California es Argentina!

El Estado de California, una de las estrellas de la bandera gringa, alguna vez fue nuestra. Con esta curiosa anécdota, me topé en medio de un reciente y largo viaje por las costas del Pacífico mexicano y estadounidense.


Por Alejandro Villa – Abogado

– “Che, ¿sabés si siendo argentino se necesita visa para entrar a California?” 

– “Sí, claro como a todo Estados Unidos”.

– “Pero California alguna vez fue argentina, capaz por eso no hacía falta”.

-“¿Qué? Estás loco ¿qué estás diciendo? Dejate de joder.

– “Así como lo escuchás, mirá qué título: Argentina invadió un pedazo del actual imperio norteamericano”. 

No es joda, el Estado de California, una de las estrellas de la bandera gringa, alguna vez fue nuestra. Con esta curiosa anécdota me topé en medio de un reciente y largo viaje por las costas del Pacífico mexicano y estadounidense. 

Me encontraba yo en la pequeña localidad de Monterey, ubicada en la parte media del Estado, de cara al océano, donde sentí el frío invernal y el viento helado por primera vez. De pasada, decidí entrar al “Presidio” de la ciudad. Se trata de un antiguo parque elevado donde hoy funciona una base militar y para visitar contiene una casa rural en forma de rancho, le dicen “museo” pero me parece exagerado, donde esperaba encontrar viejos símbolos españoles, mexicanos y rastros del Far West o de algunas tribus desterradas de la zona, tal como había observado en su par de Santa Bárbara. Pero no, mala suerte, estaba cerrado. Entonces, aprovechando la altura, me puse a fotografiar las hermosas vistas de la ciudad, el azul profundo del mar y los verdes cerros de fondo. Ya era el mediodía y estaba un tanto apurado para ir a tomar el colectivo y conocer Carmel By The Sea, uno de los rincones detenidos en el tiempo de la Costa Oeste, y tomé un camino de salida distinto, más cerca del centro. Pero no había visto todo. Al girar, se me cruzó a lo lejos un alto y flaco mástil con una bandera, por no decir banderín, flameando a la velocidad del viento y con colores muy familiares. Pero mirá si iba a ser la bandera argentina, no tenía ningún sentido. Seguro era de cualquier otra cosa. Me fui acercando y ese prejuicio fue perdiendo valor, cada vez más, hasta que apareció en el medio un medallón amarillo y dije “no puede ser”, hasta que confirmé que sí, que era él, el inconfundible Sol de Mayo, el Río de La Plata, la patria misma brillando a miles de kilómetros, al lado de la base militar de una potencia y lejos de cualquier embajada o edificio consular. Apuré el paso y di con el título de la explicación en una placa con ilustración incluida: Bouchard, Don Hipólito. Entonces recordé a ese antiguo personaje de origen francés, perdido y ninguneado, como casi siempre ocurre, por la historia oficial argentina y latinoamericana, del que poco y nada sabía. Ese olvido me impulsó ahora a indagar sobre su vida y, sobre todo, sus historias de ultramar en representación de un país recién parido y sin tradición expansionista.

Hippolyte de Bouchard nació en Bormes, las afueras de Saint Tropez, Francia, el 15 de enero de 1780 y después de haber formado parte de la flota napoleónica llegó a nuestro país en 1809 como marino mercante. La herencia del pensamiento iluminista de la Revolución Francesa, profundamente antimonárquico, y la rivalidad de aquellos años, le inculcaron un claro encono personal con el reino de España, por lo cual no dudó en alistarse en la guerra de independencia argentina junto a los granaderos de San Martín y con ellos peleó en San Lorenzo, donde captó la atención del Libertador, a quien luego acompañó a hacerse cargo del Ejército del Norte. “Dos cañones, 40 fusiles, 4 bayonetas, y una bandera que pongo en manos de V. E. y la arrancó con la vida al abanderado el valiente oficial D. Hipólito Bouchard”, se leerá en el parte de batalla remitido al gobierno central por parte del General. Más tarde, hizo lo propio con la marina bajo las órdenes del Almirante Guillermo Brown, con quien terminaría enemistado, y donde pudo desarrollar sus conocimientos prácticos, ya que claramente el mar era su lugar en el mundo. Primero en “El Halcón” y principalmente en “La Argentina”, Bouchard se ganó fama de pirata y parece que no se esforzó mucho en disimularlo. Aunque hay que ser justos, pirata es aquel que ataca y roba por su cuenta, no responde a ninguna institución ni se rige por reglamento alguno mientras que el corsario lo hace con el aval de alguna autoridad oficial, para lo cual se otorgan patentes de corso con reglas establecidas y así ocurrió con Bouchard en 1815 por parte de las Provincias Unidas del Río de La Plata. A fin de ese año zarpó junto con los hermanos Brown en tres embarcaciones hacia las costas de los actuales Perú y Ecuador, donde se hicieron de nuevos buques y lograron liberar algunos presos a cargo de las tropas realistas. 

