¿CUÁL ES TU VENA ABIERTA, DEGOLLADA CIUDAD?

Por Alejandro Villa

Aldo Bonzi, La Matanza, abril de 1991.

Una mesa redonda, un mantel floreado, dos sillas con patas flojas, dos con patas firmes y una heladera semivacía que no da señales de volver a llenarse por un tiempo pintan el cuadro de una cocina ya habitual para una clase media trabajadora que cada día se cae más a pique.

Empezaron los ´90, tiraron el Muro de Berlín y el planeta se reconfigura. El Consenso de Washington ordena y los monigotes locales ejecutan sin chistar. Extraño consenso. Sobra mano de obra en la periferia del mundo y algo hay que hacer. Brazos baratos para fabricar cosas caras parece ser la fórmula. En la tele lo venden como un gran éxito de la humanidad pero en Aldo Bonzi recién es 19 y falta una eternidad para volver a traer algo de plata a casa.

Por hoy, todo eso poco importa, es viernes y tocan Los Redondos. Walter está en 5to año del colegio secundario, es aplicado y quiere estudiar derecho cuando termine. Se metió a trabajar de caddie en el golf municipal porque quiere irse de viaje de egresados y necesita el billete. Hay clase de biología y se dispersa un poco, le aburren esos nombres raros que después nadie recuerda y no deja de pensar en el evento nocturno.

Es su debut y la cabeza le da vueltas sin parar: “¿será la fiesta que dicen que es?”, “¿con cuál empezarán?”, se pregunta. El Pibe de los Astilleros no vio la luz todavía, es abril y faltan unos meses para La Mosca y La Sopa, así que la incógnita sobrevuela. También piensa en su San Lorenzo de Almagro. Arrancó muy bien el Clausura aunque el empate con Chaco For Ever le genera algunas dudas y, encima, el domingo se viene Central en Rosario, parada difícil.

Pero primero lo primero, con sus amigos del Bernardino Rivadavia de Constitución charlan en el recreo y se organizan para la noche. Vuelve al barrio y sobre el mantel gastado imagina la entrada que no tiene. Rosa, su madre, no está muy a gusto con el plan pero piensa que la prohibición no es buena consejera para un pibe de 17 años. Después de todo, es la Avenida Libertador, el barrio de Núñez, horario matinée, ¿Qué puede pasar?

La tarde avanza lenta y la siesta no sale. La ansiedad puede más que el sueño y cuando se da cuenta, ya es casi el momento de activar. María Ramona, la abuela, saca un bollito del bolsillo y lo pone en las manos del joven, que con sonrisa cómplice lo recibe y lo guarda bien guardado. Ahora tiene para entrar. El colectivo alquilado entre amigos y amigas sale de Bonzi con los tiempos que exige un viernes a esas horas y llega al estadio del club Obras Sanitarias con algo de anticipación.

Núñez, Capital Federal, abril de 1991.

Emboquen el tiro libre, que los buenos volvieron

“Se fue el bobo de Alfonsín, ese que quería policías que no pegaran tanto. Dios mío. Ahora hay rienda suelta, se corre la bola. El monito que bajó de La Rioja se siente alto, lindo y rubio entre la huevada del jet set. Escucho que es peronista, pero tenía entendido que el peronismo trabaja por la gente, no entiendo. También escucho que hace lo que dice un tal Alsogaray. No sé, debería leer un poco, acá nos enseñan a pegar y no mucho más”, reflexiona para adentro un cabo de poca experiencia en el interior de la Comisaría Nro. 35 de la Policía Federal. Hoy hay razia y se vive como un partido de fútbol. Y no cualquier partido, se juega el clásico contra la creciente masa ricotera. Almuerzan la pizza de los viernes y meriendan medialunas con cerveza para ir entrando en clima.

El Comisario Miguel Ángel Espósito, “El Aguilucho”, de buen linaje policial, da la charla técnica y agita a la tropa. La banda se envalentona y quiere salir de cacería. Los resabios represivos del Proceso reflotan cada vez que pueden. Las purgas no fueron suficientes y los atrincherados en sus puestos son más de la cuenta.
Algo antes de las 9 de la noche, Walter se acerca a la boletería sin caer aún en lo que está por vivir y saca con orgullo el bollito de su abuela. Pero del hueco de la ventanilla, una voz fría e indiferente responde que no, que la capacidad del lugar está agotada. “No hay más entradas, pibe”, suelta sin mirarlo ni imaginar el universo que está postergando.

Todo parece caerse a pedazos cuando ya son las 9 y empieza a jugarse el clásico. De adentro suenan los primeros acordes y entre las voces del micrófono y del público, como si estuvieran viendo las escenas de la Avenida Libertador, se escucha que hay “mucha tropa riendo en las calles con sus muecas rotas cromadas”. Es Nuestro Amo Juega al Esclavo y los que están sin entrada quieren entrar.

El palito está pisado, la llama se enciende y la razia no pierde el tiempo. Lo planeado es mucho más grande que lo habitual. Hay corridas, palazos, piñas y gases como siempre pero esta vez la línea 151 prestó sus micros y las comisarías cercanas aportan autos, bastones y gente. Se viene una grande. Con otro halo de misterio e increíble premonición, la voz rapada del escenario manda “un cariño para un chico de la banda de Aldo Bonzi que no está pasando por un buen momento”. ¿Qué habrá querido decir?

El susto de Walter y los pocos amigos que quedaron afuera supera lo esperable. Piensan con ingenuidad adolescente que quedándose parados no tienen por qué llevarlos. Pero esta noche se juega a fondo y hay que vaciar la zona. La tropa cumple con su trabajo y Walter y los suyos son subidos a los golpes a un 151 repleto de detenidos.


