Hora de elegir: Crónicos militantes del aislamiento, o Protagonistas de un futuro diferente – Parte I

Vivimos una crisis sanitaria debido la constante y total transferencia de riquezas y de trabajo a manos de grupos financieros globales. Esas riquezas debieron haber sido destinadas durante muchos años, con todo el avance científico y tecnológico, a fin de organizar una comunidad digna, sana, bien alimentada, con techo propio y un hábitat saludable. El desafío que se nos presenta, en esta nueva Era, es el de evitar a toda costa convertir el encierro y el aislamiento en un remedio crónico y urgente para resolver la emergencia, por nuevamente pasar años desatendiendo lo importante.


Por Ariel Duarte – Abogado

En este joven periódico, nos propusimos desde un primer momento intentar hablar de “lo importante”, que al decir de un gran prócer, siempre fue “enemigo de lo urgente”.

Hoy todo cambió. Lo importante se hizo urgente: casi la totalidad de los gobiernos del mundo declaran estar en una guerra contra un enemigo pandémico e invisible: el Coronavirus o Covid19.

El sistema sanitario implosionó en las latitudes del Norte, amenazando con hacerlo en Argentina y en la totalidad del Hemisferio Sur, a una escala que sólo la literatura distópica podría especular.

La cuestión sanitaria dejó de ser aquella lejana reivindicación de los trabajadores de la salud, sindicatos que molestaban cortando calles, o eternas conversaciones de las víctimas que, en un tercer tiempo hospitalario, discutían el padecimiento que implicaba ir a una guardia pública.

Otros también recordaban la cuestión sanitaria como ese romanticismo de viejas políticas públicas de la década del 40, de la mano del Dr. Ramón Carrillo, primer Ministro de Salud de la Nación, que inició junto a la Fundación Evita y el Estado una carrera histórica y victoriosa por extinguir cientos de enfermedades. Epidemias que eran propias de un país injusto, donde la desnutrición y el hacinamiento eran moneda corriente.

Setenta años luego, habiendo vuelto tristemente a enfermedades que parecían terminadas -como la tuberculosis-, la cuestión sanitaria, en sólo dos semanas, pasó a ser el titular de cualquier zapping y la preocupación central de cualquier argentino y argentina.

Convertirte repentinamente en urgente, siendo lo más importante, es una frase que sólo en este momento podemos comprender.

Mientras tanto, los eternos amigos del posibilismo, poco a poco y por la dureza de los acontecimientos, vuelven a enamorarse de esa vieja cepa que nos acompaña con el niño y niña que guardamos adentro: soñar en grande y animarse a todo.

Es hora de tomar conciencia sobre lo que es de mediano y largo plazo, que en la mayoría de los casos, requiere de decisiones sustanciales y políticas de Estado de inmediato.

En definitiva, todo lo importante tiene aspectos urgentes que deben atenderse en el corto plazo, para poder decir en un futuro que hemos cumplido con aquellos planes.

Si no se comienza a trabajar desde este preciso momento, el largo plazo seguirá siendo el viejo y conocido rehén de la “correlación de fuerzas” y el posibilismo de cada momento.

Esta es la primera entrega de un ensayo, quizá caótico en ideas -como los acontecimientos que vemos a diario-, para poder echar luz sobre el nacimiento de un nuevo mundo, no por nuevo mejor, no por nuevo peor, simplemente, somos testigos de días cruciales del comienzo del cambio de época que desde hace tiempo se venía previendo.

Lenin, quizá un indiscutido especialista en política y revoluciones, señalaba que existen días en los cuales suceden determinados acontecimientos que pueden significar el cambio de una Era, el paso de una Edad a otra, que aquellos eran los cambios verdaderamente revolucionarios que la humanidad transita. Un concepto de revolución similar al de la evolución fatalista, es decir, determinados cambios sustanciales que fatalmente el ser humano atraviesa en su larga marcha de integración.

Finalmente nos avivamos

Esperamos que los historiadores, cuando cuenten el presente que estamos viviendo, sean justos y mencionen toda la virtud y la suerte que nos acompañó en estos días.

Lo de la suerte es una cuestión fácil de entender. Mientras el Covid19 se incubaba en el pueblo de Wuhan en un invierno que será inolvidable para todo el Norte, nosotros en América Latina no sabíamos ya qué capa de piel sacarnos para aguantar el recalentamiento de nuestras ciudades.

