En el siglo XXI, la vuelta al Ágora es posible

La democracia argentina tiene muchísimos problemas, es algo innegable, pero la solución está lejos de centrarse en un régimen autoritario. A los problemas de la democracia se lo resuelve con más y mejor democracia. Sin embargo, hay que reconocer que este modelo de democracia representativa liberal occidental no logra canalizar ni resolver los problemas del siglo XXI, por lo que requiere un cambio que tome en cuenta la voz de pueblo.


Por Eliseo Marchetti – Facultad de Derecho UBA

En las últimas semanas, hemos presenciado la reaparición de un fenómeno que se creía extinto en la política argentina: el fantasma del golpe de estado. No obstante, la amenaza de la caída del régimen democrático hoy no pareciera algo factible, las condiciones materiales necesarias se ven muy lejanas debido al sostenido proceso de desmantelamiento y desprestigio que han sufrido las fuerzas armadas desde el retorno de la democracia.

Aunque este suceso no se daba en la Argentina desde hace muchos años, no es sorprendente que en este contexto afloren este tipo de discursos; Y cuando nos referimos a este contexto, no estamos hablando ni de la pandemia ni de la crisis económica, sino de la profunda crisis de representación político partidaria que acarrea Argentina producto del estallido social del 2001.  El “Que se vayan todos” ha calado tan hondo en la sociedad argentina, que ni siquiera el alto nivel de popularidad que supo tener el Kirchnerismo logro atenuar los efectos que los fatídicos hechos de ese año generaron. Para entender a que nos referimos, es necesario hacer un breve recorrido histórico.

Con la llegada del peronismo a mediados del siglo pasado, como plantea Juan Carlos[1] Torre, la Argentina salió de la lógica de los clivajes[2] que tenían en ese momento los sistemas de partidos de occidente. A partir de ese momento, el eje que estructuraría al sistema pasaría a ser la lógica peronismo-no peronismo. Por un lado, en el polo no peronista podíamos encontrar a tres grandes grupos: la UCR, los partidos de centro-derecha y los de centro-izquierda (o progresistas para llevarlo a términos más actuales). Estos, por lo general, se organizarían encolumnandose detrás de la opción no peronista con mayores posibilidades de ganar (vale la pena aclarar que nos referimos a elecciones en las que el peronismo no estaba proscripto).

Dicha lógica siguió repitiéndose hasta los años 90, cuando el menemismo, ignorando las bases históricas del peronismo, decidió dejar de lado las banderas que siempre había sostenido el movimiento justicialista. Esto último, no solo puede verse en la batería de políticas neoliberales que implementó, sino en la cuestión que efectivamente aquí nos atañe, en la uniónentre el “peronismo” y la UCeDe.

Para ese entonces, el peronismo había abandonado sus banderas y los partidos de centro-derecha habían dado el salto al polo peronista. Una clase política sumamente desprestigiada, sumado a un cambalache ideológico donde el peronismo ya no se parecía en nada a lo que había sido, pero a la vez la opción de la vereda de en frente no proponía cosas muy distintas, fueron el caldo de cultivo perfecto para que este clivaje que había estructurado el sistema de partidos argentino desde mediados de siglo XX explotara al inicio del nuevo milenio.

Allá por diciembre de 2001 podíamos escuchar como en las calles sonaba como un himno de bronca “Que se vayan todos, que no quede uno solo”. Esa democracia con la que se iba a poder comer, educarse y tantas otras cosas nunca había podido reflejarse efectivamente en la realidad. Pese a esto, el espíritu democrático de la sociedad argentina no sucumbió, pero fue un antes y después en lo que refiere a la forma en que se estructuraría el voto y a los modos de organización de la sociedad civil, sobre todo para los sectores populares que se habían robustecido con las políticas de los años previos. Entendemos que también estos sucesos darían pie a muchos de los discursos anti política que escuchamos hoy en día.

El proceso de recuperación económica iniciado por el presidente Néstor Kirchner y el posterior armado de lo que hoy conocemos como Kircherismo logro que algunos sectores desencantados volvieran a confiar en la política. La lógica peronismo- no peronismo parecía resurgir, pero con ciertas diferencias a lo que había lgna vez fue. La famosa grieta tuvo como consecuencia que vastos sectores del electorado se encalmaran en uno u otro lado no por una cuestión de afinidad,sino que por oposición a la otra parte. La relación entre “cúpulas” y bases (excepto en lo que vulgarmente se le dice núcleo duro K) hasta el día del hoy posee lazos muy débiles, los cuales solo se alimentaban por la oposición a lo otro, es decir, lo que se conoce como una política de detractores.

Por otro lado, el estallido social del 2001 tuvo como otra de sus grandes consecuencias nuevas formas de organización de la sociedad civil. Las políticas económicas neoliberales produjeron altos niveles de desempleo, informalidad y el empobrecimiento de miles de personas. En este contexto, teníamos dos problemas:  el descreimiento de la política por un lado y los altos niveles de desempleo e informalidadpor el otro, lo cual dificultaba la participación sindical de estos sectores.  Por este motivo, creemos que no es casualidad el surgimiento de los movimientos sociales y otros tipos de organizaciones con estructuras mucho más horizontales. Estos movimientos nacieron como representantes de esos sectores que habían quedado excluidos, tanto por los partidos como por los sindicatos producto de la coyuntura. En un principio, se alzaron en oposición a los partidos, pero con el paso de los años algunos fueron encauzándose dentro de ciertos sectores, siempre manteniendo un margen de independencia organizativa.