Chumban perreras en Buenos Auschwitz.

La jaula andante va directo a la 35, Cuba y Campos Salles. La cacería se pasó de rosca y gana el partido por goleada. 40 tienen que entrar, recuerdan Fito y Fabiana, pero son 73, incluida la sobrina del Aguilucho. La mesa de entradas activa la máquina de escribir y los que no juntan 18 años van para el final. Espósito desempolva el Memorando 40 de 1965 y no avisa al Juzgado de Menores en turno ni mucho menos al Correccional.

Son más de las 12 de la noche cuando la rústica base de datos de la Federal se topa por primera vez con el nombre de Walter David Bulacio. El Memorando invocado explica que en casos como este, donde hay no hay delito en cuestión y el tema va sólo para averiguar antecedentes, vale omitir la notificación al juez pero debe darse aviso inmediato a la familia del menor y, en caso de ser necesario, trasladarlo a su domicilio, cosa de no andar desprotegido por la calle y sí muy protegido por las fuerzas de seguridad.

Cae la madrugada y la mayoría de los detenidos ya no está. El Aguilucho y su banda se sienten más gallitos que el dibujo de sus gorras y las palizas se intensifican. Piñas y palazos en las cabezas, patadas en las panzas y en las piernas y hasta quemaduras en los pies contra cuerpos indefensos adentro de un edificio estatal recrean las escenas más oscuras de nuestra reciente historia. Hay charcos de sangre, vómitos, olores insoportables e imploraciones de auxilio, pero los oídos policiales juegan a la sordera y los ojos a la ceguera.

Se hace de día y los que quedaban van saliendo de a poco. Sin embargo, el estado de Walter es caótico, su joven cuerpo está demacrado y los agentes no saben qué hacer. Una médica legista lo observa y ordena la inmediata internación. Antes del mediodía, llega al Hospital Pirovano y de ahí, por falta de insumos, al Fernández. El Dr. Fabián Vítolo, con asombro y preocupación, le pregunta qué pasó.

“Fue la yuta”, responde la voz afónica de un último aliento. “Traumatismo de cráneo” dicen los informes, la cosa está fea. Víctor David, el padre, y Rosa, finalmente se enteran de que su hijo no había ido directo a trabajar al golf de la zona. Se corre la voz en el barrio y, hasta donde se sabe, el paradero termina en la 35, donde un par de caras de piedra afirman que mandaron a Walter al Pirovano por estar borracho y drogado. La gira hospitalaria termina en el Sanatorio Mitre y una semana de agonía es más que suficiente para el pobre organismo, que dice basta y se va para siempre el 26 de abril de 1991.

Corte Interamericana de Derechos Humanos, San José de Costa Rica, septiembre de 2003.

“Conforme a los términos del reconocimiento de responsabilidad internacional efectuado por el Estado, éste violó los derechos consagrados en los artículos 4 (derecho a la vida), 5 (integridad personal), 7 (libertad personal) y 19 (protección al menor) de la Convención Americana sobre Derechos Humanos en perjuicio de Walter David Bulacio, y los derechos consagrados en los artículos 8 (garantías judiciales) y 25 (protección judicial y recursos) también de la Convención Americana sobre Derechos Humanos en perjuicio de Walter David Bulacio y sus familiares…”

“El Estado argentino debe proseguir y concluir la investigación del conjunto de los hechos de este caso y sancionar a los responsables de los mismos; los familiares de la víctima deberán tener pleno acceso y capacidad de actuar en todas las etapas e instancias de dichas investigaciones, de conformidad con la ley interna y las normas de la Convención Americana sobre Derechos Humanos… el Estado debe garantizar que no se repitan hechos como los del presente caso, adoptando las medidas legislativas y de cualquier otra índole que sean necesarias para adecuar el ordenamiento jurídico interno a las normas internacionales de derechos humanos…”

El sistema judicial argentino se encargó de tapar la olla y dio protección al Aguilucho y compañía, que no por nada tenía un hermano custodiando al presidente Carlos Menem. El Memorando 40 fue derogado y después de mil idas y vueltas, a pesar de la lucha contra la impunidad encabezada por la abuela María Ramona, en 2002, se resolvió prescribir la acción penal contra el ex comisario, que por las dudas se había jubilado en 1995 aunque siguió dando clases en la escuela policial Ramón Falcón.

Recién en 2013, 22 años después y por imposición de la Corte Interamericana, el Tribunal Oral en lo Criminal Nro. 29 condenó a Espósito a tres años de prisión en suspenso por el delito de privación ilegítima de la libertad agravada, pero nada que decir de las torturas y mucho menos de la muerte de Walter. O sea, nadie en cana.

El caso Bulacio marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea argentina y dejó a la vista que la democracia no llega a todos los rincones del Estado y de la sociedad en un país que sostiene un sistema represivo por goteo que genera una muerte por gatillo fácil cada menos de 24 horas.

El hecho fue tomado como una causa popular en el mundo del rock y los eventos masivos en general, que se vivieron como una guerra abierta contra la policía durante toda la década del ´90, y unos años más también, con verdaderas batallas campales. “Matar un rati para venga a Walter” y “yo sabía que a Bulacio lo mató la policía” se transformaron en gritos de pelea, memoria y resistencia que, aun hoy, se siguen entonando.

Jorge, Walter, Kiko, Erik, Leo, Nico, Nazareno, Betu, Héctor, caímos por estar parados”, dejó inmortalizado Nazareno Camelio, también del Bernardino Rivadavia, en una pared del sucio calabozo porteño y, más de tres décadas después, las heridas siguen abiertas.

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