Carlos Gardel: de inmigrante a símbolo nacional

carlos gardel
Por Germán Duarte

El 11 de diciembre de 1890 nace Charles Romuard Gardes, en Toulouse, Francia, a un océano de distancia de la ciudad porteña que lo adoptaría como su emblema.

Marie Berthe Gardes había sido abandonada por el padre de Charles, por lo que debió escapar del rechazo y de la pobreza que sufrían en su país. Durante el año 1893, llegaron a la playa argentina. Buenos Aires adoptaría al niño y lo bautizaría Carlos Gardel.

Es importante recordar estos datos históricos de su biografía, ya que explican en gran medida la especial sensibilidad de Gardel para con los inmigrantes, que en aquella época venían en buques, provenientes de distintas partes del mundo (sobre todo de Europa y, en particular, de Italia, Francia y España).

Al tiempo que también nos hacen pensar en su profunda empatía por el drama que sufrían las mujeres en aquel tiempo, particularmente las de los sectores populares.

En el hermoso tango Padrino Pelao, que Carlos Gardel graba en el 28 de agosto de 1930, con las guitarras de Aguilar, Barbieri y Riverol, se describe una pintoresca escena de un barrio suburbano del Buenos Aires de aquel entonces, donde con tono burlón se representan las dificultades de la integración social y los prejuicios imperantes en la
sociedad argentina de la época.

Un dato de color es el divertido recitado de Gardel en cocoliche, como se denomina a la típica mezcla de castellano con italiano que se daba en aquella época.

¿Por qué se dio el fenómeno de la inmigración masiva en la Argentina?

No solo los grandes exponentes de la Generación del ’37, como Juan Bautista Alberdi, sino también históricos presidentes como Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre se refirieron durante la segunda mitad del siglo XIX a la necesidad de poblar nuestro país con población europea.

Al tiempo que eran masacrados los pueblos originarios y los gauchos, milenarios señores de la inmensa llanura pampeana, cuando, previo a la Ley de Enfiteusis de Bernardino Rivadavia, la tierra no estaba alambrada.

Decía Juan Bautista Alberdi:

"Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares, por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción; en cien años no haréis de él un obrero inglés, que trabaja, consume, vive digna y confortablemente".

Sin embargo, los inmigrantes que llegaron no eran los esperados por los que fundaron el Estado argentino contemporáneo. Llegaron, como hemos dicho, inmigrantes provenientes de los países latinos de Europa.

Vinieron con sueños de hacerse la América, como decían, soñaban con progresar, con dejar en el pasado la pobreza, la explotación, las injusticias.

Carlos Gardel describe esas esperanzas y el empeño que pusieron aquellos inmigrantes en construir desde abajo los cimientos de la Argentina contemporánea, ya que soñaban con un futuro dichoso para sus hijos, como el humilde héroe Giuseppe, el zapatero, a quien le cantó el 1° de diciembre de 1930 acompañado por las guitarras de Aguilar,
Barbieri y Riverol.

Es destacable en estos versos, que es preciso reproducir en su totalidad, para apreciar en una historia de vida, la historia de vida de millones, la referencia a M’hijo el dotor (1903) del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez, que nos habla de los sueños de los inmigrantes y sus sinsabores.

La amarga ironía del final del tango nos anticipa lo que trataremos más adelante: la contracara del sueño americano en el Río de la Plata.

Che tique, tuque, taque, se pasa todo el día
Giuseppe el zapatero, alegre remendón.
Masticando el toscano per far la economía,
pues quiere que su hijo estudie de dotor. El hombre en su alegría no teme al sacrificio,
así pasa la vida contento y bonachón.
¡Ay, si estuviera, hijo, tu madrecita buena!,
el recuerdo lo apena y rueda un lagrimón.
Tarareando la violeta Don Giuseppe está contento;
ha dejado la trincheta, el hijo se recibió.
Con el dinero juntado ha puesto chapa en la puerta,
el vestíbulo arreglado, consultorio con confort.
Que tique, taque, tuque, Don Giuseppe trabaja.
Hace ya una semana el hijo se casó;
la novia tiene estancia y dicen que es muy rica,
el hijo necesita hacerse posición.
Que tique, taque, tuque, ha vuelto Don Giuseppe,
otra vez todo el día trabaja sin parar.
Y dicen los paisanos vecinos de su tierra:
Giuseppe tiene pena y la quiere ocultar.

