La deuda es con nosotras

Años de tareas domésticas y cuidados no remunerados, salarios pagados más bajos por igual tarea, derechos relacionados a la educación, salud, entre tantos. Hoy nos toca hablar a nosotras de economía…

Por Paula de Zavaleta Fermanelli – Abogada UBA

El movimiento de mujeres en Argentina hace mucho tiempo viene saliendo a la calle con una consigna: ‘la deuda es con nosotras’. Existe una deuda histórica con las mujeres y diversidades trabajadoras que es urgente saldar. Nos deben años de tareas de cuidado no remuneradas, millones de pesos en salarios con pagos más bajos por igual tarea que los compañeros varones, nos deben derechos, educación, salud; pero, sobre todo, nos deben tiempo de ocio, de placer y de desarrollo personal.

Revertir la deuda referente a los cuidados en los hogares y cerrar las brechas de género en el acceso y permanencia en los puestos laborales, no es la única que sigue pendiente. Sino también, un sistema financiero justo que garantice la autonomía económica de las mujeres y diversidades en los países latinoamericanos.

Al igual que en otros ámbitos, en materia financiera también se agudizó la desigualdad de género durante la pandemia iniciada en el año 2020, generando una creciente feminización de la pobreza. Tras el intento de recuperación socioeconómica que dejó la crisis COVID-19, según estudios realizados por la CEPAL, la pandemia provocó un fuerte retiro de las mujeres de la fuerza laboral. Es así que la participación laboral de las mujeres en América Latina tuvo un retroceso de 18 años en 2020, cayendo al 47,7%, estimándose que esta cifra llegó al 50% en 2021, lo cual significó que 1 de cada 2 mujeres se mantiene fuera del mercado laboral.[1]

Una vez más nos hemos organizamos para resistir, para hacer más fuertes las redes feministas que nos sostienen en una estructura económica patriarcal. Somos las que mantenemos una familia entera y nos la rebuscamos para que no le falte nada. Somos quienes luchamos por el aborto legal, seguro y gratuito y lo conseguimos. Somos aquellas a las que se nos exige un sinfín de responsabilidades, pero aquellas a las que dejan afuera cuando hay que tomar las grandes decisiones que conciernen al rumbo de nuestro país y su economía, decisiones que quedan para una mesa chica. Esto se viene replicando en todos los ámbitos sociales y políticos.

Sumada a esta deuda histórica hoy nos enfrentamos a un nuevo tipo de violencia económica: la violencia financiera, promovida por el acuerdo firmado con el FMI a raíz de la deuda tomada en el año 2018.

La deuda externa, que nos viene siendo impuesta desde hace más de medio siglo, opera como un dispositivo de control sobre la sociedad, condenando nuestro futuro como conjunto social y haciendo cada vez más frágiles los vínculos que nos unen. Tras siglos de desmantelamiento del aparato productivo y de privatizaciones de los bienes y recursos del estado nacional –pasando por su punto culmine en los años ’90 –, presenciamos una nueva forma de colonización financiera que genera obligaciones a nivel estatal y se traslada al ámbito de cada hogar.

Esta deuda es representada desde un funcionar en abstracto y un asunto que concierne a grandes actores de la sociedad, tiene consecuencias reales y concretas sobre cada familia argentina, generando presiones y desigualdades.

Cabe destacar que este ‘estadio de deber’ casi crónico no afecta a todas y todos por igual, sino que opera de modo diferencial dependiendo del género y del lugar que ocupamos en la economía del hogar: amas de casa, trabajadoras formales e informales, migrantes, campesinas y trabajadoras de la economía popular. Aquí la deuda no viene a homogeneizar estas diferencias, sino que las acentúa, siendo cada vez más difícil poder tomar decisiones con autonomía y proyección hacia el futuro. Viene a condicionar y modificar estructuras y proyectos de vida, como por ejemplo la decisión de formar una familia, la elección de un trabajo y sus condiciones, la dependencia a relaciones familiares y de parejas violentas por la falta de autonomía económica, entre otros casos.

Por ende, es imposible entender la violencia doméstica y la violencia de género como fenómenos aislados de las presiones constantes que genera el endeudamiento.

La realidad nos ha demostrado que las mujeres somos las más expuestas a la vulnerabilidad financiera, ya que no solo debemos hacernos cargo de los cuidados sino también gestionar el dinero para pagar los gastos derivados de los cuidados básicos: alimentación, vestimenta, servicios públicos, impuestos, etc.

A las circunstancias mencionadas, debemos sumarle, que muchas veces, nos vemos obligadas a pedir créditos a instituciones bancarias y financieras tomando deuda que no siempre podemos saldar. Todo esto sin considerar el consumismo barato y efímero de bienes y servicios que creemos necesarios para alcanzar la ‘inclusión’ que a su vez nos excluye y somete. Y si no fuera suficiente, también nos impone una especie de moralidad, sintiendo culpa y angustia que nos posiciona del lado de las ‘personas deudoras’, pertenecientes al mal llamado ‘tercer mundo’. Cuando la deuda no es más que un mecanismo de financiamiento para bancos y corporaciones, mediante la creación ficticia de dinero que luego otorgan en calidad de préstamos y tarjetas de crédito.

El plan es simple y se ha replicado en varios países. Primero se genera el endeudamiento de un país. Luego se ponen condicionamientos económicos y políticos para refinanciar la deuda: recorte social (educación, salud, jubilaciones), privatizaciones, libre comercio, apertura de mercados y destrucción del medio ambiente.

