Geopolítica obrera

Publicado el Por Repliegue

¿Cuál es la importancia de reflotar las agregadurías obreras en la política exterior?

Por Pedro Pablo

Con frecuencia, desde las orillas al otro lado de la grieta se suele juzgar y analizar al peronismo bajo la categoría contemporánea del populismo. Naturalmente este término se considera una forma de gestión gubernamental basada en la satisfacción del aquí y ahora con arreglo a fines electorales. Es decir, un gobierno populista es aquel que gobierna pensando en los votos y en la felicidad fútil de la población. Así lo expone la tradición liberal.

El gobierno de Perón contiene una oferta variopinta de aristas a analizar que contradicen esta postura, puesto que se sostiene en medidas poco gratificantes a corto plazo y que piensan una Argentina a largo plazo, estratégica y geopolíticamente difícil de concretar, que obligaba a destinar recursos y esfuerzos contundentes a escenarios donde el margen de error era alto, pero en términos de soberanía era necesario o conveniente.

Uno de ellos es el Plan Nuclear Argentino. Otro la industria militar de vanguardia que proponía entre otros: el desarrollo de aviones supersónicos. La participación de las ganancias (y de las pérdidas) de los obreros en las firmas donde trabajaban. Finalmente, y es el propósito de este artículo: el agregado obrero en las embajadas argentinas.

En la diplomacia tradicional se estila incorporar figuras estratégicas en las embajadas de una Nación. La estructura simple de la misma es: embajador, primer ministro a cargo de las relaciones políticas y primer ministro a cargo de las relaciones económicas, y de allí para abajo la estructura tradicional con las jerarquías que le son propias. En los países relevantes para la política nacional puede haber consulados (que se dedican básicamente a la relación con los turistas argentinos en el exterior, residentes, o civiles de ese país con interés en migrar o visar una estadía en Argentina), y agregados culturales.

En otros países, con relaciones más particulares, puede haber también un agregado militar. Por ejemplo, es habitual un agregado de la marina en Uruguay, dada la estrecha relación por agua que nos une con ese país.

Si pensamos en la diplomacia de las potencias, Estados Unidos, Rusia y China, sus embajadas son más particulares. Incorporan agregados de inteligencia, por ejemplo. Y funcionarios especializados en materias que resultan estratégicas para ese país y responden a intereses puntuales, generalmente geopolíticos, aunque también pueden ser intereses comerciales.

Perón asume su primera presidencia el 4 de junio de 1946. El 23 de agosto, a sólo dos meses y medio de asumir, firma el Decreto 7976 donde se dictan las primeras agregadurías obreras en embajadas argentinas, y se instaura el curso de capacitación para que los elegidos se instruyan de sus tareas. Esta acción deja claro que no había improvisación en la materia sino una planificada serie de instrumentaciones en pos de trazar una política de Estado con objetivos a corto, mediano y largo plazo.

La diplomacia tradicional, además de los tecnicismos jurídico-legales que le son propios, cuenta con una enorme muralla de prejuicios, berretines y hábitos clasistas que pretenden transformar la carrera en una suerte de estirpe casi como si se tratara de una clase social aparte. Perón, atendiendo este detalle, le da un enfoque a la evolución de la enseñanza que impartiría sobre los aspirantes a agregado obrero enfocada en sanear esa distancia natural que se generaría entre los trabajadores sindicados y el cuerpo profesional de Cancillería.

El rol del agregado obrero en las embajadas es el de hacer conocer a los sindicatos -y por tanto a los obreros del país donde actúan- la doctrina y obra del justicialismo.

Juan Domingo Perón, 1949.

El nombre elegido para la institución a cargo de la enseñanza varió según su desarrollo, pero siempre se refirió al mismo como un proceso de “Elevación cultural”. Esta postura es coincidente con toda la doctrina peronista, que es decididamente occidental y profundamente cristiana, no hay relativismo moral ni teórico; la tolerancia y la apertura no se deben confundir con tibieza.

La historia de esta estructura formativa varió en tres etapas. En agosto de 1946 se constituye como un conjunto de Cursos de Elevación Cultural Superior tendientes a nivelar conocimientos de historia, política, religión, cultura, economía y protocolo. Luego en 1949, con la sanción de la nueva constitución, el peronismo pega un vuelco hacia una confirmación del camino andado, con mayor solidez y seguridad doctrinal. Allí se llamó Cursos de Elevación Cultural Juan Domingo Perón, al tiempo que se crea la Escuela Sindical Superior de la CGT. La última etapa, inconclusa por el golpe, consiste en la creación del Instituto Nacional de Elevación Cultural Superior Juan Domingo Perón en 1955.

En 1949 durante un discurso de apertura del ciclo lectivo, Juan Perón sostiene que el objetivo del movimiento peronista es la dignificación del trabajo y la humanización del capital, y que por tanto el rol del agregado obrero en las embajadas es el de hacer conocer a los sindicatos -y por tanto a los obreros del país donde actúan- la doctrina y obra del justicialismo.

A lo largo de los años siguientes se egresarían 485 trabajadores (50 de ellas mujeres), y de ese total ingresarían efectivamente al cargo de agregado obrero 108 egresados. Se establecieron en más de 50 países a los cuales Perón consideró escenario estratégico para difundir las ideas del justicialismo. El mismo Perón impartía clases en el Instituto dos veces por semestre, y Eva Perón concurría al menos una para poner al día a los aspirantes de los avances de la fundación homónima.