Carlos Gardel nos habla también de un tano y del “drama de su inmigración”, en el hermoso tango La Violeta, grabado el 19 de septiembre de 1930, también con las guitarras de Aguilar, Barbieri y Riverol.

En este precioso tema, Gardel describe al protagonista tomando vino barato, mientras canta una vieja canción italiana, que “aprendió cuando vino, con otros, encerrado en la panza de un buque”.

No sólo la nostalgia causa sufrimiento a los inmigrantes recién llegados a Buenos Aires y al interior de nuestro país.

La Argentina ofrecía la ciudadanía y los plenos derechos civiles que ello conllevaba, los países del Viejo Mundo solventaban los pasajes y el hospedaje de los recién llegados.

La contracara de todas esas ventajas era la pobreza y la explotación, lo cual se sufría en las haciendas del Sur, en los quebrachales del Norte, en las fábricas de Avellaneda, Pompeya, Barracas, en el Puerto de Buenos Aires y en los peringundines, milongas y cabarets, donde las mujeres eran explotadas por despiadados cafishos y tratantes de blancas.

Carlos Gardel develó la contracara de los sueños y las promesas que ilusionaban a los inmigrantes en el tango Galleguita (1925), “la que a la playa Argentina llegó una tarde de abril, sin más prendas, ni tesoros, que sus bellos ojos moros y su cuerpo tan gentil”.

Desprovista de todo, salvo de su cuerpo, “sola y en tierras extrañas”, esta joven “va a parar al Pigall”, un conocido cabaret de la época, donde termina siendo traicionada.

El tango no deja dudas acerca de que la causa de su perdición fue la pobreza: “tu obsesión era la idea de juntar mucha platita, para tu pobre viejita, que en la aldea solita quedó”.

Frente a las injusticias sociales que se vivían en la Buenos Aires de principios de siglo XX, se levantaron las protestas de los trabajadores, quienes se organizaban en sindicatos y difundían a través de la prensa sus ideas, muchas de las cuales venían a través de los inmigrantes europeos, en particular los italianos y españoles.

El trabajador criollo rápidamente se sumó a los reclamos, entendiendo la justicia de los mismos, pero el poder consideraba que la influencia perniciosa de los migrantes era la única causa del conflicto social. Por eso, en 1902 se sancionó la Ley N°4.144, llamada la Ley de Residencia, la cual decía en su segundo artículo:

"El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida de todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público".

Y agregaba en el cuarto artículo:

El extranjero contra quien se haya decretado la expulsión tendrá tres días para salir del país, pudiendo el Poder Ejecutivo, como medida de seguridad pública, ordenar su detención hasta el momento del embarque.

Carlos Gardel denuncia esta injusta ley, describiendo el contexto de pobreza e injusticia social en que se había sancionado y se continuaba aplicando, describiendo el drama que debía vivir la familia del expulsado, sus padres que no volverían a verlo, el sufrimiento de su esposa y sus hijos.

Es así que grabó el tango Al pie de la Santa Cruz con las guitarras de Barbieri, Riverol, Vivas y Pettorossi:

Declaran la huelga, hay hambre en las casas,
es mucho el trabajo y poco el jornal;
y en ese entrevero de lucha sangrienta,
se venga de un hombre la Ley Patronal.


Como una revancha del destino, Carlos Gardel culmina su carrera volviendo al Viejo Mundo, siendo aplaudido en Francia, en Italia, en España y, por supuesto, en Estados Unidos y toda América Latina. Sin embargo, Gardel nunca se olvida de sus orígenes, del drama de su inmigración…

En la cima de su carrera, Gardel dedica una de sus más bellas canciones, «Golondrinas», con música de su autoría y con letra de Alfredo Le Pera, inmortalizándola en la película «El tango en Broadway» de 1934, con un hermoso recitado, dedicado a lo que denomina la Patria Chica: el barrio que nos vio nacer y también dedicado al único destino del migrante, siempre volar.

El barrio latino: gente de nuestra raza, lírica y apasionada. Visionarios que vinieron a conquistar la gran ciudad y que sueñan en volver. ¿Quién no extraña nuestra Patria chica? Tus mañanitas provincianas, tu Puente Alsina… La celosa melancolía de nuestras criollitas. También ellos sueñan así, son nostalgias de golondrina.

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