CIELITO Y CIELO ENLUTADO POR LA MUERTE DE DORREGO

Autor: Alejandro Villa

Son las 2 de la tarde. A 1828 le quedan pocos días. Es 13 de diciembre. El calor agobia el fértil pasto de Navarro. Como último favor, pide papel y pluma. Con pulso tembloroso escribe a doña Ángela Baudrix: “Mi querida Angelita. Me intiman que en una hora debo morir; ignoro por qué. Perdono a mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida: educa a esas amables criaturas: sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado”. Firma. Una lágrima se escapa y moja su apellido. La tinta se corre. Gregorio Aráoz de Lamadrid, viejo amigo, no está muy a gusto con la situación y escucha: “a un desertor al frente del enemigo, a un enemigo, a un bandido se le da más término y no se lo condena sin permitirle su defensa. ¿Dónde estamos? ¿Quién ha dado esa facultad a un general sublevado? Hágase de mí lo que se quiera, pero cuidado con las consecuencias”.

Son las 3. Camina lento y escoltado. No hay retorno. Se para recto, mirada en alto. Los fusiles apuntan. Uno, dos, tres… ocho delgados cañones, ocho verdugos frente al indefenso cuerpo. El Padre Castañer termina la extremaunción. Se persigna. Intercambia chaquetas con el piadoso Lamadrid, la propia va para su familia. El Capitán Páez baja la espada y parte en dos el denso aire bonaerense. Llegó la hora. “¡Fuego!”, exclama al cielo el General Juan Galo Lavalle. Las balas ensordecen el ambiente, pegan de inmediato y agujerean la piel del hombre que cae para siempre. Un grito desgarrador apenas empuja el último aliento y después todo negro. El Coronel Manuel Dorrego ha muerto y no quedan dudas, la historia argentina llegó para escribirse con sangre. “Participo al Gobierno Delegado que el Coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta divisiónla historia, señor ministro, juzgará imparcialmente si el señor Dorrego ha debido o no morir”. 

DÍAS ANTES…

Es primero de diciembre. Los “hombres de casaca negra”, alias “influyentes”, apellidos patricios, o incipiente oligarquía porteña le bajaron el pulgar. Dorrego, “el coronel del pueblo”, “el padre de los pobres” o simplemente “el loco”, se les fue de las manos. Viste ropas plebeyas, visita pulperías y hasta escucha las necesidades de aquellos que no son parte del pequeño círculo que se está apropiando del naciente país. Estudió federalismo en serio en Baltimore y defiende la causa con uñas y dientes. Se comió dos exilios pero insiste. Sabe que el puerto de Buenos Aires sólo alcanza para unos pocos y es incorruptible. Tiene las horas contadas. La cita es frente a la capilla de San Roque. Se vota a otro gobernador y capitán general porque sí, porque el que está ya no les sirve. Para participar hay que tener galera o sombrero de copa. La convención de muñecos de torta se arroga la voluntad del pueblo, alza sus caros adornos y decide por todos. Lavalle es el elegido y tiene un mandato muy claro: exterminar a Dorrego y, de paso, enfrentar a dos héroes de la independencia. La vieron. La lista negra incluye también a Juan Manuel de Rosas pero a Lavalle se le frunce y dice que es un exceso. Lo sacan. Los tipos se creen el circo que ellos mismos montaron y el golpe sigue hasta completar su curso. 

Desde Cañuelas, el gobernador depuesto inicia la resistencia. Desoye los consejos amigos y se queda en la provincia. Es 9 de diciembre. Rosas y Pacheco aportan los dos mil gauchos y pampas que cabalgan con él hacia Navarro. Lavalle acampa sigiloso. Se sabe superior. Tiene a 600 veteranos del ejército de la guerra con Brasil de su lado. Al primer choque, la contrarrevolución se da por vencida. No queda otra que huir. En un acto de traición histórica, Bernardino Escribano y Mariano Acha se dan vuelta en pleno escape y capturan a su jefe para llevarlo de nuevo a los pies del general golpista. Cae la noche del día 12 y llegan mensajes intimidatorios: “este pueblo espera todo de usted, y usted debe darlo todo (…) Cartas como estas se rompen…”; “este país se fatiga hace 18 años, en revoluciones, sin que una sola haya producido un escarmiento (…) habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra…”. Julián Agüero, Salvador María del Carril, Juan Cruz y Florencio Varela, Ignacio Álvarez Thomas, José Díaz Vélez y Valentín Alsina no pierden tiempo. Saben que es ahora. Dorrego está en camino. 

Es 13 de diciembre. El sol del mediodía ve cómo el coronel derrotado llega detenido y mal rodeado. El edecán Juan Elías escucha la orden y el corazón se le acelera a todo ritmo. Cumple en informar la decisión indeclinable. El receptor pide derecho a réplica pero no hay caso. La suerte está echada. La condena es doble. Ignora Lavalle que está a punto de decretar su eterno insomnio. No quiere hablar con nadie. Las dudas le carcomen el cerebro. El poder jugó sus cartas y la suya está marcada. Mira al espejo y se ve contra las cuerdas. Las agujas del reloj parecen estancadas, el tic no alcanza a tac, cada minuto se estira como chicle. Quisiera borrarse del planeta pero no hay tiempo. 

Son las 2 de la tarde y en Navarro falta una hora para que fusilen a Dorrego.

UN AÑO DESPUÉS…

No es un día más. La memoria de la joven argentina empieza a cobrar vida. El cuerpo fue exhumado en el lugar de los hechos a exactos doce meses de su caída. Pero ahora es domingo, el pueblo de Flores está reunido y frena la marcha del carruaje que llega reivindicado. Los caballos quedan de lado y la procesión se carga al hombro los restos del hombre que vuelven a su ciudad. 10 kilómetros a pie, bajo el rayo del sol que trae el verano, hasta la parroquia de Nuestra Señora de la Piedad en pleno centro porteño. Los curas tienen que adelantarse unas cuadras para recibirlo, no hay espacio. La iglesia está colmada, las calles rebalsan de gente. Es 20 de diciembre de 1829. Las campanas no dejan de sonar, los cañones apuntan al cielo y explotan cada media hora, las banderas y brazaletes militares se visten de luto y los postes se cubren de olivos. Buenos Aires rinde un sentido homenaje a su primer caudillo popular. Acaba de asumir Juan Manuel de Rosas, su heredero natural dentro del Partido Federal. El gobernador encabeza los actos. “La mancha más negra en la historia de los argentinos ha sido ya lavada con las lágrimas de un pueblo justo, agradecido y sensible”, pronuncia emocionado. La gira sigue durante el día siguiente. Más actos, más misas, más recuerdos y más cañonazos. Una guirnalda de flores se desprende de las manos restauradoras y cae sobre una fosa en el cementerio de Recoleta. La ceremonia alcanza su merecido final. 

Cielo, mi cielo sereno, nunca más pompa se vio que el día en que Buenos Aires a Dorrego funeró”, cantan las guitarras, los tambores y la profunda nostalgia de un pueblo herido pero no quebrado que nunca olvida a quien no lo traiciona.

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