Malvinas, el hecho maldito de una Patria pendiente

Por Alexia De Luca y Ariel García

Un día 3 de enero como el de hoy pero en 1833, bajo el sol del verano austral, en tiempos de paz, sin previo aviso y por medio de la fuerza, la corbeta Clio de la Marina Real británica al mando del comandante Oslow desembarca en las Islas Malvinas, exigiendo la rendición y expulsando a las autoridades argentinas legítimamente instaladas al mando del comandante José María Pinedo.

Hoy, casi dos siglos después nuestra memoria sigue intacta y el reclamo por nuestras tierras persiste. Si bien los intentos diplomáticos siguen siendo frustrados, se busca lograr que el Reino Unido acate el Derecho Internacional Público y acepte la legitimidad de la soberanía argentina en el territorio usurpado.

De todos modos, múltiples interrogantes que dificultan la comprensión del fenómeno Malvinas persisten entre los habitantes del suelo argentino.

¿De qué manera llegamos a este estado de cosas? ¿Cómo se da la invasión? ¿Por qué nos cuesta tanto comprender qué significó la guerra? ¿Por qué el reclamo del Estado argentino es legítimo?

En primer lugar, como punto de origen del reclamo territorial soberano tenemos a los tratados de Utrecht de 1713 y el Pacto de familia de 1761, por los cuales Francia y España acuerdan respetar las tierras bajo sus dominios en todo el mundo, reconociéndose así el dominio de la colonia hispánica sobre las Islas Malvinas, en pos del Tratado de Tordesillas de 1494.

Es por estos pactos preexistentes que más tarde los gobiernos patrios de las Provincias Unidas tuvieron en cuenta las Islas Malvinas como territorio nacional: desde el comienzo fueron consideradas dentro de la herencia española por sucesión de Estados según el principio Uti Possidetis Juris de 1810.

Luego, el 10 de junio de 1829 acontece el nombramiento de Luis María Vernet como comandante militar de las Malvinas en Puerto Soledad, constituyendo otro de los argumentos históricos que legitiman nuestro reclamo por la soberanía territorial de las islas.

El 16 de enero de 1833, ante el desconocimiento de la acción de buques ingleses en suelo malvinense, el gobierno argentino insta al Encargado de Negocios británico a dar explicaciones.

El 22 del mismo mes, el Ministro de Relaciones Exteriores expide un reclamo ante el funcionario británico. El mismo fue renovado y ampliado reiteradamente por el representante argentino en Londres, aunque sin lograr una respuesta favorable por parte de Reino Unido.

En 1834, Inglaterra asigna a un oficial de la Armada la tarea de permanecer en las islas. Años después en 1841, se concreta la usurpación de las Malvinas, al designar un “gobernador” e incorporar como colonia esa parte de nuestro territorio nacional.

No sería de extrañar este proceder de la fuerza británica. Anteriormente, en 1766 tras una expedición clandestina al archipiélago, levantaron un fuerte en el oeste malvinense bautizándolo «Port Egmont”, hecho que expone fehacientemente el carácter de usurpación y colonialismo en el accionar británico.

Ya entrados en 1884, teniendo en cuenta el nulo interés de Gran Bretaña en negociar o siquiera expedir respuesta a los reiterados reclamos, las autoridades argentinas proponen elevar la protesta a un arbitraje internacional, lo cual nuevamente fue denegado por el Reino Unido sin justificación alguna.

Podemos afirmar, dado lo expuesto, que jurídicamente hablando la Argentina jamás renunció a sus derechos, encaró reclamos diplomáticos y pacíficos permanentes – únicamente interrumpidos durante los 74 días que duró la guerra- obteniendo un visto favorable de organismos internacionales como la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Tras 188 años los reclamos continúan, aunque infructuosamente, se busca lograr que el Reino Unido tenga a bien respetar el Derecho Internacional Público y acepte que de ninguna manera el uso de la fuerza puede legitimar la apropiación territorial.

En 1960 la Resolución N° 1514 (XV) de las Naciones Unidas “Declaración sobre la Concesión de la Independencia a los Países y Pueblos Coloniales”, conocida como “Declaración sobre Descolonización de 1960”, establecía que “La sujeción de los pueblos a una subyugación de nación, dominación y explotación extranjeras constituye una denegación de los derechos humanos fundamentales, es contraria a la Carta de las Naciones Unidas y compromete la causa de la paz y de la cooperación mundiales”.

