ABAJO LO VIEJO, ARRIBA EL NÚCLEO.

¿Es el sector nuclear argentino un actor clave para nuestro desarrollo?

Autores:

Cecilia Conti – Ingeniera Química (UBA) – Posgrado en Gestión de la Tecnología y la Innovación

Leonardo Toriggia – Ingeniero Quimico (UBA) – Maestrando en Filosofía (UNQ)

 “Lo nacional es lo universal visto por nosotros”, Arturo Jauretche.

            Este año se celebró, una vez más, el día nacional de la energía atómica. Se cumplieron más de 70 años desde que el gobierno de Juan Domingo Perón, a través del Decreto N° 10936/50, diera inicio al desarrollo del campo nuclear y sentara, con ello, las bases para un proyecto tecnológico, científico y de carácter estratégico sin precedentes en nuestro país.

Poco antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial, el director de la oficina de Investigación y Desarrollo Científico de la Casa Blanca, Vannevar Busch, elevó un informe al presidente Harry Truman titulado: Ciencia, una frontera sin límites (Science, the endless frontier); donde señalaba la falta de una política nacional para la ciencia y proponía una serie de recomendaciones que pretendían organizar y financiar la expansión científica en los Estados Unidos.

Sin ir más lejos, parte de las potencias europeas y la Unión Soviética también mostraron un gran interés por el naciente campo nuclear y destinaron una enorme cantidad de recursos económicos y personal profesionalizado a la I&D (Investigación y Desarrollo). Así, proyectos tecnológicos de gran escala financiados por estados o grupos de gobierno empezaron a gestarse y consolidarse para fines de la década del 60´ y la ciencia se convirtió en un instrumento promotor de grandes cambios económicos y sociales. Surgió la era del Big Science y Argentina apostó a formar parte de dicho pequeño y selecto grupo de naciones.

LO ORIGINAL ES VOLVER AL ORIGEN

En 1948, el entonces presidente de la Nación conoció al científico Ronald Richter, que logró convencerlo sobre la factibilidad de generar energía mediante el proceso de fusión controlada en detrimento de la fusión de uranio. Tomó impulso el Proyecto Huemul, que construyó una serie de laboratorios e instalaciones ubicados en la provincia de Río Negro junto a la creación de organismos públicos que estarían a cargo de su administración y control. Sin embargo, los avances no fueron los esperados y frente a la demora de resultados concretos, se decidió quitar apoyo técnico-financiero al proyecto y se lo canceló. 

Esto que hoy nos resulta tan lejano, y quizás hasta desconocido, significó para la Argentina un camino de enorme desarrollo. Entre algunos de los grandes hitos encontramos: la creación de un organismo de investigación y desarrollo, la Comisión Nacional de Energía Atómica con sede en, por lo menos, tres centros atómicos, la puesta en marcha y la operación de tres centrales nucleares de potencia[1] , y una actualmente en construcción de carácter modular y baja potencia (Central CAREM25)[2], seis reactores de investigación, cientos de centros de medicina nuclear distribuidos a lo largo de todo el país, cinco aceleradores de partículas para la producción de radioisótopos, más de 300 instalaciones que utilizan isótopos y radiaciones para un amplio espectro de aplicaciones industriales, una planta de enriquecimiento de uranio (Complejo Tecnológico Pilcaniyeu), una fábrica de combustibles nucleares (Combustibles Nucleares Argentinos S. A.), la planta de producción de agua pesada con mayor capacidad del mundo, y otras tantas entidades que forman parte de un conglomerado clave para el desarrollo nuclear.

Ahora bien, vale destacar que a lo largo de sus años de historia, el sector nuclear argentino en general experimentó tanto avances audaces y sofisticados como detenimientos torpes y forzados; hasta podríamos decir  fuertes etapas de retrocesos. En ninguno de los casos, las causas de dichas transformaciones podrían responder a meras casualidades o a circunstancias aleatorias del funcionamiento del sector. Sino más bien, habría que indagar por sus causalidades en el seno de las decisiones políticas. Y esto no podría ser de otra manera en un país donde la mayor parte de esta actividad es impulsada y financiada desde el Estado. Por eso, ya sea al hablar de progresos como de retrocesos, se vuelve prioritario hablar de política nuclear.