De vuelta en Buenos Aires, comenzó a planificar una extensa expedición por el Pacífico a bordo de una de esas fragatas apropiadas, de nombre “La Consecuencia”, que luego él y su financista, el rosarino Vicente Echevarría, rebautizarían como “La Argentina” tras realizarle una serie de arreglos y un importante rearmado bélico. Un año exacto después de la Declaración de Independencia, el 9 de julio de 1817 y ya con patente de corso argentina, partió la nave que en dos meses ancló en la isla africana de Madagascar. Allí intercedió y, mediante la amenaza de los cañones, logró impedir la salida de una misión destinada a traficar esclavos negros por parte de cuatro barcos británicos y franceses, liberó a los prisioneros y, ya que estaba, reclutó algunos marineros de su país natal que se sumaron a sus aventuras. Camino a Filipinas, se combatió cuerpo a cuerpo con piratas malayos y tras derrotarlos, tomó uno de los buques y sentenció a pena de muerte a sus integrantes, a quienes hizo regresar a la nave para luego bombardearla con ellos adentro. Implacable. Luego de aprovisionarse por la fuerza en la isla de Joló, arribó al archipiélago filipino, donde merodeó las costas durante dos meses y si bien no atacó el territorio, fuertemente protegido por murallas y artillería pesada, capturó dieciséis naves mediante la técnica del bombardeo veloz seguido de un inmediato y sangriento abordaje. Blitzkrieg criollo. En agosto de 1818 continuó viaje a Hawaii y se entrevistó con el rey Kamehameha I, quien le informó sobre una fragata que debía estar cerca, la Santa Rosa, que había partido también de Buenos Aires y llegado allí por un motín de la tripulación. Así que emprendió su búsqueda, la encontró y ordenó el fusilamiento de los líderes amotinados además de, obviamente, apropiarse de la embarcación. A su vez, el monarca local, ante el riesgo de ser atacado, proveyó grandes cantidades de alimentos, armas y municiones y autorizó la contratación de ochenta nuevos tripulantes para dirigirse, ahora sí, a California, todavía bajo control español previo a convertirse en tierra mexicana. Diplomacia. 

El 20 de noviembre de 1818 la Santa Rosa y La Argentina fueron vistas por la defensa naval de Monterrey (su nombre en castellano), capital de la entonces Alta California, cuyas autoridades estaban al tanto de su llegada. Por ello es que el gobernador Pablo Vicente de Solá ordenó, con anticipación, retirar de la ciudad todos los objetos de valor y más tarde a los niños, mujeres y ancianos. El ataque empezó con el acercamiento de la corbeta Santa Rosa, que ancló luego de que doscientos hombres en bote lograran arrimarla a la orilla. El fuego se abrió con las primeras luces de la mañana pero la respuesta realista fue contundente y en un cuarto de hora logró disuadir al invasor rioplatense. Pero faltaba el contraataque. La madrugada del 24 de noviembre vio cómo las fuerzas argentinas, esta vez desde las dos naves, se arrimaron en botes a una caleta oculta para la altura del fuerte, actual Presidio, y procedieron al desembarco de 200 hombres fuertemente armados con 130 fusiles y 70 lanzas. La sorpresa española fue tal que opuso una muy débil resistencia y al cabo de una hora, el epicentro de Monterrey fue tomado por nuestro corsario y sus tropas, que de inmediato izaron la bandera argentina y durante seis días de furia quemaron el fuerte, el cuartel de los artilleros, la residencia del gobernador que tuvo que huir y las casas de los españoles con sus huertas y jardines y ¿por qué no? se apropiaron del ganado. «A las 8 horas desembarcamos, a las 10 era en mi poder la batería y la bandera de mi patria tremolaba en el asta de la fortaleza», dejó escrito en La Argentina

El asedio terminó el 29 de noviembre cuando Bouchard ordenó continuar viaje hacia el sur llegando hasta Santa Bárbara, no sin antes hacer de las suyas en el camino a fin de proveerse a fuerza de incendios y saqueos. Allí negoció el intercambio de prisioneros y luego arribó a San Juan Capistrano, que también sufrió una breve toma, robos y destrucción de hogares. 

Cuando ese intenso 1818 llegó a su fin, la expedición argentina se retiró de California y bloqueó el puerto de San Blas, Estado de Nayarit, y luego Acapulco, Guerrero, donde se dieron algunos enfrentamientos y persecuciones marítimas sin mayores consecuencias. El ansiado alivio para el Virreinato de la Nueva España tuvo lugar una vez que los buques se dirigieron a El Salvador, donde sumaron nuevas embarcaciones que finalmente retornaron a Sudamérica a fin de ponerse al servicio de la campaña libertadora del Gral. San Martín en Chile. Llegado a Valparaíso, el Almirante Thomas Cochrane, de muy mala relación con Don José, ordenó su detención por el delito de piratería y pasó varios meses en un calabozo, y tras haber sido liberado, se unió a la lucha por la independencia peruana, tierra en la que decidió su retiro al verse impedido de regresar a Buenos Aires, y fundó un importante ingenio azucarero en la ciudad de Nazca con los terrenos donados por ese gobierno. Allí se valió del trabajo de los esclavos que tenía a su cargo, hasta que cansados de los malos tratos recibidos, uno de ellos le dio muerte en enero de 1837. 

Por último, sus restos recién fueron enviados a nuestro país en 1962 luego de ser hallados en una iglesia peruana y hoy se encuentran en el Cementerio de Chacarita. 

Mucho se ha discutido en California acerca de las andanzas de Bouchard y sus tropas. Resulta complejo que sus pobladores le quiten el mote de “pirata violento” con el que se lo recuerda en las zonas atacadas. En San Juan Capistrano se recrea cada octubre en el Festival de la Misión la invasión y el saqueo con disfraces y juergas que emulan al corsario y las borracheras de los marineros. Más allá del homenaje al que tuve acceso, la misma idea ronda en Monterrey, si bien una presentación judicial logró que en 1997 la Corte de Santa Bárbara resolviera que Hipólito Bouchard no fue un pirata sino un corsario que actuó conforme los intereses de un país libre en guerra con España. 

Más allá de la interpretación que pretenda dársele, podemos afirmar que entre el 24 y 29 de noviembre de 1818 esa bella tierra de mares azules, extensas playas, verdes cerros, profundos y ondulados bosques, altas montañas de picos nevados y un llano camino hacia el desierto alguna vez fue nuestra, argentina.

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