No obstante, Gran Bretaña silenciosamente siguió violando el derecho internacional público, manteniendo colonias en gran parte del mundo.

En 1965, el “Comité de Descolonización” de las Naciones Unidas establece que en las Islas Malvinas existe un conflicto de soberanía e insta a las partes a reanudar las negociaciones para poner fin al estatus colonial teniendo en cuenta los intereses de los malvinenses.

De esto deviene, que las propias Naciones Unidas, con la abstención de Gran Bretaña, quien acepta tácitamente la existencia de una situación de colonialismo, considera el “Conflicto Malvinas” una situación en falta con el Derecho Internacional, considerando a los habitantes malvinenses no como víctimas sino como súbditos de la colonia británica. La propia Resolución N° 1514 de 1960 establece en su artículo 6° que “Todo intento encaminado a quebrantar social o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”.

Desde 1994, nuestra Constitución Nacional en su Disposición Transitoria Primera  reza: «La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional”; consagrando el objetivo persistente de recuperar nuestra soberanía sobre dichos territorios y espacios marítimos, en pos los principios del derecho internacional.

El hecho contemporáneo con mayor relevancia en la lucha por nuestra soberanía, tiene lugar un 11 de marzo de 2016 y 17 de marzo de 2017, cuando la Comisión de Límites de la Plataforma Continental (CLPC), organismo creado por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), aprueba las “Recomendaciones sobre la presentación argentina del límite exterior de la plataforma continental”, realizada el 21 de abril de 2009. La gran importancia de este suceso radica en que por medio de dichas recomendaciones, la Argentina ha demarcado el límite exterior de su plataforma continental cumpliendo con las disposiciones de la CONVEMAR y con las directrices científicas y técnicas y el Reglamento de la CLPC.

Esto significa que al realizarse la presentación completa del límite exterior de nuestra plataforma continental se incluye la prolongación natural de nuestro territorio, es decir, la parte continental, insular y a la Antártida Argentina, reafirmando, una vez más, nuestra legitima soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y espacios marítimos circundantes ilegítimamente ocupados por el Reino Unido.

Actualmente se sigue trabajando en políticas a largo plazo que sostienen en el tiempo el reclamo de nuestra soberanía arrebatada en la usurpación de las Islas Malvinas, desde la creación de la “Secretaría de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur” hasta la firma de un convenio con la Universidad de Buenos Aires (UBA) de cooperación mutua para promover la investigación, capacitación y difusión de las cuestiones vinculadas a las Islas Malvinas, la Antártida y las Islas del Atlántico Sur.

Desmalvinizacion: La guerra por la consciencia

El término “desmalvinización” fue acuñado por primera vez por el politólogo francés Alain Rouquié, cuando en una entrevista realizada por el periodista Osvaldo Soriano para la revista Humor en el año 1983, sostuvo desde París que “…quienes no quieren que las fuerzas armadas vuelvan al poder, tienen que dedicarse a desmalvinizar la vida argentina.”

Así, de forma quizás prematura para muchos, se sintetizó lo que con el tiempo fue cobrando sentido empírico al corroborarse el fenómeno en el devenir de la vida nacional. En una Argentina aún en estado de ebullición donde era preciso consolidar la democracia, de otra manera, las fuerzas armadas tendrían siempre una excusa para recuperar el poder, sosteniendo que tuvieron la función evidente y manifiesta de defender la soberanía nacional. Lo cierto es que esta categorización, constituyó un dispositivo político-discursivo orientado a producir un “relato” e instalar un “imaginario” sobre Malvinas en la sociedad argentina. De buenas a primeras políticos, académicos, periodistas, personajes públicos y los medios de comunicación en general, comenzaron a reproducir de manera sistemática falacias y mistificaciones sobre lo ocurrido en Malvinas, que no se correspondían con las experiencias de los combatientes ni con el sentido histórico del reclamo.

El objetivo era evidente: deslegitimar la guerra contra el imperialismo inglés por la vía de sembrar indignidad y deshonra en todo lo que tenga que ver con Malvinas. Existía una necesidad de darle cimientos fuertes a una nueva democracia naciente y para eso se debían restablecer lazos comerciales con el mundo, especialmente con el eje angloamericano.