En una circular expresa: “deberán tenerse muy especialmente en cuenta las siguientes directivas, en cuyo cumplimiento los señores Agregados Obreros procederán con la máxima diligencia: hacer conocer la realidad argentina en lo que respecta al movimiento sindical, gestionando el acercamiento entre las centrales obreras de ese país y la argentina (C.G.T.), así como vincularse con los principales dirigentes del movimiento obrero local, difundiendo los postulados de la ‘Tercera Posición Argentina’”.

El capitalismo norteamericano empieza a entender el mundo como una comunidad de consumidores, el socialismo soviético entiende el mundo como una comunidad de proletarios. El justicialismo argentino entiende el mundo como una comunidad de trabajadores.

El siglo XX hubiese tenido un desenlace totalmente diferente si las cartas de Perón llegaban a otro destino en el juego geopolítico y en ese sentido los agregados obreros tenían un rol similar al que cumplieron los agentes de inteligencia americanos y soviéticos, los operadores de mercado, los lobistas, los intelectuales, los medios de comunicación, la industria del cine y la diplomacia, pero con intenciones diametralmente opuestas. Mientras que el mundo capitalista americano y el soviético ruso basaban su poder en el concepto de superpotencia dominante versus países subordinados, el justicialismo entendía el mundo como un equilibrio entre pueblos autodeterminados con Estados verdaderamente soberanos. La labor del agregado obrero iba dirigida a sostener la unidad de las Centrales de Trabajadores (las equivalentes de cada Nación a la CGT), mientras que los agentes americanos y soviéticos perseguían justamente la división de los gremios y las centrales obreras.

Las piezas que se movieron detrás de escena tuvieron un carácter más decisivo que la misma guerra tradicional, pues facilitaron los ejes que estructuraron el mundo globalizado y neoliberal tal como se lo conoce hoy en día: flexibilización laboral, una perspectiva privada y transnacionalizada de las empresas, la robotización de los procesos productivos y el carácter liberal de esa evolución en las formas de trabajo, la destrucción de una cosmovisión basada en la autodeterminación de los pueblo, la eliminación del derecho a la diferencia, el pensamiento único, la destrucción del concepto de familia, la demonización de la reproducción social, la mercantilización del amor.

La deslocalización de las industrias de Occidente y su radicación en el Oriente comunista bajo la tutela de China permitieron sostener el discurso neoliberal, o peor aún lo reformaron. El mundo Occidental cristiano vivió una bonanza inédita luego de la segunda guerra mundial y el capitalismo arbitrado por el Estado keynesiano de posguerra fue un escenario de índices envidiables. Visto en perspectiva es lo más parecido a una utopía. La ambición inherente a la cultura americana nos trasladó a un escenario donde -teóricos e intelectuales de por medio- se legitimó la idea de que el salario es un costo. Nos acercamos al fin del trabajo, la victoria de la máquina.

Si en los años ’50 los trabajadores del mundo hubiesen sido capacitados por el gobierno argentino en términos de unidad gremial, conciencia de clase o hubieran incorporado los conceptos doctrinarios del peronismo de una tercera posición, donde el Estado alienta al sector privado pero en un marco de planificación, de comunidad organizada, probablemente se hubiera dificultado la legislación que facilitó a las empresas su relocalización y probablemente los gobiernos occidentales hubiesen puesto coto a la robotización privada.

La robotización de los procesos industriales es una evolución beneficiosa para la humanidad, y además como toda evolución es un proceso imparable. Pero la diferencia entre estructura y azar está en las formas en que aplican los cambios estructurales los agentes que ocupan los cargos de decisión en un momento histórico determinado. En un mundo donde los trabajadores se vinculaban de forma coordinada y unida la utilidad que deja la robotización podría no haber contribuido de la forma que lo hizo a generar una clase social globalizada de megamillonarios y una masa mundial de marginados y desplazados.

No basta con que exista una OIT y los gremios festejen mitines en Sao Paulo, era necesario una doctrina que los dinamizara y una Nación potencia que los defendiera con los recursos necesarios. El atraso industrial con que contaba Argentina en 1945 no le permitió estar a la altura de las circunstancias y la presión norteamericana al ver los movimientos de piezas de Perón fueron lo suficientemente inquietantes para arbitrar desde su embajada bombardeos, intentos de magnicidio y finalmente un golpe de Estado, que no se detuvo allí sino continuó con persecución, inestabilidad política, fusilamientos, inteligencia, manipulación de la opinión pública y 18 años de dictadura o democracias débiles.

Puesto al revés, en un mundo que no existió por las condiciones antes mencionadas, un grupo de agregados obreros en embajadas foráneas podrían haber sido parte del engranaje necesario para boicotear medidas legislativas que contribuyeron a la destrucción del empleo en Occidente, a la enorme brecha entre ricos y pobres, a la destrucción del tejido social en el mundo cristiano.

Lo cierto es que si bien parece añejo apelar a la antigua gráfica peronista en el año 2021, muchos de los conflictos sociales predominantes en el mundo de hoy se resuelven con un cuerpo teórico y doctrinario inventado 66 años atrás. Una doctrina que perseguía “la dignificación del trabajo y la humanización del capital”, que bregaba por una clara diferenciación entre sujeto y objeto. La realización individual del trabajador en una comunidad organizada.

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