Legado de un revolucionario

Autor Carlos Inal Kricas

“Me pareció mentira tener un cacho de historia tan cerca. Dicen que él arrancó con doce hombres y tres fusiles en la Sierra Maestra y ahora me doy cuenta de por qué ganó: tiene una convicción de hierro”. Palabras de Diego Maradona, al recordar un encuentro con Fidel Castro, destacando una cualidad que sin dudas formaba parte esencial de su propio carácter y fue fundamental en toda su carrera futbolística, como en su vida misma.

Ríos de tinta han corrido y seguirán corriendo para referirse a diferentes aspectos de la vida de Diego Maradona: “El Diego”, para el pueblo que supo amarlo. Por lo que aquí no nos interesa referirnos a ninguno de los lugares comunes, y remanidos a esta altura, sobre su persona o su carrera futbolística. Por el contrario, interesa sumergirnos, por unos instantes, en esas cualidades que hacían de él un ser único y de un valor inconmensurable para millones de personas, y que trascendían lo meramente futbolístico.

Nos estamos refiriendo al Diego nacido en una de las miles de villas que existen en nuestro suelo patrio. Al humilde e inocente niño que deseaba fervientemente triunfar en el futbol para poder alcanzar sus sueños, pero sobre todo, para poder ayudar a su familia a mejorar la cruda realidad en la que vivía. Origen que muchas personas olvidan al momento de abrir juicios morales de todo tipo, en relación a su conducta pública y privada. Como nos decía él mismo en una de sus duras y célebres frases, “Yo nací en un barrio privado…privado de luz, agua y teléfono”.

Pero para una inmensidad de personas representa también eso. La persona que a fuerza de voluntad y talento logra torcer los caminos predefinidos del destino. Caminos que, en las villas de nuestro país, suelen dejar poco margen a los/as niños/as y adolescentes para escapar de un destino de marginación que, por generaciones, se muestra inexorable en la inmensa mayoría de los casos. Destino generalmente atravesado por la violencia más cruel, en todas sus dimensiones. La referida marginación, la falta de proyectos, la carencia de cobertura de necesidades básicas, la imposibilidad de acceso a la educación de calidad, la predestinación a ejercer los trabajos más precarizados y menos valorados por la sociedad.

El Diego representa el ser revolucionario, en cuanto se revela al infortunio y con enorme convicción y sacrificio se lanza en búsqueda de sus sueños. Lógicamente el azar también jugó su papel en él, al haber nacido dotado de cualidades extraordinarias para desempeñarse en el deporte más valorado de su tiempo. Pero justo es decirlo, el talento, por más grande que sea, sin esfuerzo y cierta disciplina, que dependen estrictamente de la voluntad del individuo, no permite lograr nada extraordinario.

Por eso se equivocan profundamente quienes dicen que no era más que alguien que tuvo la suerte de nacer con el don de jugar bien al futbol. El Diego a su enorme talento futbolístico, lo dotaba de una energía física y mental extraordinaria, que tenía su fuente en horas de duro entrenamiento. Energía que se podía apreciar de forma ostensible en el campo de juego, donde dejaba la vida en cada partido y en cada jugada importante.

Es así que surgía la magia de su futbol, de esa combinación perfecta entre talento y esfuerzo, de su temperamento visceral, de su “moral heroica” como decía el querido negro Dolina. El arquetipo de gladiador que sale a cada pelea a entregar lo máximo que puede dar.

Ese era Diego, una explosión de energía psíquica y corporal nacida de una compleja combinación entre talento y fervientes deseos de triunfo que lo llevaban a ir detrás de la gloria en cada partido, sin guardarse nada. Explosión que venía con todo lo bueno y lo malo (según la apreciación que cada uno pueda hacer en relación a su vida extra futbolística). Característica enormemente frecuente en una gran cantidad de personalidades dotadas de condiciones extraordinarias a lo largo de la historia. Como se dijera alguna vez, los grandes poetas tienen derecho a ser juzgados por sus mejores obras. Sentencia que evidentemente ignoran muchas personas siempre dispuestas a arrojar la primera piedra, al juzgarlo únicamente por sus conductas. Juzgamiento que las más de las veces, viene a reprochar desde lo políticamente correcto y no desde lo humanamente real. Al Diego, así como se lo idolatra, se lo entiende, pero también se lo cuestiona. La disyuntiva no es celebración o cancelación, individualizar es incluso más hipócrita que reconocer el verdadero problema social, estructural y cultural de fondo.

