy precario estado de desarrollo post colonial a mediados del siglo pasado y con serios problemas para abastecerse de ciertos bienes o insumos en el esquema comercial global vigente. Estas formas de dominación sin intervención militar directa se replican aún hoy en 2021, por ejemplo en la República Bolivariana de Venezuela, sentada sobre uno de los principales suelos petroleros del mundo, y que desde hace más de veinte años desarrolla e intenta su propia revolución, especialmente autóctona y particular.

Destaca también la “guerra del Golfo”, ya que traemos el petróleo, en 1990. Ya bajo la cosmovisión del Consenso de Washington, todo el mundo contra la República Iraquí, que extendía sus dominios sobre Kuwuait (una monarquía). Argentina tiene la sucia mancha de haber intervenido en aquella coalición bélica conformada por la ONU, no solo con los EE.UU. sino por ejemplo con Arabia Saudita, uno de los países menos democráticos del mundo. Unos 30 o 40 mil muertos como factura.

En fin, y ya en el pleno orden de la mercantilización de la guerra, siguen los conflictos allá por donde se mire. En una suerte de “neo cruzada”, Líbano, Afganistán, Siria, de nuevo Iraq, Somalia, Libia, Yemen y así se puede seguir indefinidamente. El Medio Oriente y gran parte de África bajo acoso y violencia permanente. El caso más cruel e injustificable es seguramente el de Palestina, borrada progresivamente del mapa y exterminada lentamente su población.

En nuestro medio, es inocultable que tras la constitución de la OTAN (entre otros instrumentos y organismos como la OEA), faltó poco tiempo para que en 1955 se truncara la experiencia política del peronismo, ante todo pacífica, aunque también próspera en términos sociales, económicos y culturales.

Siguieron sólo décadas de oscurantismo, que terminaron enganchando temporalmente con la experiencia de la dictadura cívico militar que gobernó el país entre 1976 y 1983 y dejó no solamente una matanza generalizada con cifras indeterminadas de víctimas, sino la destrucción de la estructura y el andamiaje económico, social y cultural de nuestro país. Toda una lógica y un esquema que hasta el día de hoy nos somete y condiciona.

Esta lógica de derribo y pase al olvido de experiencias políticas tendientes a constituir Estados Nacionales en nuestro continente (incluida, claro, Centroamérica) fue moneda corriente durante toda la segunda mitad del siglo pasado. Dan cuenta de ello la realidad de todos y cada uno de los países.

En definitiva, este intento de racconto de situaciones puntuales dan cuenta evidente de las formas e intenciones detrás de esta nueva configuración global formalizada tras el Tratado del Atlántico Norte y la creación de la OTAN, vigente hasta nuestros días.

Paz, orden y progreso para los países alineados. Violencia, tragedia y desorden para los demás. Ni más ni menos que la continuidad de la estructura colonial, bajo otra fachada, con otras formas variables en el tiempo, pero colonialismo al fin.

A más de setenta años de este modelo “neo” colonialista, quizás llegue la hora de su propio colapso. Ojalá que así sea, y que en el mundo se tienda y busque la integración y no la disgregación o destrucción de pueblos y naciones; la sana y pacífica convivencia entre países y no el conflicto permanente, el acoso, el aprovechamiento; el favorecimiento del desarrollo según las propias culturas y no la imposición de recetas ajenas a las realidades nacionales, que sólo las condicionan y limitan.

En fin, de llevar paz, no violencia. Parecen verdades evidentes y simples que lamentablemente no lo son. Lo que queda es no olvidar o desestimar estas banderas y buenas intenciones, y para ello es necesario movilizarse, contagiar, denunciar, gritar: porque las guerras (en cualquiera de sus formas) producen muertes civiles, destrucción de comunidades, migraciones masivas, hambre, enfermedad, y arrojan a las personas sobrevivientes a la más terrible angustia y desesperanza.

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