Como señalan las autoras Verónica Gago y Luci Cavallero en Una lectura feminista de la deuda (2020) “La deuda, entonces, organiza una economía de la obediencia que es, ni más ni menos, una economía de la violencia”; “Entender como la deuda extrae el valor de las economías domésticas, de las economías no asalariadas, de las economías consideradas históricamente no productivas, permite captar los dispositivos financieros como verdaderos mecanismos de colonización de la reproducción de la vida”. (p.22)

Tenemos que discutir la deuda externa y la deuda interna en conjunto, entender que las mismas se traducen directamente en ajuste para cada hogar, en relegar la posibilidad de una vida libre de violencia y autónoma, sin decisión sobre la construcción en base al deseo.

Sabemos que los ciclos de endeudamiento externo se imponen como mecanismos de dominación neocolonial y como forma de intentar acotar la soberanía nacional en la toma de decisiones estratégicas en materia económica, social, financiera, impositiva, laboral y previsional. Esta estrategia de poder que genera violencia económica hacia aquellos países del sur global, es un engranaje imprescindible para feminizar la pobreza, aumentar la violencia y mantener las estructuras patriarcales, sin generar posibilidades efectivas de empleo y progreso.

Por otro lado, en cuanto a las decisiones políticas legislativas hemos tenido Ley de Emergencia Pública cuasi inmediata ante el pánico del COVID-19 con sucesivas prórrogas por medio de Decretos de Necesidad y Urgencia. Nos parece importante comparar este despliegue instantáneo en contraposición con la falta constante e histórica de legislación y respuesta en materia de género; faltan medidas de protección para afrontar y llegar a tiempo a las situaciones de violencia de género, son escuetas las ayudas económicas que da el estado para acompañar víctimas, no hay abordaje real de la pandemia que nos mata día a día, los femicidios.

Por todas estas razones…

Exigimos soberanía para nuestros cuerpos y territorios, que abarca el acceso a la salud de manera integral y la defensa de la tierra y de todo lo que vive y crece en ella.

Necesitamos una economía que no dañe la naturaleza, que cuide nuestro suelo y nuestras vidas. Queremos decidir cómo alimentarnos, cómo desarrollar nuestras vidas y la de nuestro entorno, sin los agrotóxicos y semillas transgénicas. La producción de alimentos no puede estar concentrada en manos de quienes nos han llevado con su modelo al colapso económico y climático mediante políticas extractivistas, saqueadoras y coloniales.

Exigimos que el acceso a la vivienda sea real, donde todas las familias puedan tener una vivienda digna y propia, con una urbanización inclusiva de las villas y asentamientos de todo el país. El derecho a la vivienda debe verse como algo sustancial para nuestras autonomías.

Queremos que se sancione una Ley Integral de Cuidados, por el reconocimiento de las tareas de cuidado, por el derecho a contar con lactarios y centros de primera infancia en nuestros lugares de trabajo y barrios, para maternar y trabajar desde los 45 días, si así lo decidimos. Necesitamos que se extiendan las licencias por paternidad y maternidad para que las tareas de cuidado se realicen de forma igualitaria.

Exigimos que se pague igual salario por igual trabajo, e igualdad en las condiciones de acceso, permanencia y ascenso en el ámbito laboral. La deuda está con el trabajo formal y con el trabajo de las economías populares, invisibilizado; pero ambos mal pagos y precarios y que suponen una doble y hasta triple jornada.

La reconfiguración del mundo del trabajo y del modelo productivo, es una de las deudas más viejas que venimos arrastrando. Su democratización, despatriarcalización y desprecarización, sólo pueden ser logradas con nuestra organización, unidad y movilización para el planteo de demandas y propuestas.

Exigimos el desarme de los estereotipos de género que naturalizan la responsabilidad de las mujeres sobre las tareas de cuidado y también sobre su gestión financiera, remarcando la importancia de la igualdad de género.

Para que todas estas políticas puedan ejecutarse, destinándoseles los recursos suficientes, es que debemos rechazar esta deuda ilegítima que nos fue impuesta sin nuestro consentimiento y a costa de una mayor dependencia y sometimiento, elevando los niveles de pobreza, los despidos y el hambre.

Reclamamos que paguen la deuda quienes la contrajeron y aquellos que fugaron aprovechándose de nuestro pueblo. Quienes la convirtieron en especulación e inflación que sufrimos en nuestra vida cotidiana. Que la Justicia intervenga cada vez que un gobierno tome deuda externa y que se difundan los nombres de aquellos que la fugaron al exterior.

La deuda no es con el FMI, el Banco Mundial, el Club de París o con cualquier otro organismo internacional; sino con nosotras, las diversidades y con el pueblo argentino.

Por todo ello es que debemos entender y problematizar la deuda, no solo desde un análisis económico-financiero abstracto sino también desde un punto de vista de género, incorporándola a las luchas feministas. La deuda que toman los estados, se transfiere a todas, todes y todos y el pago pesa sobre nuestros cuerpos y familias.

Nosotras tenemos un trabajo político, un trabajo de construcción de unidad, un trabajo de planificación de estrategias que permitan alcanzar una patria justa, libre, igualitaria y soberana para el conjunto social.

No queremos que nuestras vidas sean explotadas por las tasas de interés usureras de los bancos y de todo un sistema financiero que se beneficia de que lleguemos a fin de cada vez más endeudadas.

Los intereses que debemos pagar en términos de vida, salud, educación y vivienda digna son cada vez más altos. No aceptamos que el solo hecho de vivir produzca deuda ni aceptamos vivir para pagar deudas y gastos.

Nada más sobre nosotras o sin nosotras.


[1] Bárcena, Alicia. «La deuda es con nosotras», informe publicado en CEPAL, 2022. Link: https://www.cepal.org/es/comunicados/la-deuda-es-nosotras-urge-romper-silencio-estadistico-avanzar-la-sociedad-cuidado-alicia

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