PARA MUESTRA SIRVA UN ELECTRÓN

Si nos remontamos a los años 1990-2002, recordamos un contexto caracterizado por la implementación de normas y medidas económicas que intentaron reducir, y en muchos casos eliminar, el campo de acción del Estado y transferir sus funciones al mercado. El sector nuclear no estuvo ajeno a este proceso, sino que fue afectado por una profunda reestructuración en su funcionamiento. El traspaso de la producción y comercialización de nucleoelectricidad, hasta ese entonces funciones atribuidas al sector público, bajo responsabilidad de ejecución de la Comisión Nacional de Energía Atómica, fueron redirigidas sin escalas hacia la esfera privada -ahora a cargo de la empresa Nucleoeléctrica Argentina S.A- por medio del Decreto N° 1540/94. Se paralizaron grandes proyectos de ingeniería como la obra de la Central Nuclear Atucha II -por citar un solo caso- cuando se inicia a la par una fuerte desvinculación de personal y fuga de trabajadores especializados.

La caída en picada del desarrollo nuclear solo fue posible detener, y revertir, mediante una nueva decisión política. Esto fue lo que se propuso el Plan de Reactivación de la Actividad Nuclear Argentino (2003-2006). Su idea central fue la de restituir el estatus de política de estado al sector, impulsar el desarrollo de todas sus áreas, retomar y finalizar los proyectos en situación de abandono, recuperar la capacidad de generar  profesionales propios del campo, y re vincular y expandir la interrelación de la matriz industrial nacional con el sector.

El Plan se estructuraba en torno a tres ejes de acción, los cuales vectorizaron tres tópicos prioritarios para el Estado por aquel entonces: la generación de energía eléctrica, la investigación y desarrollo y la medicina nuclear para la salud pública. La elección de estos lineamientos no fue -ni es- algo trivial. La Argentina sostiene el uso de la energía nuclear con fines pacíficos y ratifica su adhesión al Tratado de No Proliferación Nuclear, firmado a fines de los ’60. Dicha decisión no solo implicó la inversión de capital, sino la diagramación de un programa extenso de federalización de las políticas, abandonadas en los años precedentes, ya fuera de manera deliberada o por desidia negligente. Esta enorme empresa que el sector nuclear encaró como un desafío, logró posicionar al país como pionero en la región en algunas áreas. La producción de 99Mo (molibdeno-99) para radiofármacos es una de ellas. En otros casos, sirvió para reposicionarlo en lugares que alguna vez supo ocupar, como uno de los principales productores de 60Co (cobalto-60), por ejemplo. Pero fundamentalmente, siempre dentro del campo de la medicina nuclear, la construcción distribuida por todo el territorio nacional de centros de diagnóstico, y la creación de centros de medicina nuclear, son la impronta de la concreción de estos ejes. Pero quizás lo sean más la formación masiva de profesionales de la tecnología nuclear, tanto en los mencionados campos como en los de I&D para la generación de energía y ciencia de materiales de uso nuclear. No es casual -sino como vemos, una consecuencia de una decisión política- que el Proyecto CAREM25 cobrara especial énfasis durante el desarrollo del Plan de Reactivación. Se trata del primer prototipo de reactor nuclear de baja potencia íntegramente diseñado y desarrollado en el país que actualmente se encuentra en su etapa de construcción. O del reactor de investigación RA10, un reactor multipropósito diseñado para la producción de radioisótopos, la irradiación de combustibles y facilidades para técnicas de haces de neutrones. O del tomógrafo PET[3] de desarrollo nacional para el tratamiento tumoral. Progresos similares podrían señalarse con respecto a las adecuaciones a los nuevos requerimientos internacionales en materia de seguridad nuclear para las centrales de potencia existentes y para el almacenamiento seguro de los residuos nucleares, incorporando los aprendizajes globales acumulados hasta entonces.[4]