Tuvimos suerte de tener tiempo hasta el próximo invierno, para no cometer los mismos errores que ya cometimos al desfinanciar, provincializar y privatizar el sistema sanitario durante casi 50 años. Winter is coming.

La virtud es un tema más complejo, pues al principio existía una suerte de militancia del escepticismo mediático.

Un discurso se impregnó en nuestra sociedad, producto de la sobreinformación y del descreimiento político y social: todo lo que viene de los medios es falso o exagerado.

Quizá muchos somos cómplices de esto, porque al querer enfatizar en que los medios de prensa son también empresas con intereses, al querer recalcar que Grupos como Clarín “mienten”, nos olvidamos que ellos son constructores de perspectivas interesadas y mal intencionadas, pero que eso no significa la inexistencia de fenómenos concretos y reales sobre los cuales trabajan estos medios. La forma en que describen un acontecimiento no significa que el mismo no hubiese ocurrido.

Tarde o temprano, tuvimos la virtud de empezar a avivarnos. Los locos que eran tildados de exagerados, apocalípticos, “tirabomba” o dramáticos, empezaron a guardar silencio frente a un ejército de testimonios en audios, fotos y videos, que mostraban cómo el sistema de salud del llamado “Primer mundo” estaba colapsando.

También, en la sintonía del escepticismo, se ha llegado a escuchar de parte de los de a pie, de “gente como uno”, que esta enfermedad no era grave porque “ataca a los más viejos”, que a los jóvenes les significaba una gripe.

Por suerte nos fuimos avivando, y nos dimos cuenta que en un colapso del sistema de salud no se salva nadie, ni el más joven, ni el más viejo, ni el más rico, ni el más pobre.

Hospital italiano en Lombardía

Por otro lado, ningún ser humano es descartable, y mucho menos nuestros mayores, son la reserva histórica, cultural y espiritual de un país que pudo ser distinto, de un mundo distinto, el testimonio de otras épocas en las que no todo estaba de rodillas ante el lucro, las bolsas de Wall Street y el gobierno del Dios dinero.

Ahora bien, ¿Es hasta acá a donde llega la reflexión de lo importante del problema? El ejército de testimonios volvía a emerger e incluso se dirigía en forma personal: “No sé cómo podría ser esto si va hacia América Latina o África, acá tenemos un sistema de salud grande y colapsó, acá la gente tiene una vida más o menos digna y muere como moscas o caen internadas con Neumonía intersticial bilateral”.

Tampoco una sociedad puede descartar a los más postergados, a los olvidados de esta tierra. Este virus puede significar un martillazo letal para los miles de millones de excluidos del Sur, no sólo en términos sanitarios, que ya se encuentran en emergencia hasta por falta de agua potable, sino por la crisis social que significaría.

Por último, llegó el día en que tuvimos la virtud de entender que la clase media, como categoría teórica en un país colonial, periférico y del tercer mundo, en realidad no existe.

Argentina, uno de los primeros países del Sur en proporción poblacional de clase media, que entre 2002 y 2015 logró duplicarla, hoy evidencia que la capacidad de consumo salarial (viejo parámetro estadístico de este segmento social) puede sucumbir fácilmente frente a una pandemia global y al colapso de su sistema sanitario.

En pocas semanas, nos cayó la ficha: estamos todos y todas en el mismo barco, un bote prestado, rústico y agujereado, del cual incluso debemos varias cuotas de alquiler. Allí, durante los años de progreso, nos dimos el lujo de hacer un sector vip con un barcito bien ambientado, para los que pudieran comprarse un trago.

Este gran barco llamado América Latina, frente al tsunami invisible del Covid19, posiblemente será tumbado, sin dejar una sola diferenciación entre consumidores en pie. Por nuestros pulmones corría el mismo aire.

El hecho maldito: un ejemplo entre los países hermanos

Los cinco siglos de colonialismo están cayendo sobre nuestra vida con todo su peso y todo su dolor.

Nuestra clase media argentina, de la cual muchos formamos parte, hasta ahora veía la miseria y la desnutrición como el triste reflejo de una realidad injusta que difícilmente nos iba a alcanzar con toda su crueldad.