Al fin y al cabo, para decirlo en términos más claros y francos, una especie de soberbia que lleva al juzgador a creer que él tiene una especie de superioridad moral en relación al juzgado, sintiendo que, de estar en su lugar, no cometería los mismos errores ni tendría determinadas conductas. Como si las pulsiones humanas fueran producto de una mecánica psíquica en la que el propio ser estaría en condiciones de elegir siempre las acciones más correctas y adecuadas a la “ética o moral” social de la época. Lejos de eso, el ser humano es una organización psicofísica sometida a un flujo permanente de complejas variables que conforman, inciden y condicionan sus conductas. Lo cual cobra mayor protagonismo cuando nos encontramos ante personajes como el Diego, cuya complejidad de personalidad y dura historia de vida, en combinación con un salto vertiginoso a la cima de la fama mundial, lo llevaban a estar sujeto a miles de variables extras a las de un ser humano común y corriente. O acaso, ¿alguien puede creer razonablemente que es simple de manejar el hecho de pasar de ser un niño marginal de un barrio de extrema pobreza de nuestro país -con todas las dificultades, estigmatizaciones, traumas familiares y sociales, y demás consecuencias que ello implica- a convertirse en una persona que el mundo entero venera como un dios? Incluso el mismo Diego lo tenía muy claro, al decir: “De una patada fui de Fiorito a la cima del mundo y me las tuve que arreglar solito”.

Es así que el Diego vivió intensamente cada momento de su vida, sin guardarse nada y, sobre todo, con la sinceridad y el coraje propios de los seres humanos auténticos. Motivo por el cual, ya de por sí nos viene a interpelar y a llamarnos a la reflexión, en tiempos en que en el mundo reina la hipocresía y la cobardía, que tanto daño hacen; no sólo a los individuos, sino también a toda la sociedad; toda vez que son dos grandes causantes de su degradación y decadencia.

Por ende, si observamos con atención el arquetipo del Diego, es un llamado profundo a repensarnos, tanto en términos individuales como colectivos. Nada grande puede hacerse con un ejército de cobardes e hipócritas, sentencia que recobra mayor valor en nuestro país; considerando que habitamos un país colonial, del cual nuestros dominadores se han servido toda la vida de dichos antivalores –y sobre todo de buena parte de la clase dirigente-, para someternos, tanto material como mentalmente.

Este es el legado que nos ha dejado a los argentinos y a las argentinas, el de amar los colores de la camiseta por sobre todas las diferencias. Donde el sentimiento nacional y la soberanía del pueblo son siempre la ley primera y son más que suficientes para derrotar a cualquier imperio.

El Diego nunca dudó en mostrarse leal a la causa de su pueblo y a la unidad latinoamericana. Peronista, admirador del Che, íntimo amigo de Chávez y de Fidel; nunca le tembló la voz para denunciar las injusticias, no sólo nacionales, sino también internacionales al criticar con ímpetu y a viva voz, más de una vez, incluso al presidente de los Estados Unidos y al Vaticano, sin importar los juicios o inconvenientes que pudieran valerle.

Por ello y mucho más, quizás la mejor forma de homenajear al Diego, sea empezando a seguir su ejemplo de lucha, compromiso y entrega ante la vida, sus ansias permanentes de superar las adversidades y no dar ninguna pelota por perdida. Porque el resultado de este partido, que es nuestra vida personal y colectiva, depende sustancialmente de lo que dé de sí el conjunto de jugadores de este equipo llamado Argentina, incluido también, y por sobre todas las cosas, su cuerpo técnico.

¡Hasta la Victoria siempre, Diego!

Deja una respuesta