La mesa está servida – Hacia la soberanía alimentaria

Sobre fines de octubre del año 2021 y con amplia mayoría de votos en la Cámara de Diputados de la Nación, se sancionó la ley nro. 27.642 de “Promoción de la Alimentación Saludable”, dada a conocer mediáticamente como “Ley de Etiquetado Frontal de Alimentos”. 

De la letra misma de la norma surge que su objetivo es garantizar el derecho a la salud y a una alimentación adecuada mediante la promoción de una alimentación saludable, brindando información nutricional simple y comprensible para promover el consumo responsable. 

En este marco, se busca advertir al consumidor de alimentos envasados sobre los excesos de ingredientes y/o componentes potencialmente nocivos para la salud, a partir de información clara, oportuna y veraz, buscando evitar la publicidad engañosa, y en miras a promover la malnutrición en la población y otras enfermedades crónicas. 

De esta manera, se dispone la obligación a productores y/o distribuidores de alimentos envasados y bebidas de incluir un sello de advertencia (de allí el “etiquetado frontal”) por cada ingrediente y/o componente potencialmente nocivo para la salud, a saber, “exceso en azúcares, sodio, grasas saturadas, grasas totales y/o calorías”. 

Asimismo, se regula específicamente la advertencia de edulcorantes y cafeína como no recomendable en niños y niñas. 

Una de las disposiciones más claras, pero también más controversiales, es la prohibición de incluir imágenes de personajes infantiles, animaciones, dibujos animados, celebridades y/o mascotas de los productos alcanzados; sucede que involucrar esas imágenes no tiene un objetivo inocente: busca el atractivo infantil. Y distinguir una distracción vestida de personaje animado o celebridad de un alimento es una medida de protección que incomoda porque se separa del adultocentrismo y pone el foco en las generaciones futuras que, en la medida que puedan acceder a elegir su alimentación, puedan hacerlo responsablemente. 

Si bien se plantea como un primer paso hacia una educación progresiva y paulatina del consumo de alimentos, dando al usuario la posibilidad y libertad de elegir lejos de los mensajes confusos, la letra chica y las etiquetas verdes, es cierto que el camino hacia la sanción de esta ley nos invita a servir en la mesa el concepto de soberanía alimentaria. 

Entendemos como soberanía alimentaria al derecho de cada Estado, pueblo o comunidad a cuestionar, debatir y modificar sus políticas de alimentación en el sentido de interpretación más alto, involucrando a las grandes industrias agrarias, pesqueras y ganaderas del mismo modo que a nuestra idiosincrasia sociocultural, la forma de percibir al mundo, de generar trabajo, de ecologizar y de perpetuar -o no- mandatos de cualquier institución. 

Lo cierto es que primero pasa la vida y luego pasa el derecho: la ley crea, extingue, modifica, regula, limita y expande en base a las vivencias, necesidades y recursos de sus habitantes: por ejemplo, el índice de obesidad infantil es uno de los más altos de Latinoamérica. En Argentina uno de cada tres jóvenes sufre algún trastorno de conducta alimentaria. Por ejemplo, en el marco del aislamiento social, preventivo y obligatorio las conductas alimentarias de jóvenes y adultos empeoró un 30% y los factores que condicionan y hacen propensos a sufrir otros tipos de trastornos alimentarios como el insomnio y la depresión aumentaron notablemente. 

La aprobación de esta ley invita a seguir reflexionando también sobre la accesibilidad a los alimentos para revertir la situación. Esto atraviesa todos los caminos: tanto al caracterizar los obstáculos como al conocer la forma de comercialización de las industrias para que no decidan cómo y con qué alimentarnos, añadiendo la existencia de la brecha que regula los precios, los productos, el alcance, la publicidad y tantos otros factores que rodean a la alimentación. 

De la misma forma debemos cuestionar, con carácter urgente, no solo el acceso a los alimentos sino su continuidad: la imposibilidad de adquirirlos, el índice de pobreza, la accesibilidad de recursos y posibilidades. La pobreza y la desnutrición no desaparecen del debate en absoluto. Sin embargo, es relevante mencionar que esta norma persigue una alimentación digna lejos de crear trastornos de conducta alimentaria, dependencia y complicaciones de salud.

Y es que ejercer soberanía alimentaria es responder a las necesidades nutricionales y económicas, es resignificar la salud y no limitarla solo para la hora de comer: implica promover el autoconocimiento, responsabilizarnos en el uso de redes sociales, involucrar a las infancias dentro de su razonabilidad al cuestionamiento y conciencia de su alimentación, a practicar y exigir medidas que protejan el medio ambiente donde nos desarrollamos y hasta modificar nuestro lenguaje y la mirada de lo que entendemos por sanidad, belleza, consumo y cuidado. 

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