El operativo desmalvinizador se centró en la deshistorización del conflicto, la victimización sostenida de nuestros soldados bajo el eufemismo “los chicos de la guerra”, la censura sobre los acontecimientos en el campo de batalla, la categorización de víctimas en lugar de héroes, el ocultamiento del altísimo valor estratégico y geopolítico de los territorios ilegalmente ocupados, la “teoría del loco” y el general borracho que quería perpetuarse en el poder asimilando la “causa Malvinas” de manera estructural a la dictadura militar, la apelación a la autodeterminación o al deseo de los isleños como fórmula para resolver el conflicto, la falta de cobertura a la acción de los ex combatientes y sus familias por parte de los medios de comunicación y la clase política, la satanización de oficiales y suboficiales, el establecimiento del antagonismo democracia europea vs dictadura argentina y el ocultamiento de los crímenes británicos, entre otras cosas.

Entonces, ¿cuál es la causa de semejante aparato propagandístico y por qué se ejecutó?

Lo cierto es que la guerra de Malvinas despertó una ola gigantesca de movilización social y de unidad nacional en torno a la soberanía e independencia nacional. En palabras de Rouquié, “…el reclamo por Malvinas permitía, justificar la existencia y función de las fuerzas armadas y creía que en los jóvenes, con el sentimiento patriota, podrían resurgir un populismo similar al peronismo de 1945. Por lo tanto, se buscaba restablecer la normalidad de las relaciones con las grandes potencias y dejar de lado la guerra y sus efectos.”

La guerra de Malvinas podía sentar un peligroso precedente que desafiara la hegemonía que ejercen los países poderosos sobre el conjunto de la periferia mundial. Podía, además, desplazar la ola de nacionalismo territorial a otros planos, tanto o más peligrosos, tales como el económico o el cultural. En suma, la guerra de Malvinas debía ser eliminada como factor de movilización popular para la lucha antiimperialista. Era preciso despojarla de cualquier vestigio de patriotismo y de heroísmo. Las muertes de nuestros camaradas debían ser convertidas en un sinsentido atribuible a la locura de un grupo de militares y no al doloroso precio que los pueblos periféricos pagan por enfrentar a los gendarmes del mundo. Los verdaderos autores de los crímenes tenían que ser ocultados tras una gruesa telaraña de falsificaciones y mentiras.

En fin, procurando identificar los ejes en torno a los cuales se construyó el paradigma dominante a través de la instalación de este discurso hegemónico, vemos que como todo paradigma convirtió “en verdad de sentido común” aquello que representa “una manera de ver el mundo”. Esa manera de ver el mundo, según Thomas Khun, lleva inscripta en su gramática la marca ideológica de los intereses imperialistas agresores.

Este mecanismo maniqueo es el dispositivo tecnológico de inteligencia más sofisticado de las potencias centrales dueñas del mundo moderno, ya que fueron avanzando en la práctica del mismo hasta lograr su perfección en la actualidad; al punto tal de introducirse en el terreno de los derechos civiles, políticos, sociales, económicos y culturales. En la soberanía propiamente dicha.

No solo imprimen sus propios intereses en la voz autóctona de los pueblos, sino que al mismo tiempo llevan a cabo un proceso de colonización cultural; borrando la historicidad de sus batallas, desvirtuando los valores en los que forjaron su Patria, haciéndolos predicadores de categorías foráneas que no les son propias y no tienen que ver con sus raíces, y estableciendo falsas dicotomías entre sus naturales que no hacen más que dividirlos y falsear su sentido de pertenencia.

Es la consciencia nacional socavada, que a veces nos hace tan cercanos en lo trivial, pero muchas otras nos hace cavar nuestra propia fosa.

Es por eso que es tan importante poner de relieve y mantener en alto el proceso histórico de Malvinas, sostener nuestro derecho soberano legítimo sobre las Islas, reconocer el carácter heroico de la gesta de cada uno de los combatientes y del pueblo argentino en su conjunto, resignificar el sentido patriótico y cultivar las grandes tesis que nos harán una nación grande.

El fenómeno Malvinas tiene que ser la piedra fundacional para replantearnos cuales son los problemas centrales que hacen sangrar a la Patria y de qué manera librar las batallas. Cuando un pueblo tiene sentido heroico de la vida, forja su historia con caracteres de epopeya. De otra manera, la historia se volverá a repetir. Como decía Hegel, “todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces”, “la primera vez como una gran tragedia, y la segunda como una miserable farsa”, agregaría Marx.

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