Hoy, al ver el colapso del sistema sanitario europeo y norteamericano, sentimos cómo el hecho de ser un país de la periferia del mundo, de rodillas ante los poderes financieros y en un estancamiento social y económico de varias décadas, es una gran sombra que poco a poco se hace carne y pretende devorar nuestra rebuscada comodidad.

La sombra del coronavirus vino a peligrar la incipiente y caótica tranquilidad que permite ser un asalariado registrado de un mundo globalizado, con cierta capacidad de consumo, pero una total incapacidad de acceder a una vivienda propia.

La revolución justicialista y del ascenso social fue un lujo generacional que no todos los países del tercer mundo pudieron vivir.

Un buen día terminó de nacer nuestra clase media argentina, hijos e hijas de una gesta única que dio trabajo y prosperidad por décadas, martillada por la inconsciencia, dictaduras y democracias del orden establecido. Los que viajan al exterior son testigos que poquísimos mulatos y mestizos brasileros veranean en el exterior, y que son pocos los chilenos, colombianos o mexicanos que hacen las veces de turistas en las costas de Miami o Ibiza.

Argentina ha logrado ser el país de América que cerró brechas de desigualdad como nunca antes se había logrado

El Covid19, que está provocando quizá el susto social más grande que nuestro pueblo vivió desde el Corralito, golpeará en un grado muchísimo más violento y desgarrador en naciones hermanas.

Iglesia en Bergamo, Italia.

Para entender el segundo baldazo de agua fría o realidad que estamos viviendo en este Siglo XXI, invitamos a reflexionar sobre un ejemplo que explica nuestro origen cultural y social, portador metonímico de un gran fenómeno.

Argentina tiene una dicha, su plato típico se come con cuchillo y tenedor, otros países hermanos mantienen su tradición cucharera, o bien sus comidas se comen con la propia mano.

Este hecho de la cultura culinaria tiene una explicación económica y social: por Argentina pasó Perón.

Independientemente de las discusiones en torno a la carne en sí, los argentinos y argentinas podemos cada tanto comer un bife ancho, un asado o un vacío en un plato.

Somos una Nación por la que corrió mucha sangre y esfuerzo para que las proteínas de los animales de cuatro patas pudiesen pagarse en un precio local, diferenciado de la exportación en dólares. En otros países vecinos, como Chile, no ocurre, en tanto pagan el kilo de asado 4 a 5 veces más que nosotros, y el salmón, que supuestamente abunda, tiene que ser pagado –al igual que nosotros- en el precio de exportación.

El mismo prócer de la primera frase, supo definir al medio pelo argentino como “víctimas del progreso social”. En criollo: te fue bien pero te pegó mal.

Somos herederos de un país que socialmente pudo lograr el hecho histórico de eliminar la deferencia, es decir, los resabios nobiliarios de la cultura oligárquica. Pudo garantizar que hijos de obreros y obreras ingresaran en la universidad, créditos para iniciar industrias propias o acceder a la primera vivienda.

Sin embargo, muchas de esas conquistas las vemos como datos de una realidad que no puede ser de otra manera, y nos quejamos porque no somos como esas luces que nos encandilan desde el horizonte, más allá del puerto de Buenos Aires. Nos pisamos las cabezas entre los pares que nos rodean, para poder alcanzar una altura que nos enceguezca aún más.

Lombardía, filas de camiones transportando italianos que no pudieron con el virus

Así es que atravesamos 70 años de historia, y hasta hoy todavía creíamos que éramos algo diferente a las marchas de excluidos y hambrientos que cortan calles y rutas, que nuestro destino era otro más parecido al del modelo neoliberal, meritócrata, occidental y exitoso, o simplemente a la familia que busca, con total derecho e inocencia, cambiar el auto cada 4 años y comprar una casa quinta donde pasar sus fines de semana.

La realidad una vez más nos abrumó y logró mandarnos a todos a nuestras casas.

Pasamos de ser consumidores a potenciales pacientes, pasamos de ser pobres a potenciales muertos.

Nos dimos cuenta que ni siquiera el sistema de obras sociales y prepagas será suficiente para afrontar lo que viene. Tememos por si esa atención, que hasta ahora merecía alguna que otra queja, hoy garantizará la vida a nuestros padres, madres, abuelos y abuelas.