Luego de seguir este hilo, puede pensarse que todo aquello contribuyó al reposicionamiento nacional como uno de los principales actores del sector nuclear en la región, en línea con nuestra perspectiva histórica. Sin embargo, resulta inverosímil que este camino se encuentre asegurado o que incluso, entre aquel Plan de Reactivación hasta el día de hoy, no haya habido algún traspiés. Con la gestión de gobierno concluida a fines de 2019 se cerraban cuatro años de desincentivo y desinversión no solo para este sector. El gobierno de Mauricio Macri inició una política de retiros voluntarios a escala estatal que pronto obtuvo parte de su objetivo: una reducción masiva del conjunto de trabajadores en planta estatal, de manera indiscriminada. Quizás no podía ser de otra manera, dado que sin políticas de desarrollo tecnológico era lógico no discriminar entre diferentes políticas o tecnologías en las cuales invertir desde el Estado. Ninguna resultó prioritaria para esa gestión, o casi ninguna. Una promisoria apuesta por las energías renovables a través del Plan Renovar no dió el resultado buscado, en medio de un entramado oscurecido por voces que alertaban sobre negocios entre amigos.

No nos ocuparemos de esos asuntos aquí, pero quizás sí sea necesario señalar que las energías renovables aún continúan en debate, dado que se ha generado cierta controversia respecto al impacto ambiental indirecto al que da lugar la fabricación de sus insumos y otras cuestiones relacionadas.[5]

No obstante aquellos cuatro años de gestión, con sueldos insuficientes, merma de personal y proyectos desfinanciados o llevados al límite de sus posibilidades, el sector aún logró sobrevivir. Pero es en este punto, luego de aquella extenuante experiencia neoliberal, donde las esperanzas estaban puestas en la nueva recuperación, que el mundo entero se vio arrojado a los pies de la pandemia. Tal circunstancia, nos dejó un contexto en el cual se están retomando los objetivos políticos de recuperar un programa nuclear y en donde se hace indispensable mencionar la necesidad de impulsar el sector. Los trabajadores de la CNEA nunca pudieron recuperar su poder adquisitivo, equiparable al momento de iniciarse el Plan de Reactivación, y gran parte de los proyectos aún continúan esperando la voluntad de firmas y fondos para su desarrollo.

Es responsabilidad de todos velar por la continuidad de una política consagrada al desarrollo tecnológico en general, y del sector nuclear en particular. Como hemos visto, se trata de un sector estratégico que logró crecer y alcanzar importantes hitos, pero que también debió enfrentarse con políticas antidesarrollistas en varias épocas de la historia argentina. Asumir el desarrollo de la actividad nuclear como un acto soberano y defenderlo, no solo en pos de la soberanía energética, es a la vez garantizar la continuidad de una medicina nuclear pública y federal, y del desarrollo de estas valiosas tecnologías a las que aún hoy resultan accesibles solamente a un reducido grupo de países. Creemos que nuestra tarea como pioneros regionales en el área es, y debe ser siempre, poder transmitir esta vasta experiencia que nuestro sector nuclear condensa, orgullosamente, en su rica historia.


[1] https://portal.na-sa.com.ar/es

[2] “Central Argentina de Elementos Modulares”

[3] Tomografía por emisión de positrones.

[4] Lo acontecido en Fukushima dio lugar a una serie de modificaciones sustanciales que fueron impulsados por la IAEA e incorporados a los requerimientos exigibles por parte de las autoridades reguladoras para el licenciamiento de los proyectos.

[5] Actualmente un creciente número de especialistas en energías consideran que el esquema más adecuado a mediano plazo será uno que contemple la generación eléctrica de origen nuclear acompañado de diversas renovables.

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