Parece importante mencionar el hecho de que en estos últimos años han aparecido otro estilo de movimientos sociales de carácter civil y en las principales ciudades, con militancia activa, pero, por lo general, extrapartidaria. Estos han captado sobre todo a amplios sectores de la juventud que se identifican con causas como el ecologismo, feminismo, veganismo, el colectivo LGTB, etc…

Recapitulando, hemos llegado al 2020 con una política de detractores donde el voto se estructura más por oposición que por afinidad y, por otro lado, donde gran parte de la población canaliza su militancia y accionar a través de los movimientos sociales y no mediante los partidos políticos. El que se vayan todos creó un daño irreparable en los partidos políticos y en lapolítica misma, logrando que los primerosnunca más pudieran superar ni crear mecanismos que le permitieran adaptarse.

Hoy día, la crisis de representación partidaria pareciera estar más vigente que nunca. Si a todo lo que mencionamos le sumamos una fuerte crisis económica, la falta de una figura fuerte en la oposición, la mala imagen de la clase política y el desencantamiento de muchos votantes peronistas con la actual gestión, nos da como resultado la reaparición de muchos de los factores necesarios para que el discurso anti política y anti democracia tomen fuerza.

La democracia representativa en estos términos no está pudiendo resolver los problemas de la población, por el contrario, en ocasiones hasta pareciera profundizarlos. Esta es la razón por la que tenemos que pensar nuevas formas para que la sociedad vuelva a confiar en la política como solución y que lo que estructure el voto sea las convicciones y afinidad con un candidato/partido y no el odio hacia el otro. Si no encontramos la forma de fortificar estos lazos otra vez y el discurso anti-político sigue tomando fuerza, tarde o temprano llegaremos a la caída del régimen democrático o en su defecto a una “democracia” que cercene muchos derechos.

En este contexto es necesario que rápidamente nos pongamos en busca de propuestas superadoras que tengan como fin la reconstrucción de los vínculos entre el pueblo, sus gobernantes y clase política en general. En el siglo XXI, una solución a la desconexión existente podría encontrarse en la tecnología.

Cuando hablamos de tecnología no nos referimos simplemente a digitalizar procesos electorales (los cuales ahorrarían kilos y kilos de papel en boletas contribuyendo con el cuidado medio ambiente), sino a las formas de democracias participativas digitales.  A más de 25 años de la reforma constitucional, el artículo 40, donde se contempla la posibilidad de consultas populares, pareciera no existir. Será por un tema de costumbres o por falta de interés de la clase política en consultar al pueblo en ciertas cuestiones, pero lo cierto es que estos mecanismos no fueron tenidos en cuenta nunca para dirimir temas claves, donde la opinión del pueblo hubiese sido fundamental.

¿Acaso la democracia es una vez cada 2 años cuando votamos y después nuestros gobernantes tienen mandato libre? Capaz confiamos demasiado en el peso que tienen las movilizaciones para demostrar la desconformidad en algunas cuestiones, pero últimamente estas parecieran tener cada vez menos efectos o traer consigo efectos contrarios a los que buscaban llegando a deslegitimando el propio reclamo.

En la era de la tecnología la vuelta al ágora es posible, pensar en una democracia participativa y digital mediante una consulta popular constante no es una locura, es más, no sería siquiera algo difícil ya que contamos con las experiencias de Italia y la Plataforma Rousseau, la cual tuvo grandes resultados.  No estamos hablando de volver a la toma de decisiones una encuesta de Instagram, pero ¿por qué no pensar en que se consulte constantemente a la población sobre si apoya o no una política o acción? No estamos planteando que esta consulta sea vinculante (o por lo menos no en un principio), pero la toma de medidas con un amplio apoyo de la población podría ayudarnos no solo a acortar esa distancia entre el pueblo y el gobernante, sino que funcionaría como una forma de control constante del pueblo a la clase política. A estos últimos no se les impediría nunca votar lo que les parezcan, pero van a saber fehacientemente que piensa el pueblo de lo que están haciendo. 

Hay un montón de cuestiones a discutir de cómo podría funcionar, pero lo que queremos remarcar es que la crisis de representación actual requiere que la democracia pierda su carácter 100% representativo y que empiece a incluir mecanismos de democracia participativa, donde el pueblo participe de forma efectiva y donde todos sean parte de las decisiones que se tomen. Esos mecanismos a introducir no son cosas ni difíciles ni caras gracias a los avances tecnológicos de esta era.

La democracia argentina tiene muchísimos problemas, es algo innegable, pero la solución está lejos de centrarse en un régimen autoritario. A los problemas de la democracia se lo resuelve con más y mejor democracia. Sin embargo, hay que reconocer que este modelo de democracia representativa liberal occidental no logra canalizar ni resolver los problemas del siglo XXI, por lo que requiere un cambio que tome en cuenta la voz de pueblo. De no ser así, ineludiblemente el final será el autoritarismo y el cercenamiento de derechos. La política debe dejar de creerse interprete de la voluntad del pueblo y adecuar los mecanismos para que la voz del pueblo sea realmente escuchada. La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo…


[1]Torre, Juan Carlos. 2003. “Los huérfanos de la política de partidos. Sobre los alcances y la naturaleza de la crisis de representación partidaria”,

[2] Estos clivajes se definen como una división dicotómica de la sociedad en dos bandos enfrentados que vienen determinados por la posición de los individuos en la estructura social. Como esta división es muy profunda, acaba configurando alineamientos entre los dos bandos de la sociedad y los partidos políticos (Lipset, S, y S. Rokkan -1967-: Cleavage estructures, party systems and voter alignements: an introduction. Nueva York: Free Press.)

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