El disfrute de los viajes se acabó, el paseo por el shopping, bares, comer y gastar en restaurantes, cines, teatros, todas estas experiencias pasaron a ser tristes postales de un pasado que considerábamos realidad, pero que resultó ser un bello recuerdo para los que todavía no afrontábamos la lucha por la supervivencia.

Puente de San Francisco en Modo Pandemia

Mil novecientos ochenta y cuatro

Hoy adoptamos una nueva vida, en una emergencia comprensible y justa: somos Policías del aislamiento, condenamos a los que se juntan y movilizan, nos relacionamos con el mundo a través de los celulares y nos enteramos de lo que sucede por medio de la televisión, que nos avisará en grandes conferencias de prensa cuáles son los momentos para salir a la calle, consumir y luego volver a nuestras casas.

1984 llegó con toda su furia y a escala global, más allá de encontrarnos ante una causa justa: el método del aislamiento obligatorio y cierre de fronteras -provinciales y nacionales- se implementó por primera vez en las dos terceras partes del Planeta en forma simultánea.

Sin darnos cuenta, pasamos de ser escépticos mediáticos a militantes fundamentalistas de una coyuntura de guerra, completamente necesaria para prevenir el colapso. Hashtagueamos #mequedoencasa con total naturaleza, pero tenemos frente a nuestros ojos la dramática posibilidad de hundirnos en una vieja y conocida miseria humana, el control de los cuerpos.

Seamos claros en esto: la causa estructural de esta crisis sanitaria global que nos lleva al aislamiento es fruto de la inacción y traición de la dirigencia de los diferentes Estados durante décadas, así como de la falta de conciencia y represión constante de los movimientos populares que plantearon otro camino. Vivimos una crisis sanitaria debido la constante y total transferencia de riquezas y de trabajo a manos de grupos financieros globales. Esas riquezas debieron haber sido destinadas durante muchos años, con todo el avance científico y tecnológico del cual nos vanagloriamos, a fin de organizar una comunidad digna, sana, bien alimentada, con techo propio y un hábitat saludable.

El desafío que se nos presenta, en esta nueva Era, es el de evitar a toda costa convertir el encierro y el aislamiento en un remedio crónico y urgente para resolver la emergencia, por nuevamente pasar años desatendiendo lo importante.

Es el momento para frenar nuestro “tiempo en pantalla” y dar un salto cualitativo como seres humanos, montarnos sobre una realidad completamente extraordinaria, aprovechar el estado de conmoción y prepararnos para los grandes desafíos, tomar las decisiones que una economía de guerra amerita, para que nunca más temamos la posibilidad de un colapso total de nuestro sistema de salud.

La cuarentena pasará, como pasan todas las cosas, pero la gran prueba de fuego se hizo. La Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia respecto a un virus global.

Un estudio de 2015, dirigido por Ralph Baric y el grupo de científicos norteamericanos que venían abordando el virus del SARS (síndrome respiratorio agudo severo) proveniente de los murciélagos de herradura chinos, advertían la inminente posibilidad de un nuevo brote. En 2002 y 2003, el SARS, que se originó en estos mamíferos voladores, se extendió por China y otros países, cobrándose la vida de unas 800 personas. El estudio de hace cinco años, sugería «un riesgo potencial de la reaparición del SARS-CoV de los virus que circulan actualmente en poblaciones de murciélagos» y subrayó que el nuevo virus sería capaz de transmitirse directamente de murciélagos a humanos.

Ralph Baric – Los simpsons siempre lo dijeron

En aquel entonces, Baric dijo: «Los estudios han pronosticado la existencia de casi 5.000 coronavirus en poblaciones de murciélagos y algunos de estos tienen el potencial de emerger como patógenos humanos».

Por último, concluyó en 2015 que «Esta no es una situación de ‘si’ habrá un brote de uno de estos coronavirus, sino más bien cuándo aparecerá y qué tan preparados estaremos para abordarlo».

Una vez explotada la pandemia, luego de que los medios de comunicación hayan sido cómplices y promotores del abandono de los sistemas sanitarios globales, considerados como gastos que no dejaban ganancia, se unieron a  los gobiernos de Occidente en una orden inquebrantable hacia toda la ciudadanía: todos a sus casas en forma preventiva, aislados y sin relacionarse, porque los pueblos y sus sistemas de salud, en especial los del Sur, no aguantarán lo que viene.

“Hemos abandonado las defensas y destruido la muralla de nuestra Ciudad, ahora los invitamos a todos a encerrarse en sus casas porque nos están invadiendo y no podremos combatir este ataque”.

La realidad, en una potencia incontrolable y casi psiquiátrica, pasó a verse únicamente por televisión y redes sociales. Los pocos locos, irresponsables, o quizá también simples trabajadores informales que deben luchar el pan de cada día, sufrieron la condena de sus propios vecinos o de los movileros mediáticos, que los denunciaron en vivo y advirtieron a las fuerzas del orden.

Podemos decir que, como sociedad, en tiempos de guerra y contra este enemigo invisible, en medio de la emergencia por no haber atendido lo importante, todos y todas comprendimos y defendimos la misma consigna, quedarse en casa, que es lo razonable para prevenir un daño mayor.

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud.

El asunto, insistimos, es el siguiente, considerando las enseñanzas de Karl Von Clausewitz, en cuanto a que “la guerra es una continuación de la política por otros medios”, y que sólo se gana una guerra si luego se logra triunfar en las condiciones de paz: ¿Vamos a estar dispuestos a ganar la paz cuando toda la locura colectiva termine?

Ganar la paz, entre otras cosas, implica garantizar un sistema de salud digno y una política sanitaria de alimentación y prevención para todo nuestro pueblo, lo que requiere de recursos para poder cumplirlo, que en este momento se encuentran en manos de la misma minoría que peleó oportunamente por desinvertir y desmantelar todo lo público y todo lo que pudiese llegar a significar un beneficio para las personas.

Christine Lagarde, ex Diretora del Fondo Monetario Internacional y actual Directora del Banco Central Europeo,

Es la hora de elegir entre ser crónicos militantes del aislamiento o protagonistas de un futuro distinto.

Si no atendemos la causa estructural de esta gran crisis sanitaria, nos tendremos que acostumbrar a un intermitente ejercicio del aislamiento y actitud policiaca entre iguales, con la pérdida de libertades y derechos que eso significa, y con el riesgo de seguir exponiendo a miles de millones de personas a constantes bombardeos de desinformación por pantallas, mientras no tiene otra tarea por hacer que alimentar la adicción y ansiedad del que está aislado.

En las próximas entregas de esta Hora de elegir, vamos a profundizar en el fenómeno de la llamada Tercera Guerra Mundial que los pueblos y gobiernos del mundo transitan, que en esta coyuntura presenta un viejo y conocido tipo de enemigo: el “virus” invisible que a todos y todas puede atacarnos, en cualquier lugar y momento. Ayer era comunismo, nazismo, fascismo, subversión o terrorismo, hoy se llama Covid19.

Por otro lado, abordaremos las posibilidades económicas y jurídicas que una guerra ofrece para nuestra Nación, entre las cuales anticipamos la figura legal y jurisprudencial de la “fuerza mayor”.  Podemos advertir que el derecho anglosajón y continental europeo coinciden en una misma conclusión para la fuerza mayor, caso fortuito o “Act of God”: el cumplimiento de las obligaciones y los contratos puede tornarse en forma temporal o permanente de imposible cumplimiento, sin derecho a indemnización.

Leer esto nos hace acordar a nuestra vieja amiga deuda externa, a las concesiones de servicios públicos y de explotación de recursos minerales, hidrocarburos, producción y comercialización de alimentos, tantas cuestiones que en tiempos de guerra requieren de otra funcionalidad y otro tipo de administración.

Para finalizar esta Serie de cuarentena, que tendrá próximos capítulos, concluiremos en una vieja conocida anécdota del Mao Zedong,  gran líder del pueblo chino, un pueblo que demostró ser un verdadero protagonista desinteresado en la ayuda internacional humanitaria de esta crisis, con tecnología, equipamiento, medicamentos e investigación científica a fin de resolver este drama. Un periodista maoísta francés le preguntó a Mao, en la década de 1960, cuál era su opinión sobre los sucesos históricos de la revolución francesa de 1789. Mao, después de pensar en una respuesta adecuada y elaborada, prefirió sincerarse: “Faltan todavía varios años para entender las consecuencias de semejante evento histórico”.

El Covid19 vino a confirmarnos que luego de esta Tercera Guerra Mundial nada será como antes. Depende de nosotros si la injusticia sigue siendo